El chatbot como escaparate publicitario

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Durante años, la publicidad en internet ha vivido de colocar un cartel justo donde miras: el primer resultado de una búsqueda, el vídeo que querías ver, la app gratuita que usas a diario. Con ChatGPT ocurre algo distinto y, por eso, resulta tan atractivo para las marcas: no es una página con huecos para banners, sino una conversación. Y una conversación bien llevada se parece más a hablar con un dependiente que a leer un catálogo. Si quien “aconseja” empieza a cobrar por recomendar, la frontera entre ayuda y venta se vuelve borrosa.

Eso es lo que sugiere una información de The Information, citada por Futurism, sobre conversaciones internas en OpenAI: la compañía estaría explorando fórmulas para integrar anuncios en el producto, con ideas que van desde mostrar formatos patrocinados hasta dar “trato preferente” a respuestas pagadas frente a las orgánicas.

Qué se está probando dentro de OpenAI

Según esos testimonios anónimos recogidos por The Information, una de las posibilidades discutidas es que los resultados patrocinados aparezcan por encima o con mayor protagonismo que las respuestas no patrocinadas. Traducido a la vida cotidiana: como si le preguntas a un amigo qué móvil comprar y, antes de escucharte, te recita una promoción porque alguien le paga por ello.

La pieza de Futurism describe el escenario con un ejemplo muy gráfico: un usuario pregunta cuánto ibuprofeno tomar para un dolor de cabeza y el chatbot responde destacando un mensaje promocional de Advil. En ese tipo de consulta, el orden de la información no es un detalle estético. Es literalmente lo que el usuario ve primero, lo que recuerda, lo que copia y pega en su decisión.

Cuando la recomendación compite con la salud

El caso del ibuprofeno sirve para entender por qué este debate no va solo de “anuncios molestos”. En un buscador clásico, la gente ya ha aprendido a desconfiar: ve la etiqueta de patrocinado, compara, abre varias pestañas. Con un asistente conversacional, el cerebro opera distinto. La respuesta llega con tono seguro, empaquetada como consejo, sin el ritual de “voy a contrastar” que asociamos a la web.

Pensemos en ello como en un GPS: si te guía por una ruta porque es la más rápida, confías. Si te guía porque una gasolinera pagó para que pases por delante, la confianza se resiente, incluso si la ruta no es mala. En salud, finanzas o temas legales, ese matiz se vuelve crítico. Un anuncio puede coexistir con información útil, pero si el modelo “prioriza” patrocinadores, aparece el riesgo de que la precisión quede en segundo plano o que el usuario no perciba dónde termina la recomendación y dónde empieza el incentivo comercial.

Cómo meter anuncios sin espantar a la audiencia

Los propios empleados, siempre según The Information, habrían discutido cómo mostrar publicidad sin provocar rechazo inmediato. Una idea mencionada en el reportaje es retrasar la aparición de anuncios: por ejemplo, que no salten en el primer intercambio, sino tras una segunda pregunta, para evitar que el usuario se sienta “bombardeado” desde el minuto uno.

Esa lógica tiene sentido desde producto: la primera respuesta funciona como saludo y demostración de utilidad; si el usuario vuelve, ya ha mostrado intención y tolerancia. Es el equivalente a entrar en una tienda y que el dependiente primero te pregunte qué necesitas, y solo después te muestre la estantería de ofertas. El problema es que la conversación no es una tienda, o al menos no lo era en la cabeza de muchos usuarios. ChatGPT se ha instalado en la rutina como un bloc de notas inteligente, un profesor paciente o un compañero para ordenar ideas. Cambiar esa expectativa sin romper la relación de confianza es el gran desafío.

La gran cifra: 900 millones de usuarios semanales

El texto de Futurism subraya un dato que ayuda a entender el interés: ChatGPT declara una audiencia de 900 millones de usuarios semanales. Esa escala convierte cualquier ajuste de interfaz en una palanca gigantesca. Si un buscador puede mover mercados con un cambio de ranking, un asistente conversacional puede hacerlo con un cambio de tono, de orden o de énfasis.

En publicidad, la audiencia masiva no lo es todo; importa el contexto. Y aquí el contexto es oro: el usuario no solo busca “zapatillas”, cuenta que va a empezar a correr, que le duele la rodilla, que su presupuesto es ajustado. Es información que permite segmentar con una precisión casi quirúrgica, aunque se prometa usarla de forma responsable. Por eso, para los anunciantes, un chat que “no se cansa” de conversar es un escaparate con un vendedor que jamás pierde la sonrisa.

Señales previas: código en la app y rumores en diciembre

La idea de anuncios en ChatGPT no aparece de la nada. Futurism recuerda que a principios de diciembre un “software sleuth” detectó líneas de código en una versión beta de la app de Android con referencias a funciones como “feature ads” y un carrusel de “search ads”. Ese tipo de hallazgos no confirma un lanzamiento inminente, pero suele indicar experimentación: prototipos, banderas de funcionalidad, pruebas A/B, trabajo preparatorio.

Aquí conviene distinguir entre dos cosas. Una es que el equipo explore posibilidades técnicas; otra, que el producto final acabe realmente mostrando resultados patrocinados. Muchas funciones mueren en laboratorio. El matiz relevante es que, por primera vez, la conversación sobre monetización publicitaria parece estar entrando en el terreno de la experiencia principal, no como un extra periférico.

Confianza, sesgos y transparencia

Un portavoz de OpenAI, citado por The Information, afirma que la empresa estudia “qué podrían ser los anuncios” y que cualquier enfoque se diseñaría para respetar la confianza que la gente tiene en ChatGPT. La frase es importante porque reconoce el activo más frágil del producto: no es la tecnología, es la relación.

La confianza se sostiene con señales claras. Si hay publicidad, el usuario necesita identificarla con la misma facilidad con la que reconoce una etiqueta de “patrocinado” en un buscador. También necesita entender si el orden de las respuestas cambia por pago, por relevancia o por seguridad. Si el modelo recomienda una marca, debería ser obvio si lo hace por mérito, por preferencia inferida del usuario o por contrato publicitario.

Aquí entra otro problema: el sesgo invisible. En un chat, la persuasión no depende solo de qué se dice, sino de cómo se dice. Un patrocinio podría colarse en una frase aparentemente inocente, con el mismo efecto que un amigo que te suelta “yo compraría este” con tono de certeza. La transparencia no es un detalle de cumplimiento; es el freno que evita que el consejo se convierta en marketing disfrazado.

Privacidad y el valor de las conversaciones

El reportaje enlaza con un tema que lleva tiempo rondando el debate: la privacidad de las conversaciones. Futurism menciona, como contexto, preocupaciones sobre el aprovechamiento comercial de chats y el ecosistema que se forma alrededor del dato conversacional. Si la conversación es el producto, el contenido de esa conversación se vuelve una mercancía tentadora, incluso cuando se promete anonimización o uso agregado.

El usuario medio no escribe en un chat como escribe en un formulario. Se relaja, se explica, comparte dudas personales, reconoce inseguridades. Es como hablar en voz baja en una cafetería creyendo que nadie escucha, y descubrir que había un micrófono en la mesa para “mejorar el servicio”. Por eso, cualquier paso hacia anuncios en conversación activa el mismo temor: que lo que digo se use para venderme algo, no para ayudarme.

Qué podría pasar a corto plazo

Si OpenAI sigue este camino, el resultado más probable no será un “muro de anuncios” inmediato, sino un despliegue gradual: pruebas limitadas, formatos discretos, medición de rechazo, ajustes de frecuencia. La clave estará en dos preguntas muy concretas. La primera: si el contenido patrocinado puede o no alterar recomendaciones sensibles, como salud o finanzas. La segunda: si el usuario puede desactivar o limitar esa publicidad sin perder funciones básicas.

La historia de internet sugiere que la presión por monetizar siempre encuentra un hueco. La diferencia es que aquí el hueco está dentro de una conversación que muchas personas interpretan como orientación, no como escaparate. Si la herramienta empieza a “priorizar” a quien paga, el riesgo no es solo molestar. Es que el usuario deje de creer que le hablan para ayudarle.