Para que una lengua indígena aparezca en el teclado del iPhone no basta con dibujar unas teclas. Hace falta que sus caracteres existan en Unicode, que haya fuentes capaces de mostrarlos, que la comunidad haya fijado cómo se escribe y que alguien diseñe una distribución que no haga sufrir a quien teclea. Ese recorrido lo cuenta Wired en un reportaje publicado el 12 de octubre de 2026, y explica por qué en iOS 27 han llegado el blackfoot, el comanche y el northern east cree.
El reportaje, que puede leerse en la republicación del texto de Wired sobre cómo Apple lleva lenguas indígenas al teclado del iPhone, arranca con la nación cherokee y termina con una pregunta incómoda: quién se queda con los datos de una lengua cuando una gran tecnológica la digitaliza.
¿Qué lenguas indígenas tiene ya el teclado del iPhone?
Según Wired, iOS 27 amplía el soporte a blackfoot, comanche y northern east cree, y iOS 26 ya había incorporado el nez perce (nimipuutímt) junto al criollo haitiano. El primer idioma nativo americano que entró en iOS fue el cherokee, en 2010.
La lista de novedades de iOS 27 que publicó 9to5Mac al detallar los nuevos teclados de iOS 27 en junio es algo más larga en el apartado indígena: menciona blackfoot, comanche, cree, kiowa y tsuut’ina. Wired no cita kiowa ni tsuut’ina en su reportaje, así que la diferencia queda ahí, atribuida a cada medio.
En conjunto, el teclado de iOS admite ya más de 200 idiomas y variantes, siempre según Wired. La cifra impresiona, pero lo interesante no es el número, sino el trabajo que hay detrás de cada una de esas entradas.
Cómo pasa una lengua de la tradición oral a una tecla
El primer filtro es Unicode, el estándar que asigna un código a cada carácter para que cualquier dispositivo lo reconozca. Hoy contiene más de 157.000 caracteres y lo dirige Toral Cowieson como consejera delegada. Según Wired, proponer, revisar y codificar el juego de caracteres de una lengua puede llevar de tres a cinco años.
Después vienen las fuentes, la ortografía y la distribución del teclado. Wired describe el trabajo de Apple como un esfuerzo de varios años, con investigación y apoyándose en miembros de cada comunidad para decidir cómo se representan digitalmente sus sonidos. Cuando una lengua ya tiene un teclado físico asentado, como ocurre con el osage, Apple adapta esa distribución a su teclado en pantalla en lugar de inventar otra.
Ese orden importa. Una empresa puede tener todos los ingenieros del mundo, pero si el carácter no está en Unicode, el texto acaba convertido en cuadraditos en el móvil del destinatario. La parte lenta del proceso no la controla Apple.
Dos soluciones de diseño que dicen mucho del enfoque
El reportaje detalla dos casos concretos. El cherokee es un silabario: cada carácter combina, en general, una consonante y un sonido vocálico. Apple añadió en la fila inferior unas teclas de vocal adaptativas que cambian después de escribir una consonante y muestran las combinaciones posibles. Wired presenta este cambio como reciente y planteado a la propia comunidad cherokee.
El nez perce no tiene mayúsculas. En vez de dejar la tecla Mayúsculas sin función, Apple la usa para mostrar una segunda capa con caracteres acentuados. Así no hace falta mantener pulsada cada tecla para llegar a esos caracteres.
Son decisiones pequeñas, pero revelan algo que suele faltar en la localización: tratar cada lengua como un sistema propio y no como un inglés con algunas letras raras. Ese es, en mi lectura, el valor real del reportaje.
¿Por qué le importa tanto a la nación cherokee?
Porque el margen es escaso. El jefe principal de la nación cherokee, Chuck Hoskin Jr., explica en Wired que quedan alrededor de 1.500 hablantes activos, la mayoría mayores de 70 años. La nación combina la tecnología con otras iniciativas, como un programa de inmersión para bebés y un doblaje al cherokee de Cómo entrenar a tu dragón.
Con esos números, poder escribir la lengua en el móvil deja de ser un detalle simbólico. Es el canal donde los jóvenes se comunican a diario, y una lengua que no se puede usar ahí pierde un espacio de uso cotidiano. Ese argumento es mío, no de Hoskin, pero se desprende del contexto que él mismo describe.
No es un caso aislado de Apple ni de este año. La conversación sobre la ampliación de Google Translate a 110 nuevos idiomas ya planteaba hasta qué punto las grandes plataformas pueden sostener lenguas con muy pocos hablantes.
¿Quién es dueño de los datos de una lengua?
Esta es la parte menos amable del reportaje, y la más necesaria. El investigador maya Genner Llanes-Ortiz, de la Bishop’s University, recuerda a Wired que los pueblos indígenas cargan con una memoria histórica de desposesión que condiciona cómo miran a las tecnológicas. Cita el caso maorí: hablantes que han protegido con firmeza quién accede a sus materiales lingüísticos y dónde se guardan, después de haber sufrido extracción de conocimiento en el pasado.
La respuesta de Apple llega por boca de la ingeniera Chirasree Mandal: la empresa no reclama la propiedad de los datos lingüísticos que recopila y no pretende acapararlos. «No somos dueños de nada», resume. Google, por su parte, dijo a Wired que lleva tiempo integrando lenguas minoritarias e indígenas, como el manés y el maorí, que explora cómo la IA generativa podría simplificar el trabajo de codificación e investigación, y que las integraciones que funcionan exigen la participación directa de hablantes nativos.
La frontera entre hecho y opinión aquí es clara: lo que tenemos son declaraciones de las empresas, no contratos ni auditorías publicadas. Mi lectura es que la frase de Mandal tranquiliza, pero no responde a la pregunta de fondo. Una cosa es no reclamar la propiedad y otra que la comunidad controle qué se hace con ese material dentro de diez años.
Que Apple, Google y Microsoft se sienten en la misma mesa de Unicode, como recuerda Wired, es una buena noticia para estas lenguas: el estándar es común y lo que se codifica sirve a todos. Lo que no está estandarizado es la relación de poder entre una comunidad de 1.500 hablantes y una de las mayores tecnológicas del mundo. Las teclas de vocal adaptativas demuestran que Apple escucha cuando diseña.
Falta ver si esa misma escucha se traslada a acuerdos por escrito sobre los datos. La mención de Google a la IA generativa apunta a que la presión por usar estos materiales para entrenar modelos va a crecer. Ahí es donde el ejemplo maorí deja de ser una anécdota y pasa a ser un modelo para el resto de comunidades.