OpenAI y el desafío de transformar 13.000 millones en un billón

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OpenAI está generando ingresos anuales que rozan los 13.000 millones de dólares, una cifra que muchas tecnológicas soñarían alcanzar. Sin embargo, esta cantidad es apenas una pieza en un tablero de ajedrez mucho más complejo. Aunque la compañía cuenta con 800 millones de usuarios regulares de ChatGPT, solo un 5% de ellos paga la suscripción mensual de 20 dólares. Esto significa que el grueso de sus ingresos proviene de una minoría muy comprometida.

Aun así, ese modelo por sí solo no permite sostener las ambiciones de infraestructura de OpenAI, que van mucho más allá del software. Y es que Sam Altman y su equipo están proyectando inversiones que superan con creces sus ingresos actuales: han asumido un compromiso de gasto superior a 1 billón de dólares en los próximos diez años, según fuentes del Financial Times.

Una apuesta por la infraestructura a escala global

Parte del plan de OpenAI incluye la adquisición masiva de capacidad de computación. La compañía ha firmado acuerdos para asegurarse más de 26 gigavatios de capacidad de procesamiento con gigantes como Oracle, Nvidia, AMD y Broadcom. Esta capacidad no solo implica compra de chips o servidores, sino también centros de datos, redes de distribución eléctrica y una logística que recuerda más a una empresa de energía que a una startup de software.

El ejemplo más ambicioso de este enfoque es el proyecto Stargate, un mega centro de datos con el que OpenAI pretende convertirse también en proveedor de computación. Esta jugada los posicionaría como una especie de «refinería» de inteligencia artificial, donde no solo ofrecen el producto final (como ChatGPT), sino también el «combustible» que lo hace posible: el poder de cálculo.

Diversificación para cerrar la brecha

Ante el desajuste evidente entre ingresos actuales y gastos futuros, OpenAI está explorando nuevas vías de monetización. El plan a cinco años que reveló el Financial Times incluye expandirse hacia el hardware de consumo, crear servicios de video impulsados por IA, vender herramientas para el comercio electrónico e incluso buscar contratos gubernamentales.

En otras palabras, están tratando de abrir todas las puertas posibles para evitar una dependencia excesiva del modelo de suscripción. Algo similar a lo que hizo Amazon en sus inicios al pasar de vender libros a ofrecer infraestructura cloud con AWS.

Riesgo sistémico y presión empresarial

La magnitud de la apuesta de OpenAI no solo es relevante por su volumen financiero, sino por su impacto potencial en el ecosistema tecnológico de Estados Unidos. Varias de las empresas más valiosas del país ya dependen directamente de los servicios de OpenAI para potenciar sus productos y sistemas. Esto convierte a la empresa de Sam Altman en una pieza clave dentro del engranaje económico.

Si OpenAI no logra escalar de forma sostenible, podría producirse un efecto dominó que afecte a otras compañías que hoy están construyendo sobre su tecnología. Esto genera una presión extra para que el modelo funcione, no solo por interés propio, sino por la estabilidad del ecosistema que ha contribuido a crear.

Una carrera contra el reloj

Transformar 13.000 millones en un billón en apenas cinco años es un objetivo que suena a ficción. No obstante, el equipo de OpenAI parece decidido a intentarlo con una estrategia multipróposito: escalar la infraestructura, diversificar el negocio y consolidar alianzas clave.

En este contexto, la empresa está navegando un terreno inédito. La inteligencia artificial no solo está reconfigurando industrias, también está cambiando la forma en que se financian, se gestionan y se proyectan las compañías tecnológicas. OpenAI es hoy un experimento a gran escala, una especie de laboratorio viviente donde se pone a prueba el límite entre ambición y viabilidad.