Plantamos árboles en las ciudades para limpiar el aire, pero algunos de los que elegimos hacen lo contrario

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Plantamos árboles en las ciudades para limpiar el aire, pero algunos de los que elegimos hacen lo contrario

La idea de que plantar árboles en las ciudades mejora la calidad del aire es tan intuitiva que pocas veces se cuestiona. Los árboles fijan CO₂, producen oxígeno, crean sombra que reduce el efecto isla de calor y hacen que los parques y bulevares sean más agradables. Todo esto es correcto. El problema es que esa afirmación genérica ignora una variable crítica: qué especie se planta.

La ciencia lleva décadas acumulando evidencia de que algunas especies arbóreas —muchas de las cuales son populares en la arboricultura urbana precisamente porque crecen rápido, toleran la contaminación o tienen buena tolerancia a la sequía— emiten compuestos orgánicos volátiles biogénicos (COVs) que, bajo ciertas condiciones atmosféricas, reaccionan con los contaminantes del tráfico para formar ozono troposférico y aerosoles orgánicos secundarios. Ambos son perjudiciales para la salud respiratoria y contribuyen a la contaminación del aire en lugar de reducirla.

¿Qué árboles son problemáticos y por qué?

Los emisores de COVs más conocidos incluyen algunas especies de álamos (Populus spp.), robles (Quercus spp.) —especialmente los de hoja perenne—, varios eucaliptos y algunos tilos. El químico principalmente implicado es el isopreno, que las plantas sintetizan como mecanismo de protección ante el calor y el estrés oxidativo. El isopreno es inofensivo en un bosque mediterráneo alejado de contaminación vehicular. En el centro de una ciudad con alta concentración de óxidos de nitrógeno emitidos por el tráfico, el isopreno reacciona fotoquímicamente para producir ozono.

El efecto neto depende de la concentración de contaminantes preexistentes, la temperatura, la irradiación solar y la densidad de plantación. En ciudades con alta contaminación por tráfico y veranos calurosos —Madrid, Barcelona, Roma, Atenas— el problema es especialmente relevante. En ciudades más frías o con menor densidad de tráfico, el balance puede seguir siendo positivo incluso con especies de alta emisión de isopreno.

¿Significa esto que plantar árboles es malo?

No. Significa que plantar los árboles equivocados en el lugar equivocado puede ser peor que no plantar nada, y que el debate sobre arborización urbana necesita ser más específico. Las guías municipales de plantación que simplemente enumeran «cuántos árboles plantar» sin especificar qué especies y dónde están perdiendo una variable crucial.

Las especies de baja emisión de isopreno con buen rendimiento en entornos urbanos incluyen variedades de platanero (Platanus × acerifolia, el plátano de sombra que domina los bulevares europeos), el olivo, los frutales de bajo crecimiento y varios arces de hoja caducifolia. Estos árboles ofrecen los beneficios de sombra, absorción de polvo y reducción del ruido sin el coste de la química del ozono.

La situación se complica porque las ciudades no eligen solo por botánica: eligen también por coste, disponibilidad en viveros locales, expectativa de vida del árbol, resistencia a plagas, valor estético y presupuesto de mantenimiento. El chopo o el eucalipto que un ayuntamiento planta porque es barato y crece rápido puede estar haciendo más daño que bien a los pulmones de sus vecinos.

¿Qué está haciendo la investigación al respecto?

El campo de la arboricultura urbana sensible a la calidad del aire está produciendo herramientas prácticas para los gestores de ciudades. Proyectos como el sistema i-Tree de la Sociedad Internacional de Arboricultura permite calcular el balance de servicios ecosistémicos de diferentes especies en función de la ubicación geográfica, la densidad de tráfico y las condiciones climáticas locales. Las ciudades que están modernizando sus planes de arborización —Londres, Copenhague, Singapur— están incorporando métricas de emisión de COVs junto a las tradicionales de captura de CO₂.

El balance neto de los árboles urbanos sigue siendo positivo cuando se hace bien. Los beneficios de la sombra para reducir la demanda de climatización, la reducción de la velocidad del viento en invierno, la absorción de partículas PM10 y PM2,5 y el efecto sobre el bienestar psicológico de los habitantes superan en la mayoría de los casos el coste de las emisiones de COVs. Pero «se hace bien» no es equivalente a «se planta cualquier árbol en cualquier sitio». La inversión en formación de técnicos municipales de jardinería que entiendan esta química es tan importante como la inversión en árboles mismos. La misma lógica de las consecuencias no previstas aplica en múltiples frentes tecnológicos: el plan quinquenal de China para llevar robots humanoides a hogares y comercios asume beneficios sistémicos sin calcular los costes de fricción social, igual que las campañas de arborización asumen beneficios ambientales sin evaluar qué especie concreta emite qué compuesto en qué contexto. La energía solar que desplaza aves, los árboles que generan ozono. Las soluciones simples a problemas complejos suelen tener consecuencias no previstas. La fatiga ocular causada por horas de pantalla en entornos urbanos con aire de baja calidad tiene una dimensión de salud pública que conecta directamente con la calidad del aire exterior que respiramos al salir a la calle. Y la la IA aplicada a problemas reales en 2026 está acelerando exactamente el tipo de análisis de datos ambientales que permite identificar qué árbol planta qué compuesto volátil en qué condición climática: sensores en tiempo real, modelos de dispersión atmosférica y mapeo de VOCs por especie son aplicaciones concretas donde la IA ya produce resultados medibles.

¿Qué hacen bien las ciudades que aciertan con su arboricultura?

Las ciudades con programas de arboricultura urbana que incorporan criterios de calidad del aire junto a los tradicionales de cobertura de sombra y valor estético tienden a compartir algunas prácticas. Primero: usan listas de especies aprobadas basadas en estudios locales de emisión de COVs, no listas genéricas de «árboles adecuados para zonas urbanas». Segundo: mapean las áreas de alta contaminación por tráfico antes de decidir dónde plantar, para evitar introducir especies de alta emisión de isopreno precisamente donde el problema es mayor. Tercero: priorizan especies nativas de baja emisión que también ofrecen servicios ecológicos para la fauna local, en lugar de especies exóticas que pueden tener mejor comportamiento en ciertas métricas pero ser menos valiosas para el ecosistema urbano. Singapur, reconocida como la ciudad con el programa de naturalización urbana más avanzado del mundo, tiene una lista de 2.000 especies de árboles y arbustos con evaluación de múltiples parámetros incluyendo la química de emisiones volátiles. Ese nivel de granularidad es aspiracional para la mayoría de municipios españoles, que frecuentemente toman decisiones de plantación basadas en lo que está disponible en el vivero municipal más cercano. La brecha entre lo que la ciencia sabe sobre arboricultura óptima y lo que se practica en la mayoría de ciudades es significativa y redunda en costes de salud pública que no se contabilizan en los presupuestos de parques y jardines.