Sebastian Heyneman quería conseguir un hueco para hablar en el Foro Económico Mundial de Davos. Antes de irse a dormir, le pidió a su agente de IA que lo organizara. Mientras dormía, el bot buscó contactos del evento en internet, les envió mensajes, negoció con un empresario suizo y, tras una larga conversación autónoma, consiguió algo. El problema: en lugar de acordar un café, el agente aceptó pagar 24.000 francos suizos —unos 31.000 dólares— por un patrocinio corporativo. Heyneman no podía pagar la factura.
La anécdota, recogida por Cade Metz en The New York Times, resume perfectamente el momento actual de los agentes de IA: son capaces de hacer cosas sorprendentes, pero también de meterte en líos igual de sorprendentes. Continúa leyendo «Agentes de IA: divertidos, útiles y capaces de gastarse 31.000 dólares mientras duermes»