Cuando se habla de luz ultravioleta, suele pensarse en desinfección o en protección solar. La franja UV-C —entre 100 y 280 nanómetros— juega en otra liga: es una región del espectro con un comportamiento muy particular en la atmósfera. A diferencia de la luz visible o del infrarrojo, el UV-C se dispersa con fuerza en el aire. Esa “tendencia a rebotar” puede ser una ventaja: permite imaginar comunicación sin línea de visión, es decir, enviar información aunque no exista un pasillo despejado entre emisor y receptor.
La comparación cotidiana sería la diferencia entre apuntar con un puntero láser a una pared (necesitas línea directa) y encender una lámpara en una habitación con obstáculos (la luz llega por múltiples caminos). En comunicación óptica, ese efecto puede ser oro en entornos desordenados: calles con edificios, interiores con mobiliario, zonas con humo, polvo o vegetación densa. Por eso el UV-C lleva tiempo apareciendo en conversaciones sobre sensores avanzados, microscopía de superresolución y enlaces ópticos en espacio libre.
El problema ha sido práctico: hacer tecnología con UV-C no es como hacerlo con longitudes de onda más “cómodas”. Faltaban piezas confiables y accesibles para generar y detectar esta luz con prestaciones modernas, sobre todo cuando se intenta ir a velocidades extremas. Continúa leyendo «Un láser UV-C ultrarrápido que transmite datos en femtosegundos apunta a la próxima ola de fotónica en aire libre»