La fusión nuclear es el proceso que mantiene encendidas a las estrellas: dos núcleos atómicos ligeros se unen para formar uno más pesado y, en ese “pegado”, liberan energía. La idea suena casi poética, pero es pura física. Parte de la masa “desaparece” y se convierte en energía, tal como describe la ecuación E=mc² atribuida a Einstein. A diferencia de la fisión nuclear (la tecnología de las centrales actuales, basada en partir núcleos pesados), la fusión busca hacer lo contrario: unir.
La promesa es tentadora para cualquier debate sobre transición energética: combustible muy abundante, emisiones directas prácticamente nulas en la generación y una densidad energética enorme. El Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA) lo resume con una comparación difícil de ignorar: por kilogramo de combustible, la fusión podría producir casi cuatro millones de veces más energía que el carbón o el petróleo. En términos cotidianos, es como pasar de calentar una casa con cerillas a hacerlo con un pequeño calentador que no se agota.
La receta más mencionada para una futura planta eléctrica es la mezcla de deuterio y tritio, dos isótopos del hidrógeno. El deuterio se puede obtener del agua; por eso aparecen analogías llamativas como la de que unos litros de agua de mar podrían equivaler, energéticamente, a enormes cantidades de gasolina. Es una forma de decirlo, no una invitación a llenar bidones de océano: el reto no es “tener combustible”, sino crear y mantener las condiciones extremas para que la reacción ocurra de manera controlada y útil. Continúa leyendo «Fusión nuclear: por qué el “sol artificial” de China y la IA están cambiando el ritmo de esta carrera energética»