En química, pocas ideas son tan influyentes como la aromaticidad. No es solo un concepto de libro: explica por qué ciertas moléculas son sorprendentemente estables y por qué se convierten en piezas clave para fabricar materiales, medicamentos o catalizadores. El ejemplo escolar por excelencia es el benceno, pero hay toda una familia de “anillos” con electrones compartidos que se comportan como si la molécula tuviera un cinturón de seguridad extra.
Durante décadas, muchos químicos se hicieron una pregunta casi de ciencia ficción: si el carbono puede formar anillos aromáticos tan robustos, ¿podría el silicio, su vecino en la tabla periódica, lograr algo parecido? La comparación no es un capricho. El silicio comparte “familia” con el carbono, y por eso aparece en múltiples estructuras químicas con cierto aire de parentesco. El problema es que, en la práctica, el silicio juega con reglas distintas: es más grande, más “metálico” en su comportamiento y menos insistente en retener sus electrones. Eso suele traducirse en estructuras menos disciplinadas: anillos que se doblan, enlaces que se reorganizan, moléculas que no se dejan “planchar” en una geometría estable.
Esa diferencia, que parece un matiz, fue la barrera que impidió durante casi cincuenta años sintetizar un anillo aromático formado solo por silicio y con cinco átomos en el aro. La noticia es que esa barrera acaba de caer: ya existe un anillo de silicio aromático de cinco miembros, el pentasilacyclopentadienide, confirmado experimentalmente y publicado en Science por un equipo de la Universidad del Sarre (Saarland University). Continúa leyendo «El aromático de silicio que llevaba medio siglo “esperando” en la pizarra»