Los transistores de silicio llevan décadas siendo el “interruptor” universal de la tecnología: abren y cierran el paso de corriente para que un procesador calcule, una memoria guarde datos o un sensor traduzca señales. El problema es que ese interruptor, tal y como lo conocemos, nació para un mundo rígido y plano. La mayoría de transistores comerciales se fabrican como capas delgadas sobre superficies duras; funcionan de maravilla en un teléfono, pero encajan mal cuando el objetivo es interactuar con sistemas blandos, húmedos e irregulares como los tejidos del cuerpo.
En bioelectrónica, esa incompatibilidad se nota como una diferencia de “idioma” y de “textura”. El tejido se dobla, respira y se regenera; un circuito clásico, en cambio, se comporta como una tabla de madera pegada a una esponja. En el mejor de los casos, la interfaz es limitada; en el peor, la rigidez provoca inflamación, microdaños o señales inestables. Por eso, desde hace años se persigue una idea ambiciosa: construir electrónica que no solo sea flexible, sino realmente tridimensional y suave, más parecida a un tejido que a una oblea. Continúa leyendo «Transistores 3D de hidrogel: la electrónica “gelatinosa” que empieza a hablar el idioma de las células»