Hace años que no veía una pulsera de actividad y pensaba «quiero esa». El Fitbit Edge lo consigue. Google lo ha presentado hoy como la opción entre la Fitbit Air —la más básica— y los Pixel Watch, y el resultado es el dispositivo más interesante que ha salido del equipo Fitbit desde que Google lo compró. Lo anuncia el blog oficial de Google este 12 de octubre de 2026 con disponibilidad desde el 27 de octubre a 179,99 dólares (≈ 169 euros).
El titular de verdad no es la pantalla OLED —aunque es un 46% más grande que la de la Fitbit Charge anterior— ni los más de 50 modos de ejercicio. El titular es la batería reemplazable: el usuario puede cambiarla él mismo cuando se degrada, sin enviar el dispositivo a reparación ni comprarse uno nuevo. En un mercado donde los wearables suelen durar tres años antes de que la batería los inutilice, eso es un argumento de compra que no caduca.
¿Qué diferencia al Fitbit Edge de todo lo que Google ha hecho antes en este segmento?
La autonomía es de 7 días con uso normal, pero lo relevante es la combinación: batería que dura una semana y que puedes reemplazar cuando deje de aguantar ese tiempo. El rastro de competidores en este punto es casi nulo; ni Garmin ni Fitbit habían llevado antes una batería usuario-reemplazable a un dispositivo de seguimiento de salud cotidiano.
El resto de especificaciones no decepciona. GPS integrado con precisión un 40% superior a la Charge 6, ECG con alerta de fibrilación auricular, SpO2, temperatura de piel, sensor de glucosa compatible (no integrado) y el sistema Health Guardian que suma todas las métricas en un índice diario de bienestar. El seguimiento de sueño mejora un 15% en precisión respecto a la generación anterior según los propios datos de Google, aunque ese número habrá que verificarlo en tests independientes.
La resistencia al agua es IP68 (30 minutos a 50 metros), y la app Fitbit —ahora integrada en Google Health— concentra todos los datos con la posibilidad de compartirlos directamente con el historial médico en Google Health Connect.
¿Por qué Google ha tardado tanto en tomar en serio el segmento de pulseras?
Llevo siguiendo el mercado de wearables desde el primer Fitbit en 2009. Google adquirió Fitbit en 2021 por 2.100 millones de dólares (≈ 1.974 millones de euros) y durante tres años la gestionó con una ambigüedad estratégica que se reflejó en los productos: ni auténticos Pixel Watch ni Fitbits que evolucionaran con intención clara.
El Edge parece el final de esa parálisis. Google ha decidido que Fitbit ocupa el nicho de salud cotidiana —sin el premium de los smartwatches completos— y ha construido un dispositivo coherente con esa definición. El precio de 179,99 dólares lo coloca directamente contra el Galaxy Fit 3 de Samsung (79 dólares, sin ECG) y la Fitbit Charge 6 (159 dólares, que queda descatalogada), y claramente por debajo de los Garmin de gama media que empiezan en 250 dólares.
Lo que más me convence del Fitbit Edge es la batería reemplazable como declaración de intenciones sobre longevidad del producto. Google sabe que uno de los mayores frenos a la adopción de wearables es la obsolescencia programada por degradación de batería. Este paso no soluciona el problema del software —los dispositivos Fitbit pierden compatibilidad con apps y actualizaciones— pero alarga la vida útil física del hardware de forma significativa.
El dato que me genera más curiosidad es el índice de bienestar diario de Health Guardian: si consigue sintetizar ECG, sueño, actividad y temperatura en algo accionable, puede ser el primer indicador de salud cotidiana que realmente use.
