En la carrera por la computación cuántica, una de las grandes promesas es construir qubits que no se desmoronen a la mínima interferencia. En los qubits más comunes, la información cuántica suele estar “concentrada” en un lugar del chip, como si guardáramos un secreto en un solo cajón. El problema es que el entorno siempre encuentra la forma de meter ruido: vibraciones, fluctuaciones eléctricas, imperfecciones del material. Esa fragilidad se traduce en decoherencia, el momento en que el qubit deja de comportarse como un sistema cuántico útil.
Los llamados qubits topológicos buscan una estrategia distinta: no intentar que el cajón sea perfecto, sino repartir el secreto en dos cajas separadas que, en conjunto, guardan la clave. En este enfoque aparecen los modos cero de Majorana, pares de estados cuánticos que, cuando se generan en ciertas condiciones, permiten almacenar información de forma distribuida. La idea suena casi doméstica: si divides una contraseña en dos mitades y las guardas en sitios distintos, un accidente local no debería arruinarlo todo. Continúa leyendo «Leer lo “intocable”: así se descifran los qubits de Majorana con una sonda global»