Tras un par de años en los que la inteligencia artificial se midió a golpe de demos espectaculares y promesas grandilocuentes, 2026 apunta a ser un cambio de tono: menos exhibición, más oficio. La conversación se está desplazando desde “¿cuánto puede hacer un modelo gigantesco?” hacia “¿cómo encaja esto en la vida real de una empresa, un equipo o un dispositivo?”. En un texto reciente, TechCrunch describía esta transición como el paso de la euforia a la practicidad, con foco en desplegar modelos más pequeños cuando tiene sentido, integrar IA en aparatos físicos y diseñar sistemas que se acoplen a los flujos de trabajo humanos.
La idea es sencilla de explicar con una metáfora doméstica: durante un tiempo la industria presumió de tener el motor más potente; ahora toca construir el coche, ponerle frenos, dirección, cinturón y, sobre todo, hacerlo cómodo para conducir a diario. Eso implica decisiones menos glamourosas: latencia, costes, mantenimiento, seguridad, integración con herramientas, calidad de datos, trazabilidad y responsabilidad.
El techo de las leyes de escalado
Durante la última década, una parte de la innovación en modelos de lenguaje se apoyó en una intuición poderosa: si aumentas datos, cómputo y tamaño del modelo, aparecen capacidades nuevas. Esa lógica, asociada a los transformers y al “escalado”, marcó el ritmo desde hitos como GPT-3. Pero varias voces influyentes llevan tiempo advirtiendo que este camino no crece de forma infinita. En TechCrunch se citan posturas críticas con la dependencia del escalado, como la de Yann LeCun, y comentarios de Ilya Sutskever sobre señales de meseta en los resultados del preentrenamiento.
Traducido a lenguaje llano: llega un punto en el que poner más ingredientes en la olla ya no mejora el guiso; hace falta cambiar la receta. Eso abre un periodo que muchos ven como “edad de investigación”, con más interés en nuevas arquitecturas, nuevos métodos de entrenamiento y formas distintas de representar el mundo. No es que los modelos grandes desaparezcan, es que dejan de ser el único eje de progreso.
Cuando lo pequeño compensa: SLM y especialización
Una de las ideas con más tracción para 2026 es que los modelos pequeños de lenguaje (SLM), ajustados para tareas concretas, pueden aportar más valor que un modelo generalista enorme en contextos empresariales. TechCrunch recoge declaraciones de Andy Markus (AT&T) defendiendo que, con un buen ajuste, estos modelos igualan a los grandes en precisión para aplicaciones de negocio y resultan mejores en coste y velocidad. También aparecen referencias a Mistral, que ha insistido en la ventaja de modelos más compactos y afinables, y a perfiles como Jon Knisley (ABBYY) subrayando su adaptabilidad.
Aquí la metáfora cotidiana es la caja de herramientas: un martillo no sirve para todo, pero cuando toca clavar un clavo es imbatible. En una compañía, un SLM afinado para entender facturas, contratos o incidencias técnicas puede ser más fiable y barato que pedirle a un modelo gigantesco que improvise con contexto limitado. Esta lógica impulsa también el despliegue local: si el modelo cabe cerca de donde ocurre la acción, se reduce la dependencia de la nube, mejora la privacidad y se gana respuesta inmediata.
Modelos de mundo: aprender como aprendemos nosotros
Los modelos de mundo aparecen como otra pieza central del debate. La crítica de fondo a los LLM es conocida: generan texto con una habilidad asombrosa, pero no “entienden” el mundo como lo hace una persona que ha visto, tocado y probado cosas. Un niño aprende que una taza se cae si la empujas porque ha vivido la experiencia; un modelo de lenguaje, por sí solo, predice palabras plausibles sobre tazas.
Por eso crece el interés en sistemas que modelen dinámicas físicas y espaciales, capaces de simular cómo interactúan objetos en 3D y anticipar resultados. TechCrunch menciona el trabajo de Google DeepMind con Genie, iniciativas de startups como Decart y Odyssey, y el lanzamiento comercial de Marble por parte de World Labs, el proyecto vinculado a Fei-Fei Li. También cita una ronda de financiación destacada para General Intuition y el movimiento de Runway hacia un primer “world model”.
En el corto plazo, donde esto puede cuajar antes es en videojuegos: entornos interactivos, personajes no jugables más creíbles y mundos que reaccionan con coherencia. PitchBook, según el artículo, proyecta un crecimiento enorme de este mercado hacia 2030. La lectura práctica es clara: los videojuegos pueden funcionar como “bancos de pruebas” baratos y rápidos para entrenar sistemas que, con el tiempo, aspiren a robótica y autonomía en el mundo físico.
Agentes con enchufe: MCP como “USB-C” para la IA
Si 2025 estuvo lleno de promesas sobre agentes de IA capaces de hacer tareas de principio a fin, también dejó una frustración recurrente: muchos agentes se quedaron atrapados en pilotos porque no podían conectarse bien a las herramientas donde está el trabajo real: bases de datos, CRMs, sistemas de tickets, buscadores internos, APIs corporativas. Un agente sin acceso a contexto y a acciones es como un becario brillante sin llaves para entrar en la oficina.
En ese hueco encaja el Model Context Protocol (MCP) de Anthropic, descrito por TechCrunch como un “USB-C para la IA”: un estándar para que los agentes hablen con herramientas externas de forma consistente. El texto apunta que OpenAI y Microsoft han mostrado apoyo público, que Anthropic lo donó a la Linux Foundation en el marco de una iniciativa para estandarizar herramientas agenticas de código abierto, y que Google está montando servidores MCP gestionados para conectar agentes con sus productos.
La consecuencia para 2026 es menos mística y más concreta: cuando el conector existe, los flujos agenticos dejan de ser un truco en una demo y pasan a integrarse en procesos diarios. TechCrunch recoge la visión de Sapphire Ventures sobre soluciones “agent-first” asumiendo roles cercanos a sistemas de registro en sectores variados. No se trata de “un agente que lo hace todo”, sino de agentes que realizan tramos bien definidos de trabajo, con permisos, auditoría y límites.
Aumentar capacidades humanas sin vender automatización total
El debate sobre si la IA sustituirá empleo se recalienta cada vez que aparece un avance, pero el tono que asoma para 2026 es más prudente. TechCrunch cita a Kian Katanforoosh (Workera) defendiendo que será “el año de los humanos”, con énfasis en augmentación: herramientas que elevan la productividad, mejoran decisiones y reducen tareas repetitivas, sin prometer autonomía completa. También aparece la idea de que crecerán perfiles nuevos relacionados con gobernanza, transparencia, seguridad y gestión de datos.
Pensarlo como una cocina ayuda: un robot de cocina acelera y estandariza pasos, pero alguien decide el menú, prueba la sal, entiende alergias y ajusta la receta al gusto. En empresas, la IA funciona mejor cuando se diseña para colaborar con personas, con puntos claros de intervención humana, explicaciones verificables y responsabilidades asignadas. El “piloto automático” total sigue siendo caro, frágil o poco aceptable en muchos entornos regulados.
La IA se pone cuerpo: del software al dispositivo
El salto a IA física llega por la combinación de tres fuerzas: modelos más compactos, avances en edge computing y mejores formas de representar el mundo. TechCrunch cita a Vikram Taneja (AT&T Ventures) señalando que veremos más dispositivos con IA, robótica, vehículos autónomos, drones y wearables. También se menciona que los wearables pueden ser una “cuña” más accesible: gafas inteligentes como Ray-Ban Meta con asistentes que interpretan lo que miras, anillos de salud y relojes que normalizan la inferencia “siempre encendida” sobre el cuerpo.
En la práctica, esta ola pone presión sobre la infraestructura: conectividad, latencia, eficiencia energética, privacidad, y la pregunta de dónde debe correr el modelo, si en el dispositivo, en el borde o en la nube. Operadores y proveedores de red, según la lectura del artículo, intentarán optimizar su infraestructura para sostener este parque de dispositivos inteligentes, con ventaja para quienes puedan ofrecer conectividad flexible.
El resultado probable de 2026 no es una única “gran IA” que lo absorbe todo, sino un ecosistema más realista: modelos grandes para tareas generales, SLM afinados para dominios concretos, agentes conectados por estándares como MCP, y una capa creciente de IA en dispositivos que hace lo útil sin llamar tanto la atención. Menos show, más herramienta.
