Meta lleva tiempo insinuando que su próximo gran campo de batalla no está solo en los modelos, sino en lo que los hace funcionar. Si la inteligencia artificial generativa fuese un coche de carreras, los modelos serían el chasis y la aerodinámica; la infraestructura de IA sería el motor, el combustible y el taller donde se ajusta todo para ganar décimas. En esa línea, Mark Zuckerberg anunció en Threads el lanzamiento de Meta Compute, una iniciativa para reforzar y expandir la capacidad de cómputo de la compañía con una ambición energética poco habitual: hablar de decenas de gigavatios durante esta década y, con el tiempo, cientos de gigavatios o más.
La noticia, publicada por TechCrunch el 12 de enero de 2026, encaja con el mensaje que Meta ya venía trasladando a analistas e inversores. En una llamada de resultados el verano pasado, su directora financiera, Susan Li, señaló que desarrollar una infraestructura puntera sería una ventaja central para crear mejores modelos y experiencias de producto, según recogió la propia compañía en ese contexto y recuerda TechCrunch.
Qué es Meta Compute y por qué aparece ahora
Meta Compute se presenta como un paraguas estratégico: no es un único centro de datos ni un chip concreto, sino una forma de coordinar arquitectura técnica, software, red, operación global y planes de capacidad a largo plazo. Dicho de manera cotidiana, es como pasar de cocinar para tu familia a montar una cadena de restaurantes. Puedes seguir haciendo un buen plato, pero si no controlas compras, hornos, logística, turnos y calidad, el negocio se te cae cuando llegan las horas punta.
El momento no es casual. La industria vive una carrera por “nubes” preparadas para IA, donde la disponibilidad de GPUs, la eficiencia de los centros de datos y el acceso estable a energía se han convertido en el cuello de botella. Meta, como otras grandes tecnológicas, quiere reducir dependencia de terceros y convertir esa capa invisible en un activo competitivo. La empresa no solo busca entrenar modelos, también servirlos a escala: responder a millones de consultas, generar contenido, recomendar, traducir, resumir y ejecutar funciones en tiempo real tiene un coste eléctrico y de hardware que no se parece al de la web clásica.
Gigavatios: la escala real detrás del discurso
Zuckerberg puso números que suenan abstractos hasta que se aterrizan. Un gigavatio equivale a mil megavatios, una medida de potencia comparable a la capacidad de una gran planta eléctrica. Cuando una compañía habla de decenas de gigavatios, está diciendo que su demanda se acerca a la de regiones enteras. Esa es la dimensión de la IA cuando se multiplica por miles de chips trabajando a la vez, refrigeración 24/7 y redes internas que mueven datos como si fueran autopistas.
TechCrunch añade un marco interesante: la presión sobre el consumo eléctrico en EE. UU. podría crecer de forma muy intensa durante la próxima década, con estimaciones que citan saltos de 5 a 50 gigavatios ligados al auge de la IA. Meta quiere anticiparse y, sobre todo, asegurarse de que puede crecer sin quedarse a oscuras en el momento más inoportuno: cuando un lanzamiento requiere capacidad extra o cuando un competidor acapara suministro.
Aquí conviene imaginarlo como un concierto multitudinario. Si vendes entradas para 50.000 personas, no basta con tener artistas; necesitas sonido, seguridad, accesos, baños y energía. La IA, con su “público” global, obliga a pensar en ese tipo de logística, pero aplicada a cómputo.
Los tres nombres propios y lo que sugiere su reparto de funciones
Zuckerberg señaló a tres ejecutivos para liderar el proyecto, y el reparto de responsabilidades dice mucho sobre las prioridades.
Santosh Janardhan, responsable de infraestructura global desde hace años en Meta, se encargará de la parte más técnica: arquitectura, pila de software, programa de silicio, productividad para desarrolladores y la construcción y operación de la flota global de centros de datos y red. Es la figura que une el “cómo lo hacemos” con el “cómo lo mantenemos funcionando”.
Daniel Gross, incorporado recientemente, liderará un grupo nuevo centrado en estrategia de capacidad a largo plazo, alianzas con proveedores, análisis de industria, planificación y modelado de negocio. TechCrunch recuerda que Gross es cofundador de Safe Superintelligence junto a Ilya Sutskever, ex científico jefe de OpenAI. Su rol suena a “jefe de abastecimiento y rumbo”: cuánto construir, cuándo, con quién, a qué precio y con qué riesgos.
Dina Powell McCormick, que se unió a Meta como presidenta y vicepresidenta, tendrá la misión de coordinarse con gobiernos para construir, desplegar, invertir y financiar infraestructura. Aquí se reconoce algo que ya es evidente: la infraestructura de IA es tan industrial y territorial que depende de permisos, marcos regulatorios, incentivos, acceso a suelo, conexiones a red y, en muchos casos, acuerdos energéticos. No es solo ingeniería, también diplomacia corporativa.
Capex, proveedores y la competencia: el tablero en el que juega Meta
El anuncio también se entiende mirando alrededor. TechCrunch enmarca la noticia en una carrera donde otras grandes compañías han hecho movimientos similares: Microsoft buscando acuerdos con proveedores de infraestructura y Alphabet anunciando en diciembre la adquisición de una firma de centros de datos llamada Intersect. Aunque no se detallen cifras adicionales, el mensaje es claro: la inversión de capital (capex) en IA se ha convertido en una especie de “impuesto de entrada” para seguir en la primera división tecnológica.
Meta necesita esa base por varias razones. Una es el coste por unidad de servicio: si dependes demasiado de capacidad ajena, cada mejora o crecimiento puede salir más caro. Otra es la optimización vertical: alinear chips, software y centros de datos para tu propio stack puede mejorar rendimiento y eficiencia, como cuando un chef diseña su cocina a medida en lugar de adaptarse a un espacio alquilado con electrodomésticos genéricos. Y una tercera es el calendario: quien asegura suministro hoy, evita quedar a la cola cuando la demanda se dispare.
Energía como ventaja estratégica y el dilema de la huella
Hablar de “drásticamente expandir la huella energética” no es un detalle técnico; es una declaración de intenciones y, a la vez, una fuente potencial de debate público. Cuando una empresa consume más, compite por recursos con otras industrias y comunidades. Eso obliga a justificar proyectos, negociar con autoridades y demostrar responsabilidad, porque la electricidad no es un recurso abstracto: depende de redes locales, generación disponible y planes de sostenibilidad.
Zuckerberg describió la construcción de infraestructura como una “ventaja estratégica” y puso el énfasis en cómo “ingenierizar, invertir y asociarse” para lograrlo. Traducido: no basta con comprar máquinas; hay que asegurar energía, contratos, ubicaciones, personal especializado y una operación estable. Un centro de datos no es una caja con servidores; es una fábrica de calor y cómputo que necesita refrigeración, agua o soluciones alternativas, redundancias, seguridad, fibra, mantenimiento y capacidad de ampliar sin detener lo que ya funciona.
Si esta expansión se ejecuta, el impacto en la cadena de suministro también puede ser notable: más demanda de chips, equipamiento de red, transformadores, sistemas de refrigeración y construcción. Y, por supuesto, más tensión por encontrar talento técnico que sepa operar estas “ciudades de máquinas”.
Qué esperar a partir de aquí
TechCrunch indica que contactó con Meta para conocer más detalles, lo que sugiere que aún faltan piezas: calendario, ubicaciones, socios energéticos, capacidad concreta por fases y cómo se medirá el éxito de Meta Compute. Aun así, el anuncio ya cumple un propósito: comunicar al mercado que Meta no quiere ser solo usuaria de la ola de IA, sino una de las compañías que controla la infraestructura que la hace posible.
Para usuarios y desarrolladores, el resultado final no se verá como un “nuevo botón”, sino como mejoras invisibles: tiempos de respuesta más rápidos, productos más estables en picos de uso y más capacidad para lanzar funciones que hoy serían demasiado caras o lentas. Es la clase de progreso que se nota cuando falta, como la electricidad en casa: solo valoras la red cuando todo se apaga.
