Durante décadas, el transistor ha sido el ladrillo básico de la informática. Ha funcionado tan bien que cuesta imaginar otra cosa, pero su progreso se topa con límites prácticos: miniaturizar sin disparar el consumo, el calor y la complejidad de fabricación no es infinito. Por eso, desde hace más de medio siglo, distintos equipos han explorado una idea seductora: si la materia viva utiliza moléculas para procesar señales, ¿por qué no construir dispositivos electrónicos a partir de moléculas?
El problema es que, cuando pasas del dibujo limpio de un libro a un componente real, las moléculas no se comportan como piezas perfectas y aisladas. Se amontonan, interactúan, cambian sus interfaces, los electrones no “circulan” de forma lineal y los iones pueden moverse como gente en un pasillo estrecho: pequeñas diferencias en la estructura o el entorno alteran mucho el resultado. Esa imprevisibilidad ha sido uno de los grandes frenos de la electrónica molecular. Continúa leyendo «Más allá del transistor: memristores moleculares que cambian de papel como lo hace una sinapsis»