El origen del AGI: la visión de John McCarthy sobre una inteligencia artificial general

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En 1956, en el campus de Dartmouth College, un grupo de científicos se reunió para discutir una idea que parecía sacada de la ciencia ficción: lograr que las máquinas pensaran como humanos. Entre ellos estaba John McCarthy, quien no solo organizó el evento, sino que también acuñó el término inteligencia artificial (IA). Su propuesta era tan ambiciosa como simple: si la inteligencia humana podía describirse de manera precisa, entonces podría replicarse mediante máquinas. Lo que pocos sabían es que McCarthy también había conceptualizado una forma de IA mucho más avanzada: la inteligencia artificial general (AGI).

Qué es la inteligencia artificial general

A diferencia de la IA actual, que está especializada en tareas específicas como traducir textos, recomendar películas o reconocer rostros, la AGI busca igualar la capacidad cognitiva humana en todos los ámbitos. Una AGI no solo entendería el lenguaje, sino que podría resolver problemas abstractos, aprender de manera autónoma y adaptarse a contextos completamente nuevos. Es el sueño de una máquina que pueda razonar, planear, sentir curiosidad e incluso tener iniciativa.

Imaginemos una navaja suiza mental capaz de aprender cualquier profesión, desde neurocirujano hasta maestro de jardinería, sin necesidad de reprogramación. Esa es la esencia de la AGI, y su potencial ha fascinado a generaciones de investigadores.

La paradoja del creador preocupado

John McCarthy no solo bautizó a la inteligencia artificial; también fue uno de los primeros en advertir sobre sus posibles riesgos. Aunque su entusiasmo por el progreso tecnológico era evidente, también reconocía los peligros de una máquina con capacidades generales. Para él, una AGI podría volverse impredecible si no se diseñaba con responsabilidad.

Esta preocupación lo separa de la visión excesivamente optimista que domina muchas conversaciones actuales sobre inteligencia artificial. Mientras algunas voces influyentes prometen un futuro en el que los humanos subirán sus mentes a la nube o delegarán todas las decisiones a algoritmos, McCarthy planteaba una pregunta fundamental: ¿Queremos realmente crear una inteligencia que nos iguale o nos supere?

Los debates actuales: conciencia, emociones y motivación

Aunque el debate sobre la AGI se ha intensificado, muchas de las críticas modernas ya estaban implícitas en las dudas originales de McCarthy. Una de las más importantes es la ausencia de conciencia subjetiva en las máquinas actuales. Por muy avanzados que sean los modelos de lenguaje como GPT-4 o Gemini, no tienen sensaciones internas, no experimentan alegría ni tristeza, ni sueñan con futuros alternativos.

Esto plantea un dilema esencial: una AGI sin emociones ¿puede entender realmente al ser humano? Las emociones no son un accesorio evolutivo; son el motor de nuestras decisiones, de nuestro aprendizaje y de nuestras relaciones. Sin este componente, cualquier inteligencia seguirá siendo, en el mejor de los casos, un reflejo frío de lo humano.

Algunos expertos, como el columnista Steve_6738 citado en WIRED, critican que se use el término AGI como si implicara una conciencia plena. Para ellos, el peligro no es solo tecnológico sino filosófico: confundir la apariencia de la inteligencia con su esencia.

La preocupación por los usos actuales

Hoy, muchas aplicaciones de la inteligencia artificial se centran en optimizar publicidad, manipular preferencias de consumo o modelar el comportamiento en redes sociales. Lejos de un ideal científico, estas herramientas se usan principalmente con fines económicos y estratégicos. La visión de McCarthy sobre una inteligencia que ampliara los límites del conocimiento humano se diluye cuando los algoritmos se usan para aumentar el tiempo de permanencia en una plataforma o maximizar ingresos por clics.

Esto genera una brecha entre el potencial y el uso real de la tecnología. La IA general sigue siendo una meta lejana, mientras que la inteligencia artificial aplicada moldea ya nuestras decisiones diarias. La pregunta es si sabremos usar esta tecnología de forma ética antes de alcanzar la AGI.

Un legado que sigue inspirando

John McCarthy no construyó una AGI, pero sí puso las bases de la conversación. Su legado no está solo en el nombre que dio a la disciplina, sino en su capacidad de mirar más allá del entusiasmo y prever sus consecuencias.

Hoy, mientras empresas como OpenAI, DeepMind y Anthropic exploran la frontera de lo posible, vale la pena recordar que el concepto de AGI nació de una intuición tanto técnica como ética. En palabras simples: no se trata solo de si podemos hacerlo, sino de si deberíamos.