Una nueva forma de imprimir músculo artificial en 3D para que la robótica blanda se mueva como un ser vivo

Si piensas en un brazo robótico industrial, el movimiento tiene algo hipnótico: va del punto A al punto B con una precisión que parece coreografiada por un metrónomo. Esa fluidez, curiosamente, no se siente “orgánica”. Es demasiado perfecta, como una puerta automática que se abre siempre igual. La razón está en el ADN de esas máquinas: nacen de una tradición de ingeniería basada en piezas rígidas, articulaciones claras y mecanismos como engranajes, bisagras y estructuras metálicas. Es el mismo lenguaje mecánico que, con matices, conecta un molino de agua con un motor de combustión.

Los seres vivos, en cambio, no nos movemos con engranajes. Aunque tengamos partes duras —huesos o exoesqueletos, según la especie—, lo que realmente empuja, tira, amortigua y ajusta el gesto en tiempo real son tejidos relativamente blandos: músculos, tendones y ligamentos. Esa mezcla de elasticidad y control fino es lo que permite que una mano coja una taza sin romperla o que un pulpo se cuele por un hueco impensable. De ahí surge el interés por la robótica blanda: construir robots con materiales como siliconas, gomas o plásticos flexibles para acercarse a ese tipo de movimiento, más adaptativo y menos “robótico” en el sentido tradicional. Continúa leyendo «Una nueva forma de imprimir músculo artificial en 3D para que la robótica blanda se mueva como un ser vivo»