La IA está encendiendo de nuevo las “centrales de emergencia” más sucias de Estados Unidos

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La inteligencia artificial tiene una cara visible, hecha de chatbots, generación de imágenes y herramientas que prometen ahorrar tiempo. La otra cara está en un sitio menos glamuroso: el enchufe. Entrenar modelos y, sobre todo, operarlos a escala exige una cantidad creciente de electricidad, y esa demanda se concentra en lugares concretos donde se construyen grandes centros de datos de IA. Cuando esa presión llega a redes que ya iban ajustadas, el sistema tira de lo que tenga más a mano para evitar apagones o tensiones. Y, en Estados Unidos, eso está significando el regreso de un viejo conocido: las plantas “peaker”.

Reuters ha puesto el foco en un efecto colateral que resume bien el dilema: instalaciones fósiles antiguas, pensadas para usarse muy poco, se están volviendo rentables de nuevo porque el mercado paga por estar disponibles en momentos de pico. Es como si una ciudad, ante un atasco permanente, decidiera reabrir un túnel antiguo sin ventilación porque es la forma más rápida de sumar carriles, aunque empeore el aire del barrio.

Qué es una planta peaker y por qué el debate se complica

Una planta peaker (o “central de punta”) funciona como el “botón de emergencia” del sistema eléctrico. No está diseñada para producir de manera constante, sino para arrancar rápido cuando la demanda sube de golpe: una ola de calor con el aire acondicionado a pleno, una tormenta que estresa la red, o un pico inesperado. Su valor es la velocidad y la disponibilidad, no la eficiencia.

El problema es el coste oculto. Por su diseño y antigüedad, muchas peakers emiten más contaminación por cada unidad de electricidad generada que una central que opera de forma continua. Investigaciones académicas y análisis de agencias federales citados por Reuters señalan que con frecuencia carecen de controles modernos, como ciertos sistemas de captura de contaminantes, y que algunas tienen chimeneas más bajas, algo que puede concentrar más los efectos a nivel local. En términos cotidianos: calientan la casa rápido, sí, pero con una estufa vieja que humea y deja el olor pegado en las cortinas.

Pilsen y la central Fisk: cuando lo “casi retirado” vuelve a ser negocio

En el barrio de Pilsen, en Chicago, la historia es especialmente simbólica. Detrás del parque Dvorak, con su área de juegos y vida vecinal, se levanta la planta Fisk, un conjunto de unidades de generación alimentadas con petróleo. Según Reuters, NRG Energy planeaba retirarlas el año siguiente. La ecuación cambió cuando las solicitudes de electricidad empezaron a presionar el mercado y las señales de precio hicieron que mantener esas unidades en pie volviera a tener sentido económico.

La zona ya había vivido un cambio importante: una antigua central de carbón en el mismo emplazamiento cerró hace más de una década tras años de oposición local. Con ese cierre, la contaminación cayó con fuerza. El matiz es que no desapareció: Reuters cita datos de la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU. (EPA) que muestran emisiones de dióxido de azufre asociadas al sitio incluso con un uso esporádico. Para los vecinos y organizaciones de salud respiratoria, el matiz importa, porque cuando la industria vuelve a “encender” infraestructuras antiguas, el beneficio se reparte lejos, pero el aire se respira cerca.

PJM Interconnection: el mercado donde se nota primero la tensión

El corazón del relato es PJM Interconnection, el mayor operador de red eléctrica en Estados Unidos, con cobertura en 13 estados y una de las mayores concentraciones de centros de datos del mundo. Reuters describe cómo la demanda vinculada a data centers está “engullendo” reservas y empujando precios. Un dato clave: los pagos para asegurar disponibilidad en picos se dispararon, y Reuters habla de un salto superior al 800% durante el verano comparado con un año antes. En mercados eléctricos, esas señales funcionan como un megáfono: cuando el sistema paga más por estar listo, activos que parecían destinados al desguace se vuelven atractivos.

Ese incentivo aparece en otro número revelador citado por Reuters: alrededor del 60% de las plantas de carbón, gas y petróleo que estaban previstas para retirarse en PJM habrían pospuesto o cancelado esos planes durante el año, y la mayoría de las que “se salvan” serían peakers. El mensaje para la transición energética es incómodo: no basta con planificar cierres; hay que asegurar reemplazos firmes y capacidad de red, porque el mercado penaliza cualquier sensación de escasez.

Más contaminación donde menos margen hay: justicia ambiental en primer plano

Aquí el debate cambia de tono. No se trata solo de energía y precios; entra la justicia ambiental. Reuters recoge investigaciones académicas y federales que indican que las aproximadamente 1.000 peakers del país están desproporcionadamente ubicadas en comunidades de bajos ingresos y en comunidades racializadas. Un estudio de 2022 sobre barrios históricamente “redlined” —zonas a las que se negó crédito y servicios financieros por su composición racial o migrante— concluyó que esos residentes tenían más probabilidad de que se construyera una peaker cerca desde el año 2000. La investigadora Lara Cushing, de UCLA, lo resume en términos de patrón: donde hubo discriminación urbanística y financiera, también se concentra más infraestructura fósil de respuesta rápida.

A esto se suma la realidad sanitaria. Las peakers pueden operar pocas horas al año, pero cuando lo hacen, pueden emitir mucho en poco tiempo. Reuters cita hallazgos de la Government Accountability Office (GAO) según los cuales, en mediana, las peakers de gas emiten 1,6 veces más dióxido de azufre por unidad de electricidad que plantas no peaker. Si piensas en la contaminación como el humo de una sartén, no importa solo cuántos días cocinas, sino lo que pasa cuando el aceite se quema: el pico puede ser el peor momento para quien está justo al lado.

Política energética: “capacidad disponible” frente a aire limpio

El artículo de Reuters apunta a que este fenómeno podría acelerarse con señales políticas favorables a exprimir capacidad existente. Se menciona que la administración del presidente Donald Trump explora vías para activar fuentes ya instaladas, incluyendo peakers y sistemas de emergencia, para cubrir la nueva demanda. En esa línea, el secretario de Energía, Chris Wright, dijo a Reuters que hay mucha capacidad peaker que podría operar más y que regulaciones de aire limpio han limitado un uso más frecuente, planteando como objetivo la “capacidad sobrante” en la red.

Ese enfoque choca con el mapa de impactos locales. Activar más peakers no distribuye el daño de manera uniforme: concentra emisiones en los mismos vecindarios que históricamente han cargado con carreteras, industria pesada y tráfico. En Pilsen, Reuters recoge el temor de activistas que ven cómo una victoria ambiental del pasado puede diluirse si el sistema vuelve a depender de lo viejo para alimentar lo nuevo.

Alternativas reales: transmisión, baterías y planificación, no solo promesas

¿Hay salida sin volver al diésel del siglo pasado? Reuters recoge dos líneas claras. La primera es reforzar la transmisión eléctrica: más y mejores líneas para mover energía desde zonas con excedente a zonas con déficit. Es una idea sencilla de explicar con una metáfora doméstica: si la cocina tiene potencia de sobra pero el salón se queda sin enchufes, no solucionas comprando generadores ruidosos; tiras cable y modernizas la instalación.

La segunda vía son las baterías. Su papel sería cubrir picos sin encender centrales fósiles de respuesta rápida. La tecnología está mejorando, pero el reto no es solo técnico: también es de escala, permisos, interconexión y costes. En paralelo, la red necesita capacidad firme y procedimientos más ágiles para conectar nueva generación. PJM, citado por Reuters, insiste en que deben conectarse renovables, nuclear y gas, y que no se puede perder generación existente mientras llega lo nuevo. La frase que deja clara la urgencia es contundente: “necesitamos cada megavatio ahora”.

La lección incómoda para Big Tech y para las ciudades

El auge de la IA está creando un choque entre velocidad y sostenibilidad. Las empresas tecnológicas quieren desplegar infraestructura a ritmo de mercado; la red eléctrica se mueve a ritmo de permisos, obra civil y coordinación regional. En medio quedan barrios como Pilsen, donde ya hay un centro de datos operando y donde se anuncian proyectos cercanos, como un campus de 20 edificios de T5 Data Centers citado por Reuters. Cada nuevo campus es como abrir un centro comercial que nunca cierra: la ciudad nota empleo y actividad, pero el sistema eléctrico nota una carga constante que no se apaga por la noche.

Si algo deja claro este episodio es que la transición energética no es solo reemplazar carbón por solar. Es red, almacenamiento, planificación territorial y, sobre todo, quién paga el precio del “mientras tanto”. Volver a encender peakers puede ser la solución rápida para mantener las luces encendidas, pero convierte a ciertas comunidades en el filtro de aire de toda la economía digital.