Cuando se habla de glioblastoma, se habla de un tumor que corre rápido y pone trabas en cada curva. Se origina en células de soporte del cerebro y, pese a los avances en cirugía, radioterapia y quimioterapia, sigue siendo uno de los diagnósticos más difíciles de manejar. Parte del problema es biológico y parte es logístico: el cerebro está protegido por la barrera hematoencefálica, una especie de control fronterizo que impide que muchas moléculas entren con facilidad. Si un medicamento fuese un repartidor, la barrera sería una urbanización con seguridad privada que no deja pasar paquetes sin autorización.
Esa dificultad de “entrega” tiene consecuencias directas: incluso terapias prometedoras para otros cánceres se quedan a medio camino cuando intentan llegar al tejido cerebral en la dosis adecuada. Y en el glioblastoma, el tiempo suele jugar en contra. Continúa leyendo «Gotas nasales y nanomedicina contra el glioblastoma: cómo un “atajo” por la nariz activa las defensas del cerebro»