La distribución cuántica de claves (o QKD) suele presentarse como una forma elegante de blindar comunicaciones: en lugar de confiar solo en “candados matemáticos”, se apoya en el comportamiento de los fotones y en una idea muy intuitiva: si alguien intenta mirar el mensaje por el camino, deja huella. Al tocar un estado cuántico, lo alteras. Es como intentar leer una carta sellada sin que se note: el sello termina marcado.
Esa propiedad convierte a QKD en un enfoque atractivo para infraestructuras críticas, banca, gobiernos o centros de datos. El matiz es que esa seguridad “de libro” vive en un laboratorio ideal. En el mundo real, QKD necesita una cosa tan poco glamourosa como decisiva: un enlace físico impecable entre emisor y receptor. Y ahí aparece un enemigo discreto, casi doméstico, pero capaz de erosionar el sistema por dentro: el error de apuntamiento. Continúa leyendo «El talón de Aquiles silencioso de la criptografía cuántica: cuando un milímetro cuenta»