Durante años, hablar con un modelo de lenguaje se parecía a conversar con un bibliotecario muy rápido: te respondía, te explicaba, te sugería fuentes. Un agente de IA, en cambio, se parece más a un asistente que no solo te indica dónde está el libro, sino que va, lo saca, copia lo relevante, lo ordena y te lo deja listo en la mesa. Esa diferencia —pasar de responder a actuar— es el núcleo del estudio “The Adoption and Usage of AI Agents: Early Evidence from Perplexity”, firmado por Jeremy Yang (Harvard) y un equipo de Perplexity, y publicado en arXiv en diciembre de 2025.
El artículo propone una definición operativa: sistemas capaces de perseguir objetivos definidos por el usuario mediante planificación y acciones en múltiples pasos, con cierto nivel de autonomía, en entornos reales como la web. Para explicarlo sin jerga: si pedirle a un chatbot “recomiéndame un vuelo barato” es una consulta, pedirle a un agente “encuentra el mejor vuelo con estas condiciones y resérvalo” es un encargo.