Los centros de datos de Texas podrían refrigerarse con agua salada o contaminada, incluida el agua de producción que sale de los pozos de petróleo, si la desalan antes. Es la propuesta de un estudio de la Universidad de Texas en Austin publicado en la revista Water Research, que concluye que incluso el tratamiento que más energía consume supone una pequeña fracción del consumo total de un centro de datos.
El artículo científico, «System-scale design and analysis of desalination systems for meeting water needs of data centers», en Water Research, lo firman Vishnu Sree Shanthanu Katakam, Mariam Arzumanyan, Ning Lin y Vaibhav Bahadur. La Cockrell School of Engineering lo difundió el 8 de octubre de 2026 y medios como Interesting Engineering lo recogieron el 12 de octubre.
¿Por qué hablar de agua del petróleo en Texas?
Porque sobra en un sitio y falta en otro. Bahadur lo resume en la nota de la Cockrell School sobre si el agua salada y sucia puede enfriar centros de datos: la cuenca del Pérmico produce cada día el equivalente a 1.200 piscinas olímpicas de agua de producción.
Hoy esa agua se transporta largas distancias y se inyecta bajo tierra, algo que Bahadur considera problemático «en muchos sentidos, incluido el riesgo de actividad sísmica». Según la nota, la región podría quedarse sin espacio para inyectarla ya en 2030.
Al otro lado está la demanda. Un informe técnico anterior de la misma universidad, difundido en mayo por UT News sobre el uso de agua de los centros de datos en Texas, calcula que los centros de datos usan hoy menos del 1 % del agua del estado, pero podrían llegar al 3-9 % en 2040. Como referencia, la industria manufacturera consume alrededor del 7 %. En Texas hay más de 400 centros de datos en funcionamiento o en construcción.
¿Qué tecnologías compara el estudio?
Dos familias de desalación ya existentes. La ósmosis inversa, con membranas, es la más eficiente energéticamente, pero tiene problemas con aguas más saladas que el agua de mar. Los métodos térmicos, que evaporan y condensan el agua, funcionan con salmueras muy concentradas, pero consumen bastante más energía y sufren incrustaciones en los equipos.
«No estamos esperando a que llegue una tecnología futurista a resolver este problema», dice Bahadur. Esa es la tesis: la tecnología ya existe, tiene un coste, y la pregunta es dónde y cómo aplicarla.
El estudio analizó tres escenarios de centros de datos y cómo la elección del tratamiento cambia el coste y el impacto ambiental. Para comparar opciones, los autores proponen un indicador nuevo, la Saline Water Utilization Intensity (SWUI), que mide la presión sobre el agua local.
El caso que mejor sale no es el del petróleo
Es el detalle que menos titulares ha generado. Según la nota de la universidad, el escenario con menor presión sobre el agua local fue un proyecto propuesto en Longview (Texas) que usaría agua subterránea salobre tratada con ósmosis inversa en dos etapas: alta recuperación de agua dulce, bajo coste y consumo energético relativamente bajo.
Mi lectura es que eso matiza el titular. El agua de producción del Pérmico es la imagen potente, pero la nota no da su salinidad: si supera la del agua de mar, queda fuera del alcance de la ósmosis inversa y obliga a usar los métodos térmicos, los caros en energía. La opción que mejor sale en el estudio es el agua salobre, menos salada, y no la salmuera petrolera.
El estudio sí sostiene que todas las opciones son asumibles dentro de la factura energética de un centro de datos, lo que encaja con la escala de los centros de datos hiperescalados y su factura energética. Lo que la nota no publica son cifras concretas de coste o de energía por metro cúbico, así que no conviene inventarlas.
Un debate que ya está en el Parlamento de Texas
El estudio llega en mal momento para el sector, o en el mejor, según se mire. En septiembre, el gobernador Greg Abbott paralizó los nuevos permisos para centros de datos para evaluar su impacto en las comunidades, y la fiscalía general del estado anunció una investigación sobre el uso de agua de los centros existentes, según la Cockrell School.
Bahadur y Lin, este último economista jefe del Bureau of Economic Geology, han testificado ante la comisión de Agua, Agricultura y Asuntos Rurales del Senado de Texas. Ambos participan en el consorcio COMPASS, que desarrolla software para analizar proyectos concretos de cara a los permisos. «Esperamos dar a los responsables las herramientas que necesitan para proteger y beneficiar a sus comunidades», dice Lin.
La desalación no es una idea nueva; lo que cambia es el cliente. Hasta ahora se pensaba en agua potable, como en los desalinizadores solares del MIT para obtener agua potable del mar. Ahora el comprador potencial es una industria con dinero y prisa.
Mi postura: la idea es sensata y tiene la virtud de no depender de tecnologías por inventar. Pero el titular «agua del petróleo para la IA» vende más de lo que el estudio respalda. Lo que deja claro es que desalar es asumible y que la fuente concreta importa mucho. Si Texas acaba exigiendo a los nuevos centros de datos que justifiquen su agua con un indicador como el SWUI, el estudio habrá servido para algo más que para un buen titular.