Durante años, en Silicon Valley se dio por hecho que un fondo de capital riesgo no podía estar “a favor” de dos rivales directos al mismo tiempo sin levantar cejas. La idea era sencilla: si un inversor te acompaña en el camino, te ayuda a ganar tu carrera, no a financiar al corredor del carril de al lado. Ese pacto tácito se está erosionando justo en el sector donde más dinero se está moviendo: los grandes laboratorios de IA.
Según publicó TechCrunch, OpenAI está cerca de cerrar una ronda de financiación gigantesca que rondaría los 100.000 millones de dólares, mientras Anthropic acaba de completar una operación de unos 30.000 millones. La cifra importa menos que el mensaje: cuando los cheques se vuelven de tamaño industrial, cambian las normas de convivencia entre fundadores e inversores.
Por qué el capital riesgo solía jugar a una sola carta
El venture capital vende algo más que dinero. Vende cercanía, guía, contactos, credibilidad. Muchas firmas se presentan como “amigas del fundador” y, en parte, esa promesa se sostiene porque su incentivo está alineado: si su cartera tiene un campeón claro, conviene empujarlo a ser el número uno.
Este modelo se apoya en un detalle que la gente de fuera del sector suele pasar por alto: las startups son empresas privadas. No publican resultados trimestrales con el mismo nivel de detalle que una cotizada, y buena parte de su vida ocurre en conversaciones cerradas. Por eso, cuando un fondo entra de forma directa, recibe datos confidenciales sobre ingresos, márgenes, retención, acuerdos comerciales, estrategia de producto o planes de contratación. Si ese inversor, al mismo tiempo, financia al rival, la tensión no es teórica: es como contarle a un entrenador dos planes de partido distintos para la misma final.
A esa capa se suma otra: los asientos en el consejo de administración. Un consejero tiene deberes fiduciarios con la empresa en la que se sienta. No es solo “estar informado”; es participar en decisiones y proteger intereses corporativos. Por eso, tradicionalmente, el doble juego era raro, o al menos se intentaba mantener lejos de enfrentamientos frontales.
El caso OpenAI–Anthropic: el solapamiento ya no se oculta
El dato que dispara la conversación es incómodo y muy concreto: TechCrunch identificó al menos una docena de inversores directos en OpenAI que figuran como participantes en la ronda de Anthropic. Entre ellos aparecen nombres de peso como Founders Fund, ICONIQ, Insight Partners y Sequoia Capital. En otras palabras, no se trata de firmas periféricas probando suerte; son marcas que han definido cómo se invierte en tecnología durante décadas.
Hay inversores para los que esta convivencia tiene una explicación más fácil de digerir. Los grandes gestores de activos y hedge funds viven en un universo donde es normal tener exposición a competidores, porque su mandato es construir carteras diversificadas y, a menudo, su referencia mental es la bolsa. TechCrunch cita perfiles de ese tipo en el cruce de apuestas, como D1, Fidelity o TPG.
La sorpresa mayor llega cuando se mira a BlackRock. Fondos afiliados de BlackRock participaron en la operación de Anthropic pese a que una figura destacada de la firma, Adebayo Ogunlesi, forma parte del consejo de OpenAI. Puede sonar a contradicción, pero también es el tipo de paradoja que aparece cuando una gestora opera múltiples vehículos con estrategias distintas. Aun así, para el fundador que abre su “caja negra” de métricas, el matiz corporativo se siente menos tranquilizador que la pregunta básica: “¿quién está realmente en mi esquina?”.
Microsoft, Nvidia y la lógica de cubrir apuestas
Hay un punto que ayuda a entender por qué esta historia no se limita a VCs y por qué la palabra “lealtad” empieza a sonar antigua. En la IA actual, el cuello de botella no es solo el talento o el algoritmo: es la infraestructura. Modelos más grandes implican más cómputo, más centros de datos, más energía, más GPUs y más acuerdos de suministro. Cuando el coste fijo se vuelve monumental, la tentación de “no quedarse fuera” se vuelve casi irresistible.
En ese contexto, TechCrunch menciona algo que ya se percibe en el mercado: gigantes tecnológicos con intereses industriales, como Microsoft o Nvidia, tienden a cubrir posiciones en varios frentes, porque su negocio puede beneficiarse incluso si el ganador final no es su socio principal. Si vendes nube, chips o capacidad de cómputo, la competencia entre laboratorios puede ser, desde cierto ángulo, una fuente de demanda.
La metáfora útil aquí es la de la “fiebre del oro”. En una fiebre del oro clásica, algunos se hacen ricos excavando, otros vendiendo palas. En la IA, muchos actores quieren ser buscadores y, a la vez, comerciantes de palas. Esa doble condición empuja a relaciones más flexibles, menos románticas.
Sam Altman y la frontera entre inversión pasiva y activa
Lo más interesante del choque OpenAI–Anthropic es que el protagonista conoce bien el manual del capital riesgo. Sam Altman viene del mundo inversor y fue presidente de Y Combinator. Según se ha reportado, en 2024 habría compartido con inversores una lista de competidores de OpenAI a los que prefería que no financiaran, con nombres vinculados a exmiembros de OpenAI, como Anthropic, xAI y Safe Superintelligence.
Altman negó haber planteado una prohibición directa de participar en futuras rondas si alguien invertía en esos rivales. Lo que sí reconoció, de acuerdo con documentos citados en la disputa legal entre Elon Musk y OpenAI que recogió Business Insider, es un matiz crucial: si un inversor hacía inversiones “no pasivas” en competidores, dejaría de recibir la información confidencial de OpenAI. Dicho en lenguaje cotidiano: “puedes comprar el periódico, pero si te sientas a escribir columnas en el diario rival, no te cuento mis planes”.
Esa distinción entre inversión pasiva y activa es una línea roja cada vez más discutida. ¿Qué significa “pasiva” cuando hablamos de fondos que presumen de aportar valor, abrir puertas y marcar estrategia? Y si el inversor no toma un asiento en el consejo, ¿desaparece el problema o solo se vuelve más difícil de detectar? TechCrunch cita a un inversor que minimiza el riesgo cuando no hay asiento en el consejo. Aun así, el dilema no se esfuma: la confianza no depende únicamente de una silla oficial, sino de cuánta información circula y cómo se protege.
La IA rompe moldes por necesidad, no por capricho
Esta etapa de la IA se parece menos a las startups clásicas que crecen con rondas de decenas o cientos de millones y más a proyectos de infraestructura a escala nacional. Cuando una empresa necesita financiar cómputo y expansión a ritmos inéditos, el “sombrero” pasa por muchas manos. Y cuando el potencial retorno parece gigantesco, la disciplina de decir “no” se debilita.
Aun así, no todo el mundo ha cruzado la línea. TechCrunch señala que Andreessen Horowitz está en OpenAI pero no en Anthropic, al menos por ahora, y que Menlo Ventures figura con Anthropic pero no con OpenAI. También aparecen firmas que, según esa revisión, solo estarían expuestas a una de las dos, como Bessemer Venture Partners, General Catalyst o Greenoaks. Incluso hay un detalle casi cómico y muy humano: el medio cuenta que pidió a Claude una lista de inversores duales y el resultado tuvo demasiados errores, recordatorio oportuno de que la IA útil sigue teniendo días de “becario con prisa”.
Lo que deberían preguntar los fundadores antes de firmar
Si esta tendencia se consolida, la diligencia debida del fundador tendrá que adaptarse. Igual que se pregunta por cláusulas de control, derechos de información o composición del consejo, conviene hablar de conflicto de interés con la misma naturalidad con la que se habla de valoración. No como un gesto paranoico, sino como quien revisa el seguro antes de salir a carretera.
En la práctica, eso implica entender qué inversiones tiene la firma en competidores directos, qué políticas internas aplican cuando conviven intereses cruzados, cómo separan equipos que gestionan participaciones enfrentadas y qué ocurre con el acceso a métricas sensibles si el inversor se mueve en el tablero. En el entorno actual, donde el dinero llega en oleadas y las alianzas cambian rápido, esas preguntas son menos un “interrogatorio” y más un manual de convivencia.
La idea de “lealtad” inversora no ha muerto del todo, pero su definición se está encogiendo. En la IA de los megacheques, la fidelidad se parece más a un contrato con letra pequeña que a una promesa implícita. Quien funda una compañía haría bien en leer esa letra con calma, porque cuando dos laboratorios compiten por la misma meta, compartir copiloto con el rival puede ser una comodidad… o un riesgo silencioso.
