Mientras la Tierra completaba su órbita para cerrar 2025, la Estación Espacial Internacional (ISS) dio más de 5.800 vueltas alrededor del planeta. Dicho así parece un dato curioso, pero es mucho más que una cifra: significa que, cada 90 minutos, un laboratorio del tamaño de un campo de fútbol está “reiniciando” su posición respecto a la Tierra, el Sol y el entorno espacial. Ese movimiento constante, combinado con la microgravedad, permite hacer ciencia de un modo que en la superficie es casi imposible, como si intentáramos hornear un bizcocho sin que la masa “se caiga” nunca hacia un lado.
Según la propia NASA, solo en 2025 se apoyaron más de 750 experimentos, con objetivos que van desde preparar misiones de exploración hasta mejorar la vida en la Tierra y abrir oportunidades comerciales en órbita baja. Es el tipo de investigación que necesita tanto un entorno extremo como manos humanas cerca: ni un satélite automático ni un laboratorio terrestre pueden replicar exactamente esa mezcla de condiciones, tiempo de exposición y capacidad de intervención en vivo.
25 años de presencia humana continua: el valor de no apagar las luces
El 2 de noviembre de 2025 se celebró un hito que dice mucho de la paciencia y el trabajo en equipo: 25 años de presencia humana continua en la ISS, desde la llegada de la primera tripulación el 2 de noviembre de 2000, en un proyecto liderado por NASA junto a socios internacionales. En ese periodo se han realizado más de 4.000 investigaciones y demostraciones tecnológicas, y han pasado por la estación más de 290 personas de 26 países.
La idea clave no es solo “estar” en órbita, sino mantener el laboratorio encendido de forma permanente. En ciencia, la continuidad es oro: permite repetir mediciones, afinar instrumentos, corregir fallos y, sobre todo, observar procesos lentos. Es parecido a tener una cocina siempre lista para experimentar: si cada vez tuvieras que desmontarla, guardarla y volver a montarla, te quedarías sin tiempo para probar recetas nuevas.
Un avance contra el cáncer con ayuda de cristales perfectos
Uno de los logros más llamativos de 2025 conecta el espacio con una de las preocupaciones más terrenales: el cáncer. Investigaciones en la ISS ayudaron a informar el desarrollo de un medicamento inyectable aprobado por la FDA para tratar varios tipos de cáncer en fases tempranas, según explica NASA. La clave estuvo en entender mejor la estructura y el tamaño de partículas necesarios para esa formulación, gracias a experimentos de crecimiento de cristales de proteínas.
En la Tierra, esos cristales pueden salir “defectuosos” por la gravedad, las corrientes de convección y la sedimentación, como cuando intentas dejar que el azúcar forme figuras en un vaso, pero el movimiento del agua lo estropea. En microgravedad, los cristales pueden crecer con más uniformidad y aportar datos más útiles para diseñar fármacos. El resultado que destaca NASA no es solo científico: este método de administración podría reducir costes y recortar tiempos de tratamiento sin perder eficacia, un detalle importante tanto para pacientes como para sistemas sanitarios.
Implantes médicos impresos en órbita: la 3D como botiquín del futuro
La fabricación en el espacio dejó otra imagen potente en 2025: implantes médicos impresos en 3D en la ISS. La empresa Auxilium Biotechnologies logró imprimir simultáneamente dispositivos pensados para la reparación de nervios periféricos, destinados a ensayos preclínicos en la Tierra. Estos implantes buscan mejorar el flujo sanguíneo y facilitar la liberación dirigida de medicamentos cuando hay daño nervioso.
La microgravedad tiene un “truco” muy práctico para la impresión 3D biotecnológica: reduce la sedimentación de partículas. Si has preparado un zumo con pulpa y lo dejas reposar, verás cómo lo denso se va al fondo. En una impresora 3D, ese efecto puede arruinar la uniformidad del material. En órbita, al minimizarse esa separación, se obtienen estructuras más estables y homogéneas, algo especialmente valioso cuando hablamos de dispositivos que deberán interactuar con tejidos. A la vez, este tipo de avances apunta a una idea seductora para misiones largas: imprimir herramientas o componentes “bajo demanda”, como tener un taller portátil que evita depender de cada envío desde la Tierra.
Mirar al Sol con un “parasol” tecnológico: CODEX y el viento solar
La ISS no solo sirve para biomedicina. También es un balcón privilegiado para estudiar el entorno espacial. En 2025, un coronógrafo solar capturó imágenes únicas de la atmósfera exterior del Sol y midió temperatura y velocidad del viento solar, de acuerdo con NASA. El instrumento, asociado al experimento CODEX (Coronal Diagnostic Experiment), bloquea la luz brillante del disco solar para revelar la corona, esa región tenue donde nace el viento solar.
Si mirar al Sol es como intentar ver una luciérnaga al lado de un foco, un coronógrafo actúa como una mano que tapa el foco para que el ojo distinga lo sutil. En investigaciones anteriores, el foco estaba en la densidad de la corona; este paso permite estudiar mejor qué calienta y acelera el viento solar. Esto no es solo curiosidad astronómica: la actividad solar afecta a satélites, redes de comunicación y sistemas eléctricos, y entenderla mejor ayuda a anticipar riesgos para infraestructuras tecnológicas.
Cazando “autoestopistas” microscópicos en el exterior de la estación
Otra línea de investigación en 2025 fue tan inquietante como fascinante: buscar microorganismos en el exterior de la ISS. Durante un paseo espacial, el astronauta de NASA Butch Wilmore recogió muestras cerca de las salidas del sistema de soporte vital para estudiar si el complejo orbital libera microorganismos al entorno. Es una pregunta delicada porque toca la biocontaminación: cómo evitamos llevar vida terrestre a lugares donde podría existir vida (o evidencias de vida) fuera de la Tierra.
Tras el regreso de las muestras, se realizaron extracción y secuenciación de ADN, y NASA indica que se planean más campañas en futuras caminatas espaciales. Lo importante aquí es el “para qué”: estos datos podrían orientar cambios en naves y trajes espaciales para reducir contaminación biológica en misiones tripuladas a destinos como la Luna o Marte. Es un poco como extremar la higiene cuando cocinas para alguien con alergias: no basta con que la receta sea buena; el proceso también debe evitar cualquier rastro no deseado.
Ocho puertos ocupados: la estación como puerto espacial en plena actividad
La ISS vivió otro hito histórico: por primera vez, los ocho puertos de atraque estuvieron ocupados simultáneamente. Se acoplaron tres naves tripuladas y cinco cargueros, incluyendo el nuevo vehículo japonés HTV-X1 de JAXA y el nuevo Cygnus XL de Northrop Grumman, según NASA. Esta “estación completamente llena” no es solo una foto espectacular; habla de una infraestructura que funciona como un puerto logístico global, con tráfico constante de personas, suministros y experimentos.
En la práctica, este ritmo de acoplamientos muestra cómo la estación evoluciona para integrar más actores, impulsar colaboración internacional y abrir espacio a una economía comercial en órbita baja. Si la ISS fuera un edificio, 2025 sería el año en que su ascensor trabajó a máxima capacidad, llevando y trayendo cajas con ciencia dentro.
De la órbita a la superficie lunar: cuando la investigación hace escala antes de aterrizar
El cierre perfecto del relato llega con la Luna. NASA explica que tres experimentos que aterrizaron en la superficie lunar durante la misión Blue Ghost Mission-1 de Firefly Aerospace se beneficiaron de investigación previa en la ISS. Estos trabajos están vinculados a mejorar el monitoreo del clima espacial, probar recuperación informática frente a daños por radiación y avanzar sistemas de navegación lunar.
Aquí la estación funciona como una cinta de pruebas: antes de mandar tecnologías a un entorno aún más hostil, se validan en microgravedad y con operaciones humanas cercanas. Es como probar un coche en un circuito antes de llevarlo a un rally: reduces sorpresas, aprendes dónde falla y llegas mejor preparado.
