La física moderna vive con una especie de “doble contabilidad”. Para describir lo diminuto, la mecánica cuántica funciona como un reloj suizo: habla de cuantos, de paquetes discretos de energía y de partículas que aparecen en saltos. Para describir lo enorme, la relatividad general de Einstein pinta la gravedad como algo continuo, una curvatura suave del espacio-tiempo, más parecida a una sábana que se hunde que a un intercambio de partículas.
El choque aparece cuando se intenta contar una misma historia con los dos lenguajes a la vez. Si la gravedad es parte del mundo cuántico, debería poder expresarse en unidades mínimas, igual que la luz se entiende en fotones. Ese “fotón de la gravedad” sería el gravitón. El problema es que, durante mucho tiempo, el consenso práctico fue desalentador: incluso si existe, interactúa tan poco con la materia que detectarlo parecía una misión imposible, casi por principio. Continúa leyendo «El primer detector de gravitones empieza a construirse: cómo se intenta atrapar un cuanto de gravedad»