Son muchas las corrientes de opinión que ven en la penetración y crecimiento del vídeo un sustituto indiscutible de la televisión tradicional. Sin embargo lo que parece más real, al menos en ésta fase del proceso de migración, es que la televisión tradicional debe reinventarse si quiere mantener la atención de los espectadores cada vez más adicto al dinamismo y la interacción.
La pasividad en relación a los medios ha dejado de estar vigente, hoy el consumidor se informa, aprende y es capaz de pedir explicaciones y ofrecer soluciones alternativas, estamos ante el fin del espectador pasivo.
La razón por la que se produce éste fenómeno la encontramos en cómo los programas de televisión han incluido la opinión vertida por los espectadores desde las redes sociales, como una fuente más de información al usuario actual que se sienta frente a la televisión.
Si a lo anterior le sumamos la penetración de las tablets y smart phones en el mercado y los hábitos en aumento de interactuar socialmente mientras se llevan a cabo acciones inherentes a nuestra rutina, no es de extrañar que la televisión tienda hacia la interactividad, porque así lo están demandando los espectadores.
Pero vayamos un poco más allá. La televisión, al igual que los medios que sepan incorporar el mensaje que subyace bajo el fenómeno social, se beneficiará de un futuro en el que las aplicaciones de reconocimiento facial permitirán la identificación inmediata de las emociones, solventando así uno de los grandes desafíos de la interacción “virtual”.
Explicar la globalidad de la nueva televisión es relativamente fácil ya que, un modelo televisivo interactivo, conformado a través de las necesidades de los espectadores, cuya publicidad esté centrada en la transmisión de la historia no sólo como valor agregado sino como siembra para el emprendimiento, no es posible sin contar con la globalidad y la diversidad, lo que abre el abanico de oportunidades derivadas.
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