Google pone en órbita su IA: los desafíos del ambicioso Proyecto Suncatcher

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ilustración surrealista de satélites con inteligencia artificial orbitando en el espacio como supercomputadora

Google ha decidido mirar al cielo para resolver los problemas terrenales del consumo energético que implica el funcionamiento de los centros de datos tradicionales. Su Proyecto Suncatcher propone una constelación de 81 satélites en órbita terrestre baja (LEO) que, alimentados por energía solar, ejecutarían operaciones de inteligencia artificial y enviarían los resultados de vuelta a la Tierra. La lógica detrás de esta idea no es solo energética: procesar en el espacio permitiría mantener los equipos fríos de forma natural, evitar la dependencia de infraestructuras físicas en tierra y distribuir la carga computacional de forma más eficiente.

Pero no todo lo que brilla en el espacio es oro. La implementación de este tipo de infraestructuras en órbita plantea serios riesgos que, si no se gestionan adecuadamente, podrían terminar convirtiendo una solución innovadora en una amenaza para la sostenibilidad espacial.

Un vecindario orbital cada vez más lleno

El espacio, y más específicamente la órbita terrestre baja, se ha vuelto un lugar extremadamente concurrido. Según datos de Space.com, decenas de miles de objetos artificiales —desde satélites hasta fragmentos de cohetes— orbitan nuestro planeta. A esto hay que sumar millones de fragmentos más pequeños que, aunque no son rastreados individualmente, pueden causar daños significativos.

Los satélites del Proyecto Suncatcher operarán en formación muy cerrada, separados por apenas 200 metros unos de otros. A esta escala, incluso una desviación mínima puede desencadenar un choque en cadena. Y en un entorno donde cada trozo de basura espacial viaja a velocidades hipersónicas, un impacto menor puede multiplicarse en cuestión de segundos.

Este fenómeno, conocido como síndrome de Kessler, describe una reacción en cadena de colisiones que puede volver inutilizable una franja orbital entera, generando aún más basura espacial e impidiendo futuras misiones en esa región.

Sol, energía y órbitas sincronizadas: el doble filo de la innovación

El plan de Google es que sus satélites funcionen en una órbita heliosincrónica, una franja privilegiada que permite a los dispositivos recibir luz solar constante. Esto es ideal para proyectos que dependen de energía solar, pero también convierte a esta zona en una autopista altamente transitada, lo que aumenta los riesgos de colisión.

Además, factores como el arrastre atmosférico y las tormentas solares afectan la estabilidad de los satélites. A diferencia de un entorno terrestre donde un servidor se puede recalibrar fácilmente, en el espacio, cualquier alteración en la órbita implica maniobras de precisión y, en muchos casos, consumo de combustible. Y eso no es algo trivial cuando hablamos de más de 80 dispositivos volando en formación estrecha.

Otro punto delicado es la coordinación en tiempo real. Los satélites de Suncatcher no pueden depender exclusivamente de comandos desde la Tierra para evitar colisiones; necesitarán algún tipo de autonomía operativa, algo que aún no ha sido completamente resuelto desde el punto de vista técnico.

Regulaciones insuficientes para una nueva era espacial

Aunque organismos como la FCC en Estados Unidos han comenzado a imponer tarifas por uso orbital y a establecer normas para evitar la saturación del espacio, las regulaciones actuales no son suficientes para abordar los desafíos emergentes.

El caso de Google evidencia una brecha entre el ritmo de la innovación tecnológica y la capacidad reguladora internacional. No existen actualmente acuerdos globales vinculantes que establezcan límites claros para la cantidad de satélites en determinadas órbitas, ni protocolos obligatorios de retirada o reciclaje de satélites al final de su vida útil.

Esto genera un escenario similar al de los primeros tiempos del tráfico aéreo, cuando cada nuevo actor en el cielo operaba bajo sus propias reglas. La falta de una gobernanza orbital clara puede convertir proyectos como Suncatcher en piezas de un rompecabezas cada vez más difícil de armar.

Entre la ambición tecnológica y la responsabilidad planetaria

Desde un punto de vista técnico, la propuesta de Google es fascinante: aprovechar la energía solar directa, liberar a la Tierra del calor generado por los centros de datos, evitar el gasto de refrigeración y llevar la computación al siguiente nivel. Pero esta misma ambición debe equilibrarse con una visión más amplia del impacto a largo plazo.

Si no se desarrolla en paralelo una estrategia seria de gestión de residuos orbitales, cualquier beneficio que estos centros de datos espaciales puedan aportar quedará eclipsado por los peligros que entrañan. Ya no basta con lanzar tecnología al espacio: ahora toca hacerlo con criterio y con previsión.

De momento, el Proyecto Suncatcher está todavía en fase de planificación avanzada. Las pruebas iniciales permitirán evaluar su viabilidad técnica, pero también será una prueba de fuego para el sistema internacional de gestión espacial. Si algo sale mal, no solo Google lo pagará: lo hará toda la comunidad aeroespacial y científica que depende del acceso a estas órbitas.