Ejercicio y salud mental: lo que la ciencia realmente dice sobre sus beneficios

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Ejercicio y salud mental

Durante mucho tiempo se ha repetido la receta casi mágica: si te sientes deprimido o estresado, sal a correr o inscríbete en el gimnasio. Sin embargo, una nueva investigación publicada en Medicine & Science in Sports & Exercise cuestiona esta narrativa simplificada y aporta una visión más matizada sobre la relación entre el ejercicio físico y la salud mental.

El ejercicio no siempre mejora el ánimo: una relación más compleja de lo que parece

Los investigadores, liderados por expertos de universidades como la de Illinois Chicago y la de Iowa State, encontraron que si bien el ejercicio puede ayudar a reducir los síntomas de ansiedad y depresión, sus efectos suelen ser menores de lo esperado y muy dependientes del contexto. No toda actividad física es igual, y no todas las personas se benefician del mismo modo.

Por ejemplo, actividades recreativas como jugar al fútbol, ir al gimnasio o practicar senderismo están claramente asociadas con un mejor bienestar emocional. Pero otras formas de movimiento, como las tareas domésticas o los trabajos físicos, no ofrecen los mismos beneficios psicológicos, e incluso pueden relacionarse con peores resultados en algunos grupos.

El contexto lo es todo: más allá del sudor

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que el beneficio del ejercicio depende en gran medida del contexto en el que se realiza. No es lo mismo correr solo por obligación que jugar un partido en equipo donde se vive una experiencia social positiva. Un mismo esfuerzo físico puede tener resultados emocionales muy distintos según el entorno.

Los investigadores incluso sugieren que parte del efecto positivo atribuido al ejercicio podría ser un efecto placebo. Es decir, sentirnos mejor porque creemos que deberíamos sentirnos mejor al hacer ejercicio. La expectativa genera una mejora, no necesariamente el movimiento en sí.

Actividad física desigual: el problema de la equidad

El estudio también revela una preocupante brecha de equidad. Por ejemplo, los adultos latinos en Estados Unidos tienen los niveles más altos de actividad física según los rastreadores de actividad, pero esta se concentra en el trabajo y no en actividades recreativas. A pesar de moverse mucho más que otros grupos, obtienen menos beneficios mentales, simplemente porque el tipo de ejercicio que hacen no es el que más ayuda a la mente.

Esto plantea una cuestión clave: si no se tienen recursos, tiempo libre o acceso a espacios seguros para hacer ejercicio recreativo, las recomendaciones de «haz más ejercicio para mejorar tu salud mental» pueden sonar vacías o incluso ser injustas.

Problemas metodológicos: cuando la investigación también falla

Otro aspecto relevante que se discute en el análisis es la calidad de los estudios que se han hecho hasta ahora. Muchos tienen menos de 100 participantes y duran menos de seis meses, lo que limita la confianza en sus resultados. Además, no es posible «cegar» a los participantes, como se hace en ensayos de medicamentos, porque es evidente si una persona está haciendo ejercicio o no.

Esto genera lo que se conoce como «expectativas de resultado»: las personas creen que deberían sentirse mejor después de ejercitarse, lo que puede influir en su percepción de mejora, aunque el efecto real sea menor.

Actividad física + soporte emocional = mejor salud mental

Uno de los puntos más interesantes es que el ejercicio físico parece funcionar mejor cuando se combina con otros elementos. Por ejemplo, en niños con TDAH, las mejoras solo se observaron cuando la actividad física se integró con sistemas de recompensas o apoyo conductual. Lo mismo se observó en programas escolares donde el ejercicio en grupo y la calidad del personal marcaron la diferencia.

Incluso entre estudiantes universitarios, quienes participaban en deportes en grupo mostraban mejores indicadores de salud mental que quienes hacían ejercicio por su cuenta, aunque se movieran menos.

Cuidado con los excesos: más no siempre es mejor

El estudio también encontró una relación en forma de U entre el nivel de actividad y el bienestar mental: hacer algo es mejor que nada, pero hacer demasiado puede ser contraproducente. El sobreentrenamiento o la presión constante por rendir pueden empeorar la salud mental, especialmente en deportistas o personas muy exigentes consigo mismas.

Repensando el papel del ejercicio en la salud mental

El mensaje central del estudio no es que el ejercicio no funcione, sino que no es una solución universal ni mágica. Presentarlo como el remedio ideal puede desviar la atención de causas más profundas como la inseguridad económica, la falta de acceso a salud mental o la precariedad habitacional.

Promover el ejercicio es positivo, pero siempre con realismo y sin olvidar que el contexto importa. No basta con moverse; lo que rodea al movimiento también cuenta: el entorno social, la motivación, los apoyos y las expectativas influyen tanto como la propia actividad física.

Más empatía y menos recetas fáciles

La próxima vez que alguien diga que «salir a correr cura la depresión», quizá convenga hacer una pausa. El ejercicio tiene un lugar importante en el cuidado de la salud mental, pero su efecto depende de muchos factores que merecen ser tenidos en cuenta.

En vez de promoverlo como panacea, conviene integrarlo dentro de estrategias más amplias que aborden también las condiciones sociales y personales de cada individuo. Porque cuidar la mente no se trata solo de moverse, sino de entender por qué, cómo y para qué lo hacemos.