Durante décadas, las investigaciones sobre mortalidad por calor han señalado al termómetro como culpable. Un nuevo estudio de investigadores del Instituto de Salud Carlos III y el CIEMAT revela que parte sustancial de esas muertes tiene un cómplice que se había pasado por alto: la contaminación del aire. Porque las mismas condiciones meteorológicas que producen calor extremo también concentran los contaminantes que respiramos.
En agosto de 2003 murieron en España unas 6.600 personas por exceso de mortalidad solo en la primera quincena. A fin de mes, casi 13.000. De golpe de calor puro apenas fallecieron 141. El resto murió porque el calor agravó patologías que ya tenían: cardiovasculares, respiratorias, renales, neurológicas. Esa mecánica ya se conocía. Lo que el nuevo trabajo de investigadores españoles añade es una pieza que hasta ahora faltaba en el modelo explicativo.
Las olas de calor en la Península Ibérica tienen una firma meteorológica reconocible: un anticiclón estacionario que impide la convección —el movimiento vertical del aire— y la advección —el movimiento horizontal—. Resultado: sin viento, con fuerte insolación sostenida, la temperatura sube día a día. Ese mismo patrón de estancamiento atmosférico es el que acumula contaminantes en la capa baja de la atmósfera, precisamente donde respiran las personas. El NO₂ de los coches, el ozono troposférico formado por fotoquímica, las partículas PM2.5. Todo se queda donde estaba.
El estudio: cómo separar los efectos del calor y la contaminación
La investigación, aún pendiente de publicación formal, aplica un enfoque que separa estadísticamente el efecto de la temperatura del efecto de los contaminantes sobre la mortalidad en todas las provincias españolas. El resultado que publica Xataka, con datos de Javier Jiménez, es que el 18,7% de las muertes que históricamente se atribuyen al calor en España se explicarían en realidad por la contaminación atmosférica que acompaña a esas condiciones, no por la temperatura en sí.
El equipo que firma el trabajo pertenece a la Unidad de Referencia en Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente del Instituto de Salud Carlos III, y al Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT). Los autores principales reciben financiación de estos organismos públicos y de la FECYT. Los datos de mortalidad proceden del sistema MoMo del Ministerio de Sanidad, que ya registró 3.832 muertes atribuibles al calor en 2025 —un 87,6% más que en 2024— y que tiene en mayo de 2026 un récord histórico de mortalidad asociada al calor para ese mes.
Conviene poner los datos en perspectiva. El sistema MoMo estima 27.564 muertes atribuibles a altas temperaturas entre 2015 y 2025. Si el 18,7% de esas muertes responden a contaminación atmosférica co-ocurrente, estamos hablando de más de 5.000 muertes en una década que los planes de prevención de calor no han estado abordando de forma directa.
¿Qué cambia en la forma de actuar?
La implicación más directa es que los planes de alerta por calor deberían integrar umbrales de contaminación atmosférica como co-variable, no como factor secundario. Si la mortalidad sube cuando hay calor más contaminación, los sistemas de alertas que solo monitorizan temperatura están subestimando el riesgo en las horas de mayor concentración de contaminantes —habitualmente, mediodía y primera hora de la tarde en días anticiclónicos.
La primera ola de calor oficial de junio de 2026 en España, con 40 grados en el sur, encaja con el patrón que describe la investigación: advección de masas saharianas por el Estrecho, anticiclón estacionario, escasa ventilación. Las ciudades que tienen episodios prolongados de alta contaminación bajo ese patrón —Madrid, Valencia, el corredor mediterráneo— son las más expuestas a la combinación letal que el estudio documenta.
La tecnología tiene un papel que jugar aquí. Los edificios con arquitectura biofilica y cubiertas vegetales no solo reducen la temperatura superficial de las ciudades —el llamado efecto isla de calor urbano— sino que actúan como filtros de contaminantes y crean microclimas locales que pueden reducir la exposición simultánea a calor y partículas. La adaptación urbana al cambio climático tiene ahora un argumento adicional cuantificado.
Por otro lado, la IA está reactivando centrales de emergencia altamente contaminantes en EEUU para satisfacer su demanda eléctrica. El círculo es perverso: la demanda energética de la IA aumenta la contaminación atmosférica de fondo, lo que puede amplificar el efecto de las olas de calor sobre la mortalidad. Es un vínculo que aún no está bien cuantificado pero que la investigación española pone en la agenda de forma indirecta.
Mi valoración
Llevo cubriendo tecnología, salud y clima más de dos décadas, y lo que más me convence de este trabajo es la elegancia del mecanismo: no es una correlación exógena entre calor y contaminación. Es una correlación endógena. Las mismas condiciones que crean calor extremo crean contaminación extrema, porque tienen la misma causa meteorológica. Eso hace que la intervención sea más difícil pero también más urgente, porque no basta con reducir la contaminación «promedio»: hay que reducirla específicamente en los días de mayor riesgo.
Lo que más me preocupa es el desfase entre lo que la ciencia ya sabe y lo que hacen los planes de contingencia municipales. En España, la mayoría de los planes de alerta por calor vigentes no tienen umbrales integrados de calidad del aire. El estudio publicado en The Conversation hace tres días debería cambiar eso. La pregunta es cuánto tiempo tarda la evidencia en convertirse en protocolo.
Mi predicción: antes de que acabe el verano de 2026, al menos una Comunidad Autónoma —probablemente Madrid o Cataluña— revisará su plan de alerta por ola de calor para incorporar umbrales de NO₂ y PM2.5 como variables de co-riesgo. El modelo vendrá del ECDC europeo, que ya tiene esto en sus recomendaciones.
Preguntas frecuentes
¿Por qué la contaminación se acumula durante las olas de calor?
Las olas de calor se producen normalmente bajo anticiclones estacionarios que bloquean el movimiento vertical y horizontal del aire. Sin viento ni convección, los contaminantes emitidos en las ciudades —NO₂, partículas PM2.5, precursores de ozono— no se dispersan y permanecen a nivel del suelo, donde las personas los inhalan.
¿Qué fuentes de datos utiliza el sistema MoMo?
El MoMo del Ministerio de Sanidad cruza datos de mortalidad diaria por todas las causas con datos meteorológicos de la AEMET. Calcula la «mortalidad en exceso» comparando la mortalidad observada con la esperada estadísticamente para esas fechas, y atribuye la diferencia al calor cuando coincide con episodios de altas temperaturas.
¿Qué tipos de enfermedades agrava la combinación de calor y contaminación?
Las más afectadas son las enfermedades respiratorias (EPOC, asma), cardiovasculares (insuficiencia cardíaca, arritmias) y renales. Las personas con varias patologías crónicas y los mayores de 65 años son las más vulnerables. La investigación española documenta que el riesgo de mortalidad sube entre un 9,1% y un 10,7% por cada grado que la temperatura supera el umbral de riesgo para la salud.