El crecimiento explosivo de la inteligencia artificial está generando un efecto colateral inesperado: la reactivación de antiguas plantas de energía altamente contaminantes, conocidas como plantas «peaker», que estaban destinadas al retiro. Estos sistemas, diseñados para operar solo en momentos de alta demanda, se han vuelto esenciales ante la creciente presión que los centros de datos ejercen sobre las redes eléctricas de Estados Unidos.
En Chicago, el ejemplo más visible es el de la planta Fisk, una instalación construida en los años 60 que iba a cerrar definitivamente en 2026. Sin embargo, el aumento de la demanda eléctrica vinculado al funcionamiento intensivo de los centros de datos ha hecho que su propietaria, NRG Energy, decida mantenerla activa. El motivo principal: ahora es rentable nuevamente.
Qué son las plantas peaker y por qué son un problema
Las plantas peaker son como extinguidores: están allí solo para emergencias. Están diseñadas para encenderse rápidamente cuando la red no puede satisfacer picos de consumo, pero esa velocidad tiene un costo. Funcionan, en su mayoría, con combustibles fósiles y carecen de sistemas modernos de control de emisiones, lo que las convierte en focos de contaminación significativos.
Cuando se activan, estas plantas emiten más contaminantes por unidad de energía que las centrales eléctricas tradicionales. En el caso de Fisk, por ejemplo, aunque el cierre de su antigua planta de carbón trajo un alivio considerable en términos de calidad del aire, las emisiones no desaparecieron. Las unidades peaker continúan arrojando hasta 25 toneladas anuales de dióxido de azufre, según la Agencia de Protección Ambiental (EPA).
Las comunidades más afectadas: siempre las mismas
Existe un patrón persistente en la ubicación de estas plantas: las zonas de bajos ingresos y de mayoría minoritaria son las más perjudicadas. Estudios realizados por la UCLA muestran que las comunidades históricamente «redlineadas», es decir, excluidas de créditos y servicios por criterios raciales o de inmigración, son un 53% más propensas a tener una planta peaker cerca.
En el barrio Pilsen de Chicago, los vecinos celebraron el cierre de la planta de carbón hace más de una década, tras años de lucha ambiental. Pero el alivio fue parcial: las instalaciones peaker que quedaron siguen generando emisiones perjudiciales, a pocos metros de viviendas, parques y colegios.
Un mercado eléctrico presionado por la IA
La red eléctrica PJM Interconnection, la más grande del país y que abastece a 13 estados, ha experimentado aumentos de precios del 800% en los pagos a generadores para asegurar suministro en momentos de alta demanda. Este cambio económico ha llevado a muchas compañías a cancelar los retiros planificados de sus plantas más antiguas.
De las 23 plantas que iban a cerrar entre 2025 y los años siguientes, 13 han revertido esa decisión en lo que va del año, 11 de ellas clasificadas como peaker. La razón está clara: con la llegada de los centros de datos de IA, la demanda eléctrica está superando a la oferta, haciendo que estas plantas sean valiosas una vez más.
El dilema entre seguridad energética y salud pública
Desde la perspectiva de las compañías energéticas, las plantas peaker son un seguro. Suelen estar dentro de las ciudades, lo que evita depender del transporte de electricidad desde zonas remotas en situaciones críticas. Por eso, NRG las llama «la última línea de defensa» del sistema.
Pero ese argumento choca con la realidad de los vecinos. Las emisiones de estas plantas afectan a poblaciones que ya viven con una carga ambiental alta: tráfico pesado, industrias contaminantes y vías rápidas cercanas. En estos entornos, la calidad del aire tiene consecuencias directas sobre la salud respiratoria, especialmente en niños y ancianos.
Alternativas viables al uso de plantas peaker
Existen opciones para reducir la dependencia de estas plantas. Una de las más claras es la mejora en las redes de transmisión, lo que permitiría mover energía de regiones con excedente a aquellas con déficit. Pero estas obras requieren tiempo, inversión y aprobaciones complejas.
Otra solución prometedora es el almacenamiento en baterías de gran escala, que está avanzando rápidamente gracias a mejoras tecnológicas. Estas baterías podrían encargarse de cubrir los picos de demanda sin las emisiones asociadas a los combustibles fósiles.
Mientras tanto, el crecimiento imparable de los centros de datos sigue ampliando su huella energética. En lugares como Pilsen, donde ya hay al menos un centro de datos operando y se proyectan complejos de hasta 20 edificios, la preocupación es que la contaminación vuelva a niveles inaceptables.
Una tensión difícil de resolver
El caso de Fisk representa una tensión creciente: la transición digital y energética choca con las urgencias de justicia ambiental. La necesidad de garantizar electricidad para centros de datos, transporte electrificado y climatización durante olas de calor o frío extremo ha dado nueva vida a infraestructuras pensadas para un modelo energético del siglo pasado.
Para evitar que la solución a un problema termine alimentando otro, será necesario priorizar inversiones en redes más eficientes, energías limpias y tecnologías de almacenamiento. Y sobre todo, escuchar a las comunidades afectadas antes de tomar decisiones que perpetúan la desigualdad ambiental.
