NASA y el Departamento de Energía firman un acuerdo nuclear: un reactor rumbo a Marte en 2028 y otro para la Luna

La NASA y el Departamento de Energía de Estados Unidos (DOE) han firmado un acuerdo para trabajar juntos en todo el ciclo de la energía nuclear espacial, desde el combustible hasta la operación en vuelo. Lo firmaron el 8 de octubre de 2026 el administrador de la NASA, Jared Isaacman, y el secretario de Energía, Chris Wright.

El memorando se titula «Accelerating American Leadership in Space Nuclear Power and Propulsion» y entra en vigor el 1 de noviembre, según la nota oficial de la NASA. Los dos proyectos que le dan sentido tienen nombre propio: SR-1 Freedom, una nave de propulsión nuclear eléctrica con destino a Marte, y Lunar Reactor-1, un reactor para la futura base lunar.

¿Qué cubre exactamente el acuerdo?

Es un marco de colaboración «de extremo a extremo» para el desarrollo nuclear espacial. Incluye investigación, producción de combustible, pruebas, integración en el lanzador y operaciones.

Se firmó en la cumbre Science: A Golden Age, en Washington, organizada por la Oficina de Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca, cuyo director, Michael Kratsios, asistió sin firmar. La NASA dice que el memorando refuerza la colaboración que ya existía en sistemas de fisión y radioisótopos.

El contexto político es claro. La orden ejecutiva de diciembre de 2025 sobre la superioridad espacial estadounidense encarga a la NASA un reactor de superficie lunar listo para lanzar en 2030. La agencia asegura que avanza hacia ese objetivo junto al DOE. No es la primera vez que se plantea: en 2025 ya analizamos si llevar un reactor nuclear a la Luna era una idea descabellada.

«La energía nuclear nos permitirá ir más lejos y operar durante más tiempo», dijo Isaacman, que según World Nuclear News habla de una nueva era «Nuclear-NASA».

SR-1 Freedom: un reactor que empuja hacia Marte

SR-1 Freedom (Space Reactor-1) es lo que la NASA llama «la primera nave interplanetaria impulsada por fisión». Usa propulsión nuclear eléctrica: el reactor no expulsa gases calientes como un cohete nuclear térmico, sino que genera electricidad para alimentar propulsores eléctricos.

Según World Nuclear News, la nave irá a Marte dentro de la misión SkyFall, con lanzamiento previsto a finales de 2028. El reactor se encenderá 48 horas después del despegue, una vez que la nave haya escapado de la gravedad terrestre. Llevará tres helicópteros de la clase Ingenuity, con cámaras y radar de penetración terrestre, para estudiar posibles zonas de aterrizaje y buscar agua bajo la superficie.

Scientific American da la potencia del reactor: 20 kilovatios. Y aporta el contexto que la nota oficial omite. Estados Unidos solo ha puesto en órbita un reactor nuclear, el SNAP-10A, en 1965. Y DARPA canceló en 2025 el programa DRACO de cohete nuclear térmico.

No todos lo ven claro. Andrew Higgins, ingeniero aeroespacial de la Universidad McGill, sostiene en esa misma revista que la propulsión nuclear eléctrica tiene más sentido para destinos lejanos que para Marte. Un antiguo alto cargo de la NASA califica 2028 de «ajustado», aunque no imposible.

Lunar Reactor-1 y el resto del paquete nuclear

Lunar Reactor-1 es un sistema de energía de fisión en superficie para mantener la base lunar durante las noches lunares y en zonas de sombra. Alimentaría hábitats, comunicaciones, instrumentos, vehículos y el uso de recursos locales. La nota de la NASA no da su potencia ni una fecha concreta más allá del objetivo de 2030.

World Nuclear News añade que SR-1 servirá de base para LR-1. Tiene lógica: volar un reactor en el espacio profundo antes de instalar otro en la Luna reduce incertidumbre.

El acuerdo cubre también los sistemas de radioisótopos, que la NASA usa desde 1961. Dragonfly, el helicóptero que despegará rumbo a Titán en 2028, llevará un generador termoeléctrico de radioisótopos y 24 unidades calefactoras ligeras. NASA y DOE suministrarán otras 24 al rover Rosalind Franklin de la ESA.

Para entender por qué todo el mundo vuelve a la fisión, basta con mirar los límites de la energía solar lejos del Sol o en la sombra. Es uno de los motivos que repasamos al hablar de las tecnologías que nos acercan al sueño de llegar a Marte.

Mi lectura: el memorando es papel, pero papel útil. El cuello de botella de la energía nuclear espacial nunca ha sido la física. Han sido la coordinación entre agencias, el combustible y los permisos de lanzamiento, y eso es lo que este acuerdo pretende ordenar. Lo que no resuelve es el calendario. Un reactor de 20 kW que aún no se ha construido, en una nave que debe despegar a finales de 2028, es una apuesta muy ajustada, y la historia reciente, con DRACO cancelado, invita a la prudencia. Si SR-1 Freedom llega a encenderse, el reactor lunar de 2030 dejará de sonar a promesa política. Si se retrasa, arrastrará también al reactor lunar.

CMF Speaker S y Speaker M: los primeros altavoces de CMF cuestan 59 y 99 euros y tienen frontal intercambiable

CMF, la marca asequible de Nothing, ha lanzado sus primeros altavoces: el Speaker S, por 59 euros, y el Speaker M, por 99 euros. Los dos tienen Bluetooth 6.0, certificación IP68, hasta 18 horas de autonomía y un frontal que se quita y se cambia.

Nothing los presentó el 12 de octubre de 2026 en su comunidad oficial, y ya se venden en nothing.tech y en tiendas asociadas. La pregunta interesante no es si suenan bien, que eso habrá que medirlo, sino si el diseño personalizable basta para hacerse un hueco en una categoría tan saturada.

¿En qué se diferencian el Speaker S y el Speaker M?

El S es el pequeño y el M el grande. Comparten conectividad, resistencia y funciones, pero el M tiene más potencia y un sistema de dos vías.

  • CMF Speaker S (59 euros): un altavoz de rango completo de 45 mm con dos radiadores pasivos, hasta 10 W RMS, respuesta de 70 Hz a 20 kHz y batería de 2.600 mAh. Pesa 334 gramos y mide 130,5 × 85 × 44 mm, según su ficha técnica oficial.
  • CMF Speaker M (99 euros): woofer y tweeter separados en caja sellada, 35 W RMS, respuesta de 60 Hz a 20 kHz y batería de 4.900 mAh. Pesa 602 gramos y mide 220 × 85 × 54 mm, según su página de producto.

Los dos prometen hasta 18 horas de música con el volumen al 50 % y el refuerzo de graves activado. La carga completa tarda unas 3 horas y 10 minutos de carga dan alrededor de una hora de uso. En Reino Unido cuestan 49 y 99 libras, y en Estados Unidos, 59 y 109 dólares.

El salto de 10 a 35 W y el paso a dos vías justifican la diferencia de precio sobre el papel. Para un escritorio o una mochila, el S tiene más sentido. Para una terraza, el M.

¿Qué ofrecen además del diseño?

La resistencia es el dato más serio. Los dos tienen IP68 y aguantan sumergidos hasta 1,5 metros durante 30 minutos en agua dulce, según Nothing.

En conectividad llevan Bluetooth 6.0 con más de 100 metros de alcance, conexión simultánea a dos dispositivos, emparejamiento por NFC y Fast Pair con dispositivos de Nothing, Google y Windows. También admiten audio por USB-C con una latencia inferior a 60 milisegundos. Los códecs son AAC y SBC, y LC3 solo para Auracast.

Precisamente Auracast es lo más útil del paquete. El modo fiesta sincroniza varios altavoces, incluidos modelos compatibles de otras marcas, según la nota de Nothing. Dos unidades iguales se pueden emparejar además en estéreo.

Hay ecualización adaptativa (desde la aplicación Nothing X), cuatro preajustes (Balanced, More Bass, More Treble y Voice), un modo de escena ampliada y un modo noche que recorta los graves y limita el volumen a cerca del 60 % del modo estándar.

Paneles intercambiables: ¿truco o argumento de compra?

El frontal y la rueda de volumen se desmontan con un interruptor de bloqueo en la parte trasera. Nothing enlaza además una guía para imprimir en 3D una rueda de recambio. Hay cuatro colores: gris oscuro, blanco, turquesa y naranja.

Es coherente con lo que CMF ha sido desde el principio: la marca de productos baratos de Nothing que compite más por diseño físico que por especificaciones. Y encaja con el momento de la empresa: en 2025, Nothing anunció que convertiría a CMF en una filial independiente con sede en India, y abrir categorías nuevas es la forma lógica de darle volumen.

Mi lectura: sobre el papel, IP68, Bluetooth 6.0 y Auracast por 59 euros es un paquete completo, y lo que hace interesante al Speaker S es la parte técnica, no la estética. El M lo tiene más difícil: cuesta 40 euros más y su argumento diferencial, más potencia y dos vías, es justo el que no se puede juzgar sin escucharlo. Falta lo más importante: pruebas de sonido independientes. Las cifras de potencia y autonomía son las de Nothing, medidas en sus condiciones. Hasta que alguien las mida, los paneles de colores venden mejor que los vatios.

Una planta china convierte la salmuera de las desalinizadoras en materia prima y asegura gastar un 60 % menos de electricidad

Una planta en el polígono industrial de Caofeidian (Tangshan, China) convierte la salmuera que desechan las desalinizadoras en materia prima para la industria química y, de paso, obtiene más agua dulce. Según sus responsables, el proceso gasta un 60 % menos de electricidad que la tecnología de desalinización existente. Está en producción de prueba.

La noticia la publicó en septiembre el diario estatal chino Science and Technology Daily y la recogieron el 12 de octubre el South China Morning Post e Interesting Engineering. Lo relevante no es solo el ahorro energético. Es que ataca el problema más incómodo de la desalinización: qué hacer con la salmuera.

¿Qué hace exactamente la planta de Caofeidian?

Toma la salmuera de desecho de una desalinizadora y la concentra hasta convertirla en materia prima para una fábrica de sosa. Por cada 3 toneladas de salmuera que entran salen 1 tonelada de agua de mar concentrada a 120 gramos por litro y 2 toneladas de agua dulce.

El proyecto lo lidera Tangshan Sanyou Blue Ocean Technology, filial del grupo químico Tangshan Sanyou, con universidades y centros de investigación chinos. La salmuera concentrada viaja por tubería hasta una planta de carbonato de sodio (sosa) situada a 50 kilómetros, que produce más de 2 millones de toneladas al año y la usa en lugar de comprar sal bruta.

Según el diario chino, la primera fase entró en producción de prueba hace poco. Cuando esté construida la tercera fase, la planta podrá absorber cerca de 100 millones de toneladas de salmuera al año, según Yu Bin, subdirector del comité de gestión del parque industrial de Caofeidian.

¿Cómo consigue gastar un 60 % menos de electricidad?

No usa calor residual. Usa membranas en dos pasos: primero separa los iones que causan incrustaciones y después concentra la salmuera por etapas. Ese es el método que describe Zhao Lin, jefe del equipo de I+D de Blue Ocean, en Science and Technology Daily.

El primer paso es la nanofiltración. Las membranas retienen el calcio, el magnesio y los sulfatos, que al concentrarse precipitan como la cal de un hervidor y atascan los equipos, y dejan pasar el cloruro sódico. Probaron al menos diez productos de membrana, nacionales y extranjeros, y la planta piloto arrancó el 22 de septiembre de 2023.

El segundo paso es una ósmosis inversa en «cuatro etapas y dos niveles». Llevar la salmuera de 40-45 a 120 gramos por litro con una sola etapa exigiría presiones que deforman las membranas y disparan el consumo. Por eso el equipo dividió la concentración en cuatro etapas en serie, cada una con membranas distintas, y recircula parte del caudal.

Aquí hay que precisar el dato. Zhao Lin habla de un descenso del 60 % en el consumo eléctrico por cada 10.000 yuanes de producción frente a la desalinización actual. Es una métrica económica, no un consumo por metro cúbico de agua. No se ha publicado el consumo absoluto ni con qué planta exacta se compara.

¿Por qué importa la salmuera?

Porque es el residuo inevitable de desalinizar. Lo normal es devolverla al mar, y en una bahía semicerrada como la de Bohai eso supone una carga ecológica que los responsables del proyecto citan expresamente.

«Usar el agua de mar concentrada refinada directamente como materia prima de la industria química de la sal es una vía técnica clave para evitar desde el origen el riesgo ecológico del vertido de salmuera», dice Liu Lan, del Instituto de Desarrollo Oceánico de la Universidad Oceánica de China, en el mismo diario. Según Liu Lan, no hay precedentes internacionales de reutilización de salmuera a esta escala.

En wwwhatsnew hemos contado otros intentos de abaratar la desalinización, como el dispositivo del MIT que convierte agua del mar en potable con energía solar. La diferencia de Caofeidian es que no busca un dispositivo pequeño y autónomo. Busca cerrar el ciclo industrial: agua dulce para la zona y sal para la fábrica de al lado.

Mi lectura: es una buena noticia con dos asteriscos. El primero es que todo lo que sabemos viene de la propia empresa y de un diario estatal. No hay paper ni auditoría externa, y la planta está todavía en pruebas. El segundo es la métrica: un 60 % menos de electricidad por cada 10.000 yuanes de producción también depende del valor de lo que vendes, y aquí se vende sal además de agua. Aun así, la idea de fondo es sólida. Si la salmuera deja de ser un residuo y pasa a ser materia prima con comprador a 50 kilómetros, la desalinización mejora en coste y en impacto a la vez. La prueba de verdad llegará cuando haya cifras de la fase completa, no de la prueba.

Google lanza Gemini 4 Argon: el modelo para trabajo pesado ya disponible en API, app y buscador

Gemini 4 Argon ya se puede usar fuera de los laboratorios de Google. Desde el 13 de octubre de 2026 está en la API de Gemini (solo en el plan de pago), en Google Antigravity, en la app de Gemini y en el Modo IA del buscador para suscriptores de Google AI Pro y Ultra. Cuesta 2 dólares por millón de tokens de entrada (≈ 1,73 euros) y 10 dólares por millón de salida (≈ 8,65 euros) hasta el 30 de noviembre; después, 4 y 20 dólares (≈ 3,46 y 17,30 euros).

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Así llegan el blackfoot, el comanche y el cree al teclado del iPhone: Unicode, diseño y la pregunta de quién es dueño de una lengua

Para que una lengua indígena aparezca en el teclado del iPhone no basta con dibujar unas teclas. Hace falta que sus caracteres existan en Unicode, que haya fuentes capaces de mostrarlos, que la comunidad haya fijado cómo se escribe y que alguien diseñe una distribución que no haga sufrir a quien teclea. Ese recorrido lo cuenta Wired en un reportaje publicado el 12 de octubre de 2026, y explica por qué en iOS 27 han llegado el blackfoot, el comanche y el northern east cree.

El reportaje, que puede leerse en la republicación del texto de Wired sobre cómo Apple lleva lenguas indígenas al teclado del iPhone, arranca con la nación cherokee y termina con una pregunta incómoda: quién se queda con los datos de una lengua cuando una gran tecnológica la digitaliza.

¿Qué lenguas indígenas tiene ya el teclado del iPhone?

Según Wired, iOS 27 amplía el soporte a blackfoot, comanche y northern east cree, y iOS 26 ya había incorporado el nez perce (nimipuutímt) junto al criollo haitiano. El primer idioma nativo americano que entró en iOS fue el cherokee, en 2010.

La lista de novedades de iOS 27 que publicó 9to5Mac al detallar los nuevos teclados de iOS 27 en junio es algo más larga en el apartado indígena: menciona blackfoot, comanche, cree, kiowa y tsuut’ina. Wired no cita kiowa ni tsuut’ina en su reportaje, así que la diferencia queda ahí, atribuida a cada medio.

En conjunto, el teclado de iOS admite ya más de 200 idiomas y variantes, siempre según Wired. La cifra impresiona, pero lo interesante no es el número, sino el trabajo que hay detrás de cada una de esas entradas.

Cómo pasa una lengua de la tradición oral a una tecla

El primer filtro es Unicode, el estándar que asigna un código a cada carácter para que cualquier dispositivo lo reconozca. Hoy contiene más de 157.000 caracteres y lo dirige Toral Cowieson como consejera delegada. Según Wired, proponer, revisar y codificar el juego de caracteres de una lengua puede llevar de tres a cinco años.

Después vienen las fuentes, la ortografía y la distribución del teclado. Wired describe el trabajo de Apple como un esfuerzo de varios años, con investigación y apoyándose en miembros de cada comunidad para decidir cómo se representan digitalmente sus sonidos. Cuando una lengua ya tiene un teclado físico asentado, como ocurre con el osage, Apple adapta esa distribución a su teclado en pantalla en lugar de inventar otra.

Ese orden importa. Una empresa puede tener todos los ingenieros del mundo, pero si el carácter no está en Unicode, el texto acaba convertido en cuadraditos en el móvil del destinatario. La parte lenta del proceso no la controla Apple.

Dos soluciones de diseño que dicen mucho del enfoque

El reportaje detalla dos casos concretos. El cherokee es un silabario: cada carácter combina, en general, una consonante y un sonido vocálico. Apple añadió en la fila inferior unas teclas de vocal adaptativas que cambian después de escribir una consonante y muestran las combinaciones posibles. Wired presenta este cambio como reciente y planteado a la propia comunidad cherokee.

El nez perce no tiene mayúsculas. En vez de dejar la tecla Mayúsculas sin función, Apple la usa para mostrar una segunda capa con caracteres acentuados. Así no hace falta mantener pulsada cada tecla para llegar a esos caracteres.

Son decisiones pequeñas, pero revelan algo que suele faltar en la localización: tratar cada lengua como un sistema propio y no como un inglés con algunas letras raras. Ese es, en mi lectura, el valor real del reportaje.

¿Por qué le importa tanto a la nación cherokee?

Porque el margen es escaso. El jefe principal de la nación cherokee, Chuck Hoskin Jr., explica en Wired que quedan alrededor de 1.500 hablantes activos, la mayoría mayores de 70 años. La nación combina la tecnología con otras iniciativas, como un programa de inmersión para bebés y un doblaje al cherokee de Cómo entrenar a tu dragón.

Con esos números, poder escribir la lengua en el móvil deja de ser un detalle simbólico. Es el canal donde los jóvenes se comunican a diario, y una lengua que no se puede usar ahí pierde un espacio de uso cotidiano. Ese argumento es mío, no de Hoskin, pero se desprende del contexto que él mismo describe.

No es un caso aislado de Apple ni de este año. La conversación sobre la ampliación de Google Translate a 110 nuevos idiomas ya planteaba hasta qué punto las grandes plataformas pueden sostener lenguas con muy pocos hablantes.

¿Quién es dueño de los datos de una lengua?

Esta es la parte menos amable del reportaje, y la más necesaria. El investigador maya Genner Llanes-Ortiz, de la Bishop’s University, recuerda a Wired que los pueblos indígenas cargan con una memoria histórica de desposesión que condiciona cómo miran a las tecnológicas. Cita el caso maorí: hablantes que han protegido con firmeza quién accede a sus materiales lingüísticos y dónde se guardan, después de haber sufrido extracción de conocimiento en el pasado.

La respuesta de Apple llega por boca de la ingeniera Chirasree Mandal: la empresa no reclama la propiedad de los datos lingüísticos que recopila y no pretende acapararlos. «No somos dueños de nada», resume. Google, por su parte, dijo a Wired que lleva tiempo integrando lenguas minoritarias e indígenas, como el manés y el maorí, que explora cómo la IA generativa podría simplificar el trabajo de codificación e investigación, y que las integraciones que funcionan exigen la participación directa de hablantes nativos.

La frontera entre hecho y opinión aquí es clara: lo que tenemos son declaraciones de las empresas, no contratos ni auditorías publicadas. Mi lectura es que la frase de Mandal tranquiliza, pero no responde a la pregunta de fondo. Una cosa es no reclamar la propiedad y otra que la comunidad controle qué se hace con ese material dentro de diez años.

Que Apple, Google y Microsoft se sienten en la misma mesa de Unicode, como recuerda Wired, es una buena noticia para estas lenguas: el estándar es común y lo que se codifica sirve a todos. Lo que no está estandarizado es la relación de poder entre una comunidad de 1.500 hablantes y una de las mayores tecnológicas del mundo. Las teclas de vocal adaptativas demuestran que Apple escucha cuando diseña.

Falta ver si esa misma escucha se traslada a acuerdos por escrito sobre los datos. La mención de Google a la IA generativa apunta a que la presión por usar estos materiales para entrenar modelos va a crecer. Ahí es donde el ejemplo maorí deja de ser una anécdota y pasa a ser un modelo para el resto de comunidades.

El Kikou Maru navega con un motor que quema hidrógeno: lo que demuestra y lo que no la travesía japonesa de Osaka

Un petrolero costero japonés, el Kikou Maru, navegó el 25 de septiembre de 2026 durante unas dos horas por la bahía de Osaka con un motor de combustión de hidrógeno generando la electricidad que mueve sus hélices. No lleva pila de combustible: quema hidrógeno en un motor de cuatro tiempos y necesita una pequeña dosis de combustible piloto para encenderlo.

Lo anunció la Nippon Foundation el 30 de septiembre en una nota de prensa de la Nippon Foundation sobre el primer buque con motor de hidrógeno de encendido piloto, que habla de «primicia mundial» según su propia investigación. La prensa marítima, con Maritime Executive al día siguiente, recogió la noticia. Conviene separar lo que demuestra la prueba de lo que todavía no.

¿Qué barco es y cómo se mueve?

El Kikou Maru es un petrolero de cabotaje de unas 4.500 toneladas de arqueo bruto, 104,93 metros de eslora y unos 5.000 kilolitros de capacidad de carga, según la ficha que publicó la fundación en febrero de 2025. Maritime Executive lo cifra en 4.800 toneladas de peso muerto, que es otra medida, no una contradicción. Su armador es Uyeno TransTec, empresa fundada en 1869, y lo construyó Fukuoka Shipbuilding en su astillero de Nagasaki.

La propulsión es eléctrica. Dos motores eléctricos mueven dos ejes, y la electricidad sale de un grupo con motor de hidrógeno instalado en un contenedor sobre cubierta. Un generador híbrido y baterías de iones de litio suavizan los picos de carga.

El motor es de Yanmar: un cuatro tiempos de alta velocidad, de seis cilindros, que en las pruebas en banco de octubre de 2024 alcanzó unos 500 kW de potencia nominal. Quema una mezcla premezclada de hidrógeno y aire que se enciende con una pequeña inyección de combustible líquido.

¿Por qué importa que lleve HVO como piloto?

Porque condiciona cómo debe leerse la etiqueta de travesía «neutra en carbono» que usa la fundación. En las pruebas en banco, el piloto era diésel. Yanmar anunció que pasaría a un biocombustible, y la Nippon Foundation ya planificaba en 2025 la demostración de 2026 con hidrógeno y HVO (aceite vegetal hidrotratado).

La nota de prensa de septiembre no detalla el piloto usado en la travesía; la revista técnica alemana ingenieur.de sobre la travesía del petrolero de hidrógeno afirma que fue HVO. El matiz es relevante: el HVO procede de aceites vegetales y grasas residuales y, como subraya la misma revista, tampoco es del todo neutro en clima.

Que el motor necesite piloto es una decisión de diseño, no un fallo. Yanmar trabajaba en dos variantes: una de encendido piloto con un poco de biocombustible y otra de encendido por chispa solo con hidrógeno, y la que ha navegado es la primera. La idea de quemar hidrógeno en motores convencionales tampoco es nueva: ya se probaba en tierra con motores diésel adaptados para funcionar casi solo con hidrógeno.

¿Qué demuestra y qué no la travesía de Osaka?

Los datos de la prueba son modestos y la fundación no los oculta: unas dos horas, unos 33 kilómetros y una reducción de unas 1,2 toneladas de CO₂ frente al mismo trayecto con combustible fósil. La nota no explica cómo se calcula esa cifra ni si incluye las emisiones de producir el hidrógeno.

Tampoco se ha publicado cómo se almacena el hidrógeno a bordo, cuánto cabe ni de dónde sale, como señala ingenieur.de. Son tres datos clave para saber si este barco podría hacer rutas comerciales reales entre puertos japoneses.

Lo que sí demuestra es que el conjunto funciona fuera del banco de pruebas: motor, suministro de combustible, baterías, propulsión eléctrica y una tripulación formada para manejar hidrógeno. La fundación enlaza además la certificación de la sociedad de clasificación ClassNK para un motor de hidrógeno de cuatro tiempos de alta velocidad destinado a buques costeros, y el proyecto ha generado un manual de operación para este tipo de buques.

Mi lectura: es un hito de ingeniería, no todavía un hito de descarbonización. Hasta que no haya rutas regulares y datos de origen del hidrógeno, la cifra de 1,2 toneladas es más simbólica que representativa.

El plan japonés para el cabotaje

La travesía forma parte del Zero Emission Ships Project de la Nippon Foundation, lanzado en 2022, con tres consorcios. El del Kikou Maru lo lidera Yanmar. Otro consorcio puso en servicio en abril de 2024 el HANARIA, un buque de pila de combustible de hidrógeno, y la fundación prevé demostraciones conjuntas con los otros dos consorcios antes del final del año fiscal 2026, es decir, marzo de 2027.

El objetivo declarado es un cabotaje neutro en carbono en 2050. En la financiación también hay movimiento: según publicó Container News en octubre de 2025, el barco obtuvo la calificación más alta, «S», del programa de financiación de buques de cero emisiones que gestionan el Development Bank of Japan y ClassNK.

En 2025, Uyeno TransTec estimó un ahorro de unas 6.000 toneladas de CO₂ al año frente a un buque de fuelóleo pesado, según recogió la propia fundación. Es una proyección de la empresa, no un resultado medido.

La apuesta japonesa por quemar hidrógeno en motores, en vez de confiarlo todo a las pilas de combustible, tiene sentido para una industria que conoce muy bien los motores de combustión y no quiere tirar ese conocimiento. El Kikou Maru ha superado la parte más fácil de explicar: navegar dos horas en una bahía.

La difícil empieza ahora: hidrógeno barato y limpio en los puertos, almacenamiento a bordo con autonomía suficiente y un piloto que no sea un agujero en la contabilidad climática. Hasta que la Nippon Foundation publique esos datos, conviene leer «primicia mundial» como lo que es: una prueba de concepto bien ejecutada.

Un líquido que aparece y se evapora: así lleva UC San Diego la perovskita al 26,5 % de eficiencia

Un equipo de la Universidad de California en San Diego, Princeton y la surcoreana Sungkyunkwan ha conseguido células solares de perovskita con un 26,5 % de eficiencia (25,9 % certificado) gracias a un truco químico: dos aditivos, bromuro de zinc y cloruro de metilamonio, que al calentarse forman durante un momento un líquido que ayuda a ordenar los cristales. El trabajo se publicó en Science el 8 de octubre de 2026.

El artículo científico, «Volatile eutectics to tailor crystallization for perovskite optoelectronics», en Science, lo firman 29 autores, entre ellos David Fenning, que dirige el grupo de UC San Diego. Lo interesante no es tanto la cifra de eficiencia, que no es récord, como el mecanismo y los datos de estabilidad.

¿Qué es un eutéctico volátil y por qué mejora la perovskita?

Un eutéctico es una mezcla que funde a una temperatura más baja que sus componentes por separado. Según la nota de UC San Diego sobre el líquido temporal que mejora la perovskita, al calentar la película los dos aditivos forman ese líquido justo en las fronteras entre cristales, y eso permite que se reorganicen en granos más grandes y ordenados.

La parte «volátil» es la clave. A medida que sigue el recocido, el cloruro de metilamonio se evapora, mientras el zinc se queda en las fronteras de grano, donde ayuda a neutralizar defectos electrónicos. El aditivo hace su trabajo y en buena parte desaparece.

El equipo lo vio en directo con microscopía de rayos X por nanosonda: las fronteras de grano se volvían desordenadas, casi líquidas, durante el calentamiento y luego recuperaban el orden. El resumen del artículo añade que el proceso homogeneiza la distribución de haluros en la película.

Las cifras, una a una

Los datos salen del resumen publicado en Science:

  • Célula campeona: 26,5 % de eficiencia de conversión; 25,9 % certificado.
  • Minimódulos de más de 15 cm²: 23,9 %.
  • Estabilidad: células pequeñas con un transportador de huecos polimérico conservaron el 85,8 % de su eficiencia inicial del 24,1 % tras 1.400 horas de funcionamiento continuo a 85 °C.
  • Como LED, el mismo material alcanza un 26,1 % de eficiencia cuántica externa.

Ojo a un matiz: el dato de estabilidad corresponde a una configuración concreta, con otra capa transportadora y una eficiencia de partida más baja (24,1 %), no a la célula del 26,5 %. La nota de la universidad dice que las células «conservaron la mayor parte de su eficiencia» tras ocho semanas de funcionamiento continuo bajo luz solar simulada.

¿Es un récord de eficiencia?

No, y el estudio no lo pretende. En enero de 2026, la empresa china SolaEon anunció un 27,87 % en una célula de perovskita de unión simple de 0,076 cm², certificado por el centro de metrología fotovoltaica chino NPVM, según pv magazine sobre la célula de perovskita de SolaEon. En marzo, Huarou PV reclamó un 27,98 %, también certificado por NPVM, según Perovskite-Info.

En mi opinión, la carrera por el décimo de punto la están ganando empresas con líneas de laboratorio optimizadas para eso. En wwwhatsnew ya hemos contado otros saltos, como la célula de perovskita china que alcanzó un 28,49 % reduciendo defectos. Lo que aporta el trabajo de UC San Diego es otra cosa: un método de cristalización que, según sus autores, funcionó en todas las composiciones de perovskita que probaron.

«Parecía que todo lo que probábamos funcionaba», resume en la nota de la universidad Connor Dolan, coautor principal. El equipo afirma además haber medido los pares electrón-hueco de mayor duración registrados en un semiconductor de banda prohibida directa, aunque la nota no da la cifra.

Lo que separa este avance del tejado de tu casa

El talón de Aquiles de la perovskita sigue siendo la durabilidad. 1.400 horas a 85 °C son unos dos meses de ensayo, y un panel de tejado tiene que aguantar años a la intemperie. Es un buen resultado de laboratorio, no una prueba de vida útil comercial.

El otro salto pendiente es el tamaño. Pasar de minimódulos de 15 cm² a paneles de metro cuadrado es donde muchas recetas de laboratorio pierden eficiencia. Es el terreno en el que se mueven propuestas como los módulos de perovskita pensados para producción a gran escala en China.

Mi lectura es que este trabajo vale más como herramienta que como marca. Un aditivo que se evapora solo y deja el zinc donde hace falta parece fácil de encajar en procesos de fabricación, porque se añade a la solución de partida. Si de verdad es tan general como dicen sus autores, puede acabar dentro de recetas ajenas, incluidas las de quienes compiten por el récord.

La duda razonable es la de siempre: hasta que alguien publique datos de módulos grandes y envejecimiento al aire libre, toda perovskita es una promesa. Esta llega con mejores credenciales que la media, porque trae un mecanismo observado con rayos X y no solo un número llamativo.

¿Agua del petróleo para enfriar la IA? Lo que dice de verdad el estudio de UT Austin sobre desalar para los centros de datos

Los centros de datos de Texas podrían refrigerarse con agua salada o contaminada, incluida el agua de producción que sale de los pozos de petróleo, si la desalan antes. Es la propuesta de un estudio de la Universidad de Texas en Austin publicado en la revista Water Research, que concluye que incluso el tratamiento que más energía consume supone una pequeña fracción del consumo total de un centro de datos.

El artículo científico, «System-scale design and analysis of desalination systems for meeting water needs of data centers», en Water Research, lo firman Vishnu Sree Shanthanu Katakam, Mariam Arzumanyan, Ning Lin y Vaibhav Bahadur. La Cockrell School of Engineering lo difundió el 8 de octubre de 2026 y medios como Interesting Engineering lo recogieron el 12 de octubre.

¿Por qué hablar de agua del petróleo en Texas?

Porque sobra en un sitio y falta en otro. Bahadur lo resume en la nota de la Cockrell School sobre si el agua salada y sucia puede enfriar centros de datos: la cuenca del Pérmico produce cada día el equivalente a 1.200 piscinas olímpicas de agua de producción.

Hoy esa agua se transporta largas distancias y se inyecta bajo tierra, algo que Bahadur considera problemático «en muchos sentidos, incluido el riesgo de actividad sísmica». Según la nota, la región podría quedarse sin espacio para inyectarla ya en 2030.

Al otro lado está la demanda. Un informe técnico anterior de la misma universidad, difundido en mayo por UT News sobre el uso de agua de los centros de datos en Texas, calcula que los centros de datos usan hoy menos del 1 % del agua del estado, pero podrían llegar al 3-9 % en 2040. Como referencia, la industria manufacturera consume alrededor del 7 %. En Texas hay más de 400 centros de datos en funcionamiento o en construcción.

¿Qué tecnologías compara el estudio?

Dos familias de desalación ya existentes. La ósmosis inversa, con membranas, es la más eficiente energéticamente, pero tiene problemas con aguas más saladas que el agua de mar. Los métodos térmicos, que evaporan y condensan el agua, funcionan con salmueras muy concentradas, pero consumen bastante más energía y sufren incrustaciones en los equipos.

«No estamos esperando a que llegue una tecnología futurista a resolver este problema», dice Bahadur. Esa es la tesis: la tecnología ya existe, tiene un coste, y la pregunta es dónde y cómo aplicarla.

El estudio analizó tres escenarios de centros de datos y cómo la elección del tratamiento cambia el coste y el impacto ambiental. Para comparar opciones, los autores proponen un indicador nuevo, la Saline Water Utilization Intensity (SWUI), que mide la presión sobre el agua local.

El caso que mejor sale no es el del petróleo

Es el detalle que menos titulares ha generado. Según la nota de la universidad, el escenario con menor presión sobre el agua local fue un proyecto propuesto en Longview (Texas) que usaría agua subterránea salobre tratada con ósmosis inversa en dos etapas: alta recuperación de agua dulce, bajo coste y consumo energético relativamente bajo.

Mi lectura es que eso matiza el titular. El agua de producción del Pérmico es la imagen potente, pero la nota no da su salinidad: si supera la del agua de mar, queda fuera del alcance de la ósmosis inversa y obliga a usar los métodos térmicos, los caros en energía. La opción que mejor sale en el estudio es el agua salobre, menos salada, y no la salmuera petrolera.

El estudio sí sostiene que todas las opciones son asumibles dentro de la factura energética de un centro de datos, lo que encaja con la escala de los centros de datos hiperescalados y su factura energética. Lo que la nota no publica son cifras concretas de coste o de energía por metro cúbico, así que no conviene inventarlas.

Un debate que ya está en el Parlamento de Texas

El estudio llega en mal momento para el sector, o en el mejor, según se mire. En septiembre, el gobernador Greg Abbott paralizó los nuevos permisos para centros de datos para evaluar su impacto en las comunidades, y la fiscalía general del estado anunció una investigación sobre el uso de agua de los centros existentes, según la Cockrell School.

Bahadur y Lin, este último economista jefe del Bureau of Economic Geology, han testificado ante la comisión de Agua, Agricultura y Asuntos Rurales del Senado de Texas. Ambos participan en el consorcio COMPASS, que desarrolla software para analizar proyectos concretos de cara a los permisos. «Esperamos dar a los responsables las herramientas que necesitan para proteger y beneficiar a sus comunidades», dice Lin.

La desalación no es una idea nueva; lo que cambia es el cliente. Hasta ahora se pensaba en agua potable, como en los desalinizadores solares del MIT para obtener agua potable del mar. Ahora el comprador potencial es una industria con dinero y prisa.

Mi postura: la idea es sensata y tiene la virtud de no depender de tecnologías por inventar. Pero el titular «agua del petróleo para la IA» vende más de lo que el estudio respalda. Lo que deja claro es que desalar es asumible y que la fuente concreta importa mucho. Si Texas acaba exigiendo a los nuevos centros de datos que justifiquen su agua con un indicador como el SWUI, el estudio habrá servido para algo más que para un buen titular.

Galaxy S23 y Galaxy Watch 5: hasta cuándo tendrán actualizaciones (y qué no ha confirmado Samsung)

El Galaxy S23 tiene por delante una última gran actualización, One UI 9 sobre Android 17, y parches de seguridad que deberían llegar hasta 2028. El Galaxy Watch 5 está más cerca del final: su ventana de actualizaciones de sistema se cierra, según las previsiones, a finales de 2026. Ojo con un matiz importante: Samsung no ha publicado una fecha de fin de soporte para ninguno de los dos. Lo que sigue es la cuenta que sale de aplicar su política de actualizaciones, tal y como la hacen medios especializados como SamMobile, Sammy Fans o Android Authority.

Conviene separar bien las dos cosas, porque en los últimos meses han circulado titulares que daban por «confirmado» lo que solo es una proyección razonable.

¿Qué prometió Samsung para el Galaxy S23?

Cuatro generaciones de Android y One UI y cinco años de parches de seguridad. Es la política que Samsung anunció el 10 de febrero de 2022 para la serie S22 y los «próximos dispositivos de la serie S» en su nota oficial sobre cuatro generaciones de actualizaciones, y el S23 entra en ese grupo.

El S23, el S23+ y el S23 Ultra se presentaron el 1 de febrero de 2023 y salieron a la venta en Europa el 17 de febrero, con Android 13 y One UI 5.1. A partir de ahí, la cuenta es sencilla: Android 14, 15, 16 y 17. El cuarto salto, el de Android 17, es One UI 9.

El S23 ya recibió además One UI 8.5, basada en Android 16 QPR2, cuyo despliegue estable arrancó en Corea del Sur en mayo de 2026, según Android Authority. Es decir, el teléfono está hoy al día.

¿Cuándo llega One UI 9 al S23 y será la última?

One UI 9 todavía no ha llegado al S23, aunque ya está en camino. Según Sammy Fans, el despliegue estable de One UI 9 arrancó a mediados de septiembre de 2026 con los S26 y ya ha alcanzado a las series S25 y S24; el S23 es «el siguiente en la cola», sin fecha oficial.

Que sea la última gran actualización es la lectura generalizada. SamMobile explicaba en junio que One UI 9 «completaría» la promesa de cuatro generaciones. La duda está en One UI 9.5: Samsung no ha dicho nada, pero hay un precedente. El Galaxy S22 se quedó en One UI 8 y no recibió la 8.5, y Sammy Fans apunta a que el S23 seguirá el mismo camino.

Sobre el S23 FE hay un dato más concreto, aunque de fiabilidad limitada: PhoneArena recogió una captura del filtrador Tarun Vats, presentada como una conversación con el soporte de Samsung, que afirma que One UI 9 será su última gran actualización. No es un comunicado oficial y no consta que se haya verificado.

Hasta cuándo recibirá parches de seguridad

Si se cumplen los cinco años de la política, los parches de seguridad llegarían hasta principios de 2028. Es la fecha que dan Sammy Fans y Android Authority, que habla de «al menos 2028». Samsung no ha publicado un día concreto.

Lo que sí es oficial es la cadencia actual. En la página de boletines de seguridad de Samsung, los cuatro S23 (incluido el FE) aparecen en la categoría de actualizaciones mensuales. La propia página agrupa los modelos por frecuencia de parche y avisa de que la lista de modelos cambia a medida que expiran los periodos de soporte, sin calendario por modelo.

Traducido a la práctica: si se cumple la política, un S23 seguirá recibiendo parches durante todo 2027. Lo que se acaba antes son las funciones nuevas, no la protección. Si tienes dudas sobre qué te juegas al aplazar parches, en wwwhatsnew repasamos por qué ignorar las actualizaciones de software es una mala decisión de seguridad.

¿Y el Galaxy Watch 5?

Su caso es distinto, porque la política de los relojes no es la de los móviles. En la misma nota de 2022, Samsung prometió «hasta cuatro años» de actualizaciones de One UI Watch y Wear OS para el Galaxy Watch4 y los próximos Galaxy Watch. El Watch 5 y el Watch 5 Pro salieron a la venta el 26 de agosto de 2022 con Wear OS 3.5 y One UI Watch 4.5.

Cuatro años desde esa fecha llevan a finales de 2026, y ahí coinciden TechRepublic y BGR: las actualizaciones de Wear OS terminarían el 31 de diciembre de 2026. BGR añade que los parches de seguridad se alargarían durante 2027, y lo presenta como una proyección, no como una fecha confirmada. Ninguno de los dos enlaza a un comunicado de Samsung.

La última versión instalada es One UI 8 Watch, basada en Wear OS 6, que empezó a llegar al Watch 5 y al Watch 5 Pro en Estados Unidos en diciembre de 2025, según SamMobile. ¿Recibirá One UI 9 Watch (Wear OS 7)? SamMobile lo incluye en su lista de relojes «previsiblemente compatibles», pero advierte de que Samsung no ha publicado lista oficial y que puede cambiar.

Hoy el Watch 5 figura en el grupo de parches trimestrales de la página de seguridad de Samsung.

El precedente del Galaxy Watch 4

Lo que le ha pasado al Watch 4 sirve de pista. Según Android Central, recibió su última actualización a principios de agosto de 2026, solo con correcciones de seguridad, y Samsung lo retiró de su página de boletines en septiembre. Desde entonces, el Watch 5 es el reloj más antiguo que Samsung sigue actualizando.

Y hay contraste con lo nuevo: según Android Authority, el Galaxy Watch 9 y el Galaxy Watch Ultra 2 tendrán cinco grandes actualizaciones y cinco años de parches, hasta 2031.

Mi lectura es que el problema aquí no es la duración del soporte, que es razonable para un móvil de 2023, sino la opacidad. Samsung publica una política genérica, pero no una fecha de caducidad por modelo, y eso deja a los usuarios en manos de foros, filtradores y titulares que convierten una proyección en una «confirmación». Lo lógico sería que cada ficha de producto dijera, con día y mes, cuándo termina el soporte.

Si tienes un S23, no hay prisa: te queda One UI 9 y más de un año de parches. Si tienes un Watch 5, el reloj seguirá funcionando, pero 2027 es el último año en que tendrá sentido como compra de segunda mano. Para quien esté pensando en vender o comprar alguno, la guía de cómo comprar móviles reacondicionados y de segunda mano sin llevarte un susto incluye qué comprobar antes de pagar.

¿Compensa limpiar los paneles solares? Lo que dicen los datos y la cuenta para un tejado español

Para la mayoría de las instalaciones domésticas, pagar una limpieza profesional de los paneles solares no compensa: la energía que recuperas suele valer menos que lo que cuesta el servicio. La excepción son los tejados con poca inclinación, las zonas con mucho polvo o polen, los veranos muy largos sin lluvia y las manchas localizadas, como los excrementos de pájaro. Es la conclusión del estudio de referencia de la Universidad de California en San Diego (UCSD), y los datos del NREL estadounidense sobre polen y los informes del programa fotovoltaico de la Agencia Internacional de la Energía (IEA-PVPS) ayudan a acotar las excepciones.

El matiz es que la suciedad no es un problema menor en el conjunto del sector. Lo que ocurre es que en un tejado de 4 o 5 kW las cifras son pequeñas, y hay que hacer bien la cuenta antes de pagar a nadie.

¿Cuánta producción se pierde por la suciedad?

Depende sobre todo del clima y de cuánto limpie la lluvia: en Europa, entre menos del 1 % y más del 5 % de la producción anual de media. A escala mundial, la suciedad («soiling») es, después de la radiación solar, el factor que más influye en el rendimiento fotovoltaico, según la página de IEA-PVPS sobre pérdidas por suciedad. Su informe sobre el tema (referencia T13-21:2022, publicado en enero de 2023) calcula una pérdida del 3 al 5 % de la producción anual y un coste económico de entre 3.000 y 5.000 millones de euros. Una ficha posterior del mismo programa, recogida por pv magazine en octubre de 2025, eleva la horquilla al 4-7 %.

Para Europa hay un estudio más fino. Un equipo con investigadores de la Universidad de Jaén, el CIEMAT y el DLR alemán publicó en la revista Renewable Energy (2025) un mapa de pérdidas por suciedad en todo el continente. Si la lluvia limpiara los paneles por completo, la pérdida media anual sería del 0,9 %. Si solo arrastrara el 10 % de la suciedad, subiría al 5,3 %.

España sale mal parada en el escenario pesimista: según pv magazine, llega al 14 %, el valor más alto de Europa. La explicación está en el patrón de lluvias: las zonas con más pérdidas son las de veranos largos y áridos, con pocos episodios de lluvia.

Lo que midió la UCSD en 186 instalaciones

El estudio clásico es de 2013. Un equipo de ingeniería de la UCSD, dirigido por Jan Kleissl, analizó datos de 186 instalaciones residenciales y comerciales de California, desde la bahía de San Francisco hasta la frontera con México. Lo publicaron en Solar Energy.

Tras 145 días sin lluvia en pleno verano, los paneles habían perdido un 7,4 % de eficiencia, algo menos de un 0,05 % diario. Para un sistema doméstico de 5 kW, limpiarlo a mitad de verano habría supuesto unos 20 dólares (≈ 17 euros) de electricidad extra hasta las primeras lluvias, según la nota de prensa de la UCSD.

«La mayoría de los propietarios no recuperará lo que pague por lavar sus paneles», resumía Kleissl. El estudio también fija los límites de esa conclusión: los paneles con menos de 5 grados de inclinación se ensuciaban más, porque la suciedad no resbala, y las tormentas de polvo, los excrementos de aves o vivir junto a una autopista o una fábrica pueden justificar la limpieza.

¿La lluvia basta para limpiar los paneles?

No siempre, y el polen es el mejor ejemplo. En 2023, el NREL estudió cinco plantas solares de Carolina del Norte que llevaban más de siete años sin limpieza manual, y publicó los resultados en IEEE Journal of Photovoltaics.

Según la nota del NREL, en plena temporada de polen el rendimiento cayó hasta un 15 %. La lluvia arrastraba una parte, pero los paneles no volvían a su nivel anterior, y sin limpiezas planificadas la pérdida anual podía rondar el 10 %. Una limpieza mecánica con cepillo húmedo recuperaba entre un 5 % y un 11 %. «La lluvia regular no basta para dar por limpias las plantas en ciertos entornos», concluía el investigador Matthew Muller.

Ojo: hablamos de plantas solares en entornos con polen de pinos, cipreses, enebros y robles, no de un tejado urbano. Pero el estudio desmonta la idea de que la lluvia lo arregla todo.

La cuenta para un tejado español

Este es el cálculo que importa. Supongamos una instalación de 4 kWp en el centro o el sur peninsular. Con una producción de unos 1.500 kWh por kWp al año, dentro de la horquilla de 1.400-1.700 que dan las tablas de referencia para Madrid y Andalucía, genera unos 6.000 kWh anuales.

Cada punto de pérdida por suciedad son, por tanto, 60 kWh al año. Para darles valor, tomamos dos precios de referencia del PVPC: el promedio de octubre de 2026 hasta ahora, 0,1468 €/kWh, y el precio medio del 15 de octubre, 0,2209 €/kWh (este último, sin impuestos y según Red Eléctrica), tal y como los recoge Tarifasgasluz. Con esos precios, cada punto vale entre 8,8 y 13,3 euros al año.

El servicio de mantenimiento anual, con limpieza y revisión, se mueve entre 150 y 300 euros, según la guía de precios de CuántoMeCuesta (abril de 2026). En el caso más barato, 150 euros, para empatar habría que recuperar estas cantidades:

  • A 0,1468 €/kWh: 1.022 kWh, el 17 % de la producción anual.
  • A 0,2209 €/kWh: 679 kWh, el 11,3 % de la producción anual.

Ninguna de las cifras medias de pérdida se acerca a eso. Para recuperar más del 11 % harían falta pérdidas como las del peor escenario español del estudio europeo (14 %), por encima incluso del 10 % anual que midió el NREL con polen, y además que una sola limpieza las eliminara durante todo el año, algo que no ocurre porque la suciedad vuelve a acumularse. El cálculo supone que valoras cada kWh al precio de compra; si parte de esa energía la viertes a la red y se compensa a un precio menor, el resultado empeora todavía más.

Cuándo sí merece la pena

Los propios estudios dan la lista: paneles casi planos (menos de 5 grados), instalaciones junto a una autopista, una fábrica o campos de cultivo, temporadas de polen fuertes, tormentas de polvo y excrementos de aves que tapan celdas concretas. En esos casos, lo razonable es mirar la producción en la aplicación del inversor: si cae de forma sostenida y sin explicación meteorológica, es una señal más fiable que la vista.

Mi lectura es que la limpieza profesional se vende como mantenimiento rutinario cuando, con los datos en la mano, es un remedio para casos concretos. Las cifras globales de IEA-PVPS son reales, pero están pensadas para el conjunto del sector y sus grandes parques solares, donde cada punto de pérdida se mide en millones. En un tejado de 4 kWp, ese mismo 4 % son unos 35-53 euros al año.

Si estás calculando si te sale a cuenta una instalación, céntrate en las decisiones que de verdad mueven la factura, del tamaño del sistema al almacenamiento, como explica la guía de cuánto cuesta y cuánto se ahorra con la energía solar en casa. Y si te interesa el almacenamiento, también hemos hablado de las baterías de flujo orgánicas para el hogar, sin litio. La limpieza puede esperar a que los números lo pidan.