Si los rumores se confirman, OpenAI estaría a punto de cerrar una operación de financiación que superaría los 100.000 millones de dólares y que situaría la valoración de la compañía por encima de los 850.000 millones, según ha informado Bloomberg y ha recogido TechCrunch.
Más allá del titular, el dato importante es el mensaje implícito: los inversores estarían aceptando poner una cantidad gigantesca de capital en una empresa que todavía no se mueve con la comodidad de una “máquina de imprimir dinero”. Es como apostar por construir una autopista de peaje antes de tener el tráfico garantizado; se hace porque se cree que la demanda llegará y que, cuando llegue, quienes controlen la infraestructura tendrán una ventaja difícil de igualar.
Quién pone el dinero y qué busca a cambio
En esta operación aparecen nombres que se repiten en casi cualquier conversación sobre la economía de la IA: Amazon, SoftBank, Nvidia y Microsoft. En el esquema descrito por Bloomberg, las primeras “tranchas” vendrían de esos actores, con la expectativa de que más tarde se sumen firmas de capital riesgo y fondos soberanos.
Cada uno tiene incentivos distintos. Para una empresa de nube como Amazon, una participación en OpenAI no es solo una inversión financiera: es una manera de estar cerca del grifo que alimenta una parte creciente del cómputo mundial. Para Nvidia, cualquier aceleración de la demanda de entrenamiento y despliegue de modelos es, en la práctica, combustible para sus ventas de chips, aunque el movimiento también revela que la relación entre proveedor de hardware y creador de modelos se está volviendo más íntima y estratégica. Reuters y Financial Times han señalado que la participación de Nvidia podría rondar cifras muy elevadas dentro de la ronda, con negociaciones que han ido ajustando el formato y el tamaño de la inversión.
La tensión de fondo: gastar hoy para intentar ganar mañana
La historia de OpenAI en 2026 se puede resumir en una frase: costes enormes, ambición enorme. Entrenar, servir y mejorar modelos de IA a escala global se parece a mantener encendido un estadio entero, con todos los focos, cada minuto del día. La factura no solo es eléctrica; también es de centros de datos, redes, almacenamiento y, sobre todo, capacidad de computación especializada.
Por eso encaja que la compañía busque una ronda tan descomunal. La operación, tal como la retratan las fuentes, no es una simple “inyección de capital”; es un intento de asegurarse oxígeno financiero para sostener el ritmo de inversión hasta acercarse a la rentabilidad, algo que en el sector se menciona a menudo como horizonte, pero que se conquista con disciplina y escala, no con intención.
Publicidad en ChatGPT: la apuesta que puede sumar ingresos o erosionar confianza
En paralelo al músculo financiero, OpenAI está moviendo otra palanca: la publicidad en ChatGPT para usuarios gratuitos. La propia compañía ha explicado que está probando anuncios en EE. UU. para usuarios adultos registrados en los planes Free y Go, con el compromiso de que los anuncios no influyen en las respuestas y de que las conversaciones se mantienen privadas frente a anunciantes. La idea, según OpenAI, es ampliar acceso y financiar funciones más potentes sin trasladar todo el coste al usuario.
Aquí la metáfora útil es la de una cafetería: si la entrada es gratis, alguien tiene que pagar el café, la luz y el alquiler. Cobrar por suscripción es una vía; introducir anuncios es otra. El riesgo es conocido: una parte del público tolera la publicidad si está bien delimitada y es poco invasiva, pero otra parte interpreta cualquier anuncio como una grieta en la experiencia, sobre todo cuando se usa la herramienta para tareas sensibles o de alta concentración.
La clave está en el “cómo”. OpenAI ha descrito formatos claramente separados del contenido y etiquetados, con capacidad de entender por qué aparece un anuncio o descartarlo. Es un enfoque diseñado para evitar el efecto “banner por todas partes” y, al mismo tiempo, abrir una fuente de ingresos más parecida a la de las grandes plataformas de consumo.
Por qué una valoración tan alta no es solo ego financiero
Una valoración de este nivel tiene efectos prácticos. Primero, consolida a OpenAI como un actor casi “sistémico” dentro de la IA, lo que atrae talento, socios y más capital. Segundo, le da margen para cerrar acuerdos de infraestructura, comprar capacidad de cómputo a gran escala y negociar desde una posición de fuerza. Tercero, eleva el listón de expectativas: con una cifra así, cada decisión estratégica se mira con lupa, y los tropiezos se vuelven más caros reputacionalmente.
También hay un elemento de narrativa: si los grandes inversores están dispuestos a apostar a estos niveles, están diciendo que creen que la IA generativa será una capa transversal en software, atención al cliente, creatividad, programación y análisis, no una moda pasajera. Esa convicción no garantiza que la apuesta salga bien, pero explica por qué se tolera el gasto actual.
Lo que puede salir mal: competencia, costes y la delicada economía del cómputo
La lectura optimista convive con riesgos evidentes. El primero es la presión competitiva: si aparecen alternativas con modelos comparables y costes menores, el margen de OpenAI puede comprimirse. El segundo es la economía del cómputo: si el precio efectivo por “respuesta útil” no baja con suficiente rapidez, crecer en usuarios puede implicar crecer también en pérdidas. El tercero tiene que ver con la confianza del usuario: la publicidad puede ser una palanca de ingresos, pero si se percibe como intrusiva o si genera dudas, puede empujar a parte del público hacia opciones de pago de competidores o hacia soluciones locales.
En este contexto, la relación con socios como Microsoft, Amazon o Nvidia no es decorativa. Es una forma de amarrar acceso a nube, hardware y distribución. Reuters y Financial Times han descrito cómo estas alianzas se entrelazan con la financiación, reforzando la idea de que, en 2026, la carrera de la IA no se decide solo por “quién tiene el mejor modelo”, sino por “quién controla la cadena de suministro del modelo”: chips, centros de datos y capital paciente.
Qué vigilar en las próximas semanas
Si la operación se cierra en los términos que se están publicando, habrá tres señales útiles para entender el rumbo. La primera será la letra pequeña de la ronda, porque no es lo mismo una valoración “sobre el papel” que una estructura con derechos especiales, tramos condicionados o preferencias agresivas. La segunda será la evolución de la publicidad en ChatGPT: si el experimento se amplía, si se mantiene discreto, si empuja ingresos sin dañar uso, o si provoca fricción. La tercera será la orientación pública sobre gasto en infraestructura, porque ahí está el corazón del problema y de la oportunidad: el coste de servir inteligencia a escala planetaria.
OpenAI, por lo que se desprende de Bloomberg y TechCrunch, está intentando hacer dos cosas a la vez: financiar una expansión masiva y encontrar vías de monetización que no rompan la relación de confianza con el usuario. Es una combinación ambiciosa, con un listón muy alto, y con el mercado observando cada paso.
