Una impresora 3D multimaterial de MIT que fabrica motores eléctricos completos en horas

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impresora 3D en miniatura

En una fábrica, un motor estropeado puede sentirse como una piedra en el engranaje: la línea se detiene, el calendario se rompe y el coste se dispara. Muchas veces el problema no es “arreglarlo”, sino conseguir el recambio. Si la pieza depende de un proveedor lejano, el tiempo de espera se convierte en el enemigo silencioso de la productividad. Esa fragilidad de la cadena de suministro es justo el punto de partida del último avance publicado por MIT: un sistema de impresión 3D multimaterial capaz de fabricar máquinas eléctricas complejas, completas y funcionales, en un solo proceso y en cuestión de horas.

La idea es sencilla de explicar, aunque difícil de ejecutar: si ya podemos imprimir carcasas, soportes o prototipos, ¿por qué no imprimir también el “corazón” electromecánico de un dispositivo? El equipo del MIT, liderado por Luis Fernando Velásquez-García en los Microsystems Technology Laboratories, ha demostrado que se puede imprimir un motor eléctrico usando varios materiales con funciones distintas, sin recurrir a un taller lleno de máquinas especializadas. El trabajo se ha difundido a través de MIT News y se publica en la revista “Virtual and Physical Prototyping”.

Qué hace especial a esta plataforma de impresión 3D

La mayoría de impresoras 3D de extrusión trabajan como una manga pastelera controlada por ordenador: depositan material capa a capa hasta formar una pieza. El desafío aparece cuando una sola “masa” no basta. Un motor necesita, como mínimo, materiales que conduzcan electricidad, materiales que aíslen y materiales magnéticos para crear campos. En la práctica, eso implica combinar materiales conductores, dieléctricos y materiales magnéticos con propiedades muy distintas, incluso con formatos físicos diferentes.

Aquí es donde el enfoque del MIT destaca: su plataforma integra cuatro extrusores capaces de trabajar con formas variadas de material imprimible. No se limita a alternar dos filamentos similares; puede cambiar de herramienta para usar, por ejemplo, tintas conductoras que requieren presión en lugar de calor, y luego pasar a polímeros o compuestos que sí se extruyen de manera más convencional. La máquina cambia de extrusor de forma automática, como si un cocinero pasara del cuchillo a la espátula y luego a la manga pastelera sin perder la precisión del corte.

Ese “cambio de herramienta” parece una anécdota, pero es uno de los grandes cuellos de botella en la fabricación aditiva multimaterial. Si las capas no quedan alineadas con exactitud, el dispositivo final no se comporta como debe. En un motor, una desviación pequeña puede traducirse en pérdidas, atascos o una fuerza de actuación muy inferior a la diseñada.

El reto de imprimir electrónica sin estropearla

Un punto interesante del trabajo es que no solo se trata de imprimir “más materiales”, sino de imprimirlos sin que se dañen entre sí. Los materiales conductores de mayor rendimiento, en muchos casos, se presentan como tintas. Esas tintas no se extruyen igual que un filamento termoplástico: necesitan un sistema de presión y un control fino del depósito. Al mismo tiempo, el proceso no puede abusar del calor o de la luz ultravioleta si eso degrada el material dieléctrico que debe aislar y proteger otras partes del dispositivo.

En otras palabras, la impresora tiene que comportarse como una cocina con varias recetas simultáneas: una preparación necesita horno suave, otra no puede tocar el calor, y una tercera debe mantener cierta textura para que el conjunto funcione. Según describen los investigadores, el equipo resolvió este rompecabezas con ingeniería de herramientas, sensores colocados estratégicamente y un marco de control que garantiza que cada extrusor se acople y desacople siempre en la misma posición, con movimientos previsibles y repetibles.

Ese detalle es clave porque, en una pieza decorativa, un pequeño desajuste quizá solo se ve feo. En una máquina eléctrica, ese desajuste puede impedir que el campo magnético se forme como se espera o que el conductor conecte correctamente, y entonces la pieza se convierte en un “bonito pisapapeles”.

El caso de prueba: un motor lineal impreso en unas tres horas

Para validar el sistema, el MIT fabricó un motor lineal, un tipo de motor que genera movimiento en línea recta, en lugar de rotación. Estos motores aparecen en aplicaciones que muchas veces no vemos, pero usamos a diario: mecanismos de “pick and place” en robótica industrial, ciertos sistemas ópticos y cintas transportadoras de equipaje, entre otros.

La demostración tiene dos cifras que llaman la atención. La primera es el tiempo: el motor se imprimió en torno a tres horas utilizando cinco materiales. La segunda es la simplicidad posterior: solo hizo falta un paso de posprocesado, magnetizar los materiales magnéticos duros, para que el motor quedara plenamente operativo. La magnetización es, en este caso, como “activar” el imán después de haber impreso su forma y su integración con el resto del conjunto.

En rendimiento, el equipo afirma que el dispositivo funcionó tan bien como —o mejor que— motores comparables que dependen de procesos de fabricación más complejos o de múltiples pasos posteriores. Y en coste, ofrecen una estimación muy agresiva para materiales: alrededor de 50 centavos por dispositivo, una cifra que subraya el potencial para prototipado rápido y piezas personalizadas, siempre que el resto del sistema (mano de obra, mantenimiento, control de calidad) acompañe.

Por qué esto importa para la industria y la logística

La promesa no es solo imprimir un motor por curiosidad académica. El mensaje de fondo es más estratégico: si puedes fabricar componentes clave “in situ”, reduces dependencia de proveedores, recortas tiempos y minimizas residuos. En una cadena de producción, esto se parece a tener una despensa bien surtida en vez de depender de que te traigan ingredientes desde otra ciudad cada vez que falta algo. No elimina la necesidad de proveedores, pero cambia el equilibrio entre fabricar localmente y comprar fuera.

Este tipo de fabricación local también abre la puerta a la personalización. Un motor hecho para un robot específico, un vehículo con un diseño no estándar o un equipo médico con requisitos concretos podría adaptarse con menos fricción si el proceso es digital y repetible. En el contexto de electrónica impresa y máquinas eléctricas, pasar de “ensamblar piezas de muchos sitios” a “imprimir un conjunto funcional” podría ahorrar pasos y reducir puntos de fallo.

Lo que todavía queda por resolver

El propio equipo insiste en que esta demostración es un comienzo. El paso de magnetización, por ejemplo, todavía ocurre después de imprimir, y uno de sus objetivos es integrarlo dentro del mismo flujo de impresión para acercarse a una fabricación realmente monolítica. También quieren demostrar motores rotativos totalmente impresos, más cercanos a los motores que asociamos con coches, ventiladores o herramientas, y ampliar el número de herramientas disponibles para fabricar dispositivos todavía más complejos en un solo bloque.

Hay otra realidad que conviene tener presente: pasar de una prueba de laboratorio a un uso industrial generalizado requiere estandarización, fiabilidad sostenida, control de variabilidad entre lotes y procedimientos claros de verificación. En un motor, la repetibilidad no es un lujo; es una obligación. Aun así, el hecho de que el sistema combine varias formas de material y mantenga la alineación con precisión ya responde a uno de los obstáculos que frenaban la impresión 3D de dispositivos electrónicos completos.

Financiación y contexto del avance

El estudio, según MIT News, recibió financiación parcial de Empiriko Corporation y la Fundación La Caixa, un detalle que sugiere interés tanto académico como aplicado. Publicar en “Virtual and Physical Prototyping” también lo sitúa en un terreno donde el prototipado rápido y el salto a lo “físicamente funcional” importan tanto como el diseño.

Si miramos la trayectoria reciente del MIT en este campo —con trabajos relacionados con componentes impresos, electromagnetos y electrónica activa— se aprecia una línea clara: convertir la impresión 3D en una herramienta que no se limite a la forma, sino que incluya función. Es como pasar de imprimir el “cuerpo” de un aparato a imprimir también su “sistema nervioso” y su “musculatura”.