Un latinista experto en Virgilio, una carta de dos páginas y una empresa americana que no sabía cómo vender su máquina. El 16 de abril de 1955, Jacques Perret resolvió el problema de naming de IBM Francia y, sin proponérselo, provocó la fractura lingüística que hoy separa a los hispanoablantes de España de los de América Latina. En España decimos ordenador. En México, Argentina o Colombia dicen computadora o computador. Esa diferencia no es un accidente histórico ni una decisión de ninguna academia: la tomó un filólogo clásico que sabía mucho de latín medieval y bastante poco de transistores.
La historia lleva décadas circulando en foros de lingüística y en conversaciones de bar. La recupera ahora Gemini en un hilo que se ha hecho viral este mes, pero merece una lectura más despacio. Porque detrás del término que escribes en tus facturas de Hacienda o en el seguro del hogar hay un documento extraordinario que combina burocracia corporativa, latín eclesiástico y una decisión de marca que IBM regaló al mundo gratis.
¿Por qué IBM no sabía cómo llamar a su máquina?
En la primavera de 1955, la filial francesa de IBM se preparaba para producir sus primeras máquinas electrónicas de tratamiento de datos en su planta de Corbeil-Essonnes, a unos 30 kilómetros al sur de París. El modelo en cuestión era el IBM 650, uno de los primeros ordenadores comerciales de la historia, que pesaba más de novecientos kilos y ocupaba el espacio de un par de armarios roperos.
El problema era el nombre. En Estados Unidos la máquina se llamaba simplemente computer —término que hasta entonces se reservaba a las máquinas científicas de cálculo numérico— y su traducción directa al francés era calculatrice o calculateur. Para la dirección de IBM Francia eso era inaceptable: calculadora era demasiado limitado, demasiado aritmético. La máquina hacía mucho más que sumar columnas de cifras.
Fue François Girard, responsable del servicio de publicidad de la planta, quien tuvo la idea de pedir ayuda a alguien de confianza: su antiguo profesor de literatura de la Sorbona, el latinista Jacques Perret. Girard preparó un dossier con brochures de las máquinas y se lo mandó a su ex-profesor acompañado de una carta firmada por Christian de Waldner, presidente de IBM Francia. La petición era sencilla: proponga usted un término en francés para esta cosa.
La carta que partió el idioma en dos
Lo que Perret devolvió el 16 de abril de 1955 era una carta breve, precisa y con opciones. El filólogo sugería varios candidatos: ordinatrice d’éléments complexes, sélecto-ordinateur, électro-ordinatrice… y uno que destacaba sobre los demás: ordinateur.
La propuesta venía acompañada de una advertencia que hoy resulta deliciosa. Perret avisaba de que ordinateur era un término que aparecía en el diccionario Littré como adjetivo teológico para referirse a Dios como el «ordenador del mundo», el que pone orden en el caos. También se usaba en el contexto de la ordenación de sacerdotes. El inconveniente, escribía, era que ordination designaba una ceremonia religiosa, aunque «los dos campos de significación —religión y contabilidad— son tan lejanos» que el problema quizá era menor.
Por si acaso, Perret recomendaba el femenino: ordinatrice électronique, que «tendría la ventaja de separar aún más la máquina del vocabulario de la teología». IBM se quedó con la versión masculina simplificada. Más limpia, más comercial, más fácil de decir.
En esa carta están tres cosas que vale la pena subrayar. Primero, Perret sabía exactamente lo que estaba haciendo desde el punto de vista lingüístico: el término no era nuevo sino recuperado del latín ordinator, que tiene más de dos mil años. Segundo, el consejo fue gratuito —ni contrato, ni honorarios, ni patente—. Tercero, IBM tomó nota rápido: en semanas el término estaba circulando en los materiales de la empresa y en poco tiempo lo había adoptado el público en general. Llevo dos décadas escribiendo sobre tecnología y pocas veces me he encontrado con un origen de nombre tan bien documentado y al mismo tiempo tan desconocido para el gran público.
¿Por qué España adoptó el término y América Latina no?
Aquí entra la geopolítica cultural de los años cincuenta, que es tan aburrida de explicar como inevitable de entender.
IBM France no registró el término ordinateur como marca. Lo regaló. Eso significa que cualquier país podía tomarlo, traducirlo o ignorarlo según le pareciera. España lo adoptó como ordenador a través de un mecanismo sencillo: la influencia tecnológica y comercial que llegaba desde Francia en aquella época era mayor que la anglosajona directa. Los ingenieros y técnicos españoles leían documentación francesa, importaban maquinaria francesa, y cuando necesitaron un término para la nueva máquina cogieron el que ya tenían al lado.
En América Latina, la ecuación era diferente. La influencia cultural y comercial de Estados Unidos era —y sigue siendo— predominante. El término computer se tradujo directamente como computadora o computador, dependiendo del país. No hay ninguna decisión académica que lo explique: fue el efecto gravitacional de la proximidad económica con el inglés.
El resultado es la paradoja lingüística que conocemos: dos mundos que hablan el mismo idioma usan palabras distintas para referirse a exactamente la misma cosa. Y ambas son legítimas. La RAE recoge ordenador como el término preferido en España y acepta computador y computadora como variantes válidas —algo que puedes comprobar en el repaso que hicimos a las palabras de tecnología que la RAE ha ido incorporando a lo largo de los años, donde este tipo de dobles denominaciones son más comunes de lo que parece.
Lo que nadie esperaba en 1955 es que setenta años después una IA llamada Gemini —nombrada por los humanos, como todo lo demás— recuperaría esta historia para generar contenido editorial. La relación entre inteligencia artificial y lenguaje es cada vez más estrecha: los experimentos con ChatGPT y palabras inventadas revelan que los modelos de lenguaje internalizan las reglas implícitas del idioma mejor de lo que creíamos, aunque con límites claros. El hecho de que Perret inventara ordinateur recurriendo a un término en desuso —recuperado del latín, con carga semántica religiosa— es exactamente el tipo de decisión creativa que los modelos actuales no replicarían: demasiado oblicua, demasiado culturalmente densa.
Mi valoración
Lo que más me convence de esta historia es que sea tan poco conocida siendo tan relevante. Llevamos cubriendo el sector tecnológico desde 2005 —más de 80.000 artículos publicados en wwwhatsnew.com— y el nombre que ponemos a las cosas nos ha parecido siempre secundario frente al objeto en sí. La historia de Perret demuestra que el naming de un producto puede condicionar la identidad lingüística de millones de personas durante décadas.
Lo que más me preocupa es la rapidez con la que este tipo de historias se reformatea y viraliza a través de las IAs generativas. El hilo de Gemini que ha circulado esta semana es correcto en lo esencial, pero simplifica el contexto y convierte una anécdota con matices en un relato de cinco actos limpios. La realidad es algo más turbia: hay versiones distintas sobre quién exactamente fue el interlocutor de Perret en IBM, y la carta no se hizo pública hasta 1990, cuando fue descubierta por Alain Pesson y publicada el 23 de abril de 1990 en el diario Les Échos bajo el título «Le mot ordinateur a trente-cinq ans». Treinta y cinco años de espera para una historia que debería haberse contado mucho antes.
Lo más estructuralmente significativo es lo que revela sobre la cadena de transmisión del conocimiento tecnológico: en 1955, una empresa tecnológica global necesitó recurrir a un filólogo clásico para nombrar su producto. En 2025, una IA recupera ese episodio para generar contenido. El círculo tiene una simetría incómoda. Perret era un humano que ordenaba el caos del lenguaje; Gemini es una máquina que usa el lenguaje para generar orden. Ambos, curiosamente, haciendo el mismo trabajo para IBM.
Mi predicción: en los próximos años veremos más artículos de cultura tech con este perfil —origen de nombres, decisiones de branding históricas, accidentes lingüísticos con consecuencias a largo plazo— generados total o parcialmente por IAs. El problema no es que existan, sino distinguir cuáles añaden contexto real y cuáles solo reformatean. Este artículo intenta ser de los primeros. Que lo consiga, lo juzgas tú.
Preguntas frecuentes
¿Quién inventó exactamente la palabra «ordenador»?
Jacques Perret (1906-1992), filólogo y latinista francés, profesor en la Faculté des lettres de París desde 1948 hasta 1971. Lo hizo en una carta fechada el 16 de abril de 1955, enviada a la dirección de IBM Francia a petición de su antiguo alumno François Girard, entonces responsable de publicidad de la planta de Corbeil-Essonnes. Perret propuso ordinateur, extraído del latín ordinator, término que en la época solo circulaba en contextos teológicos.
¿Por qué IBM no registró «ordinateur» como marca?
No hay un documento público que explique la decisión, pero la hipótesis más aceptada es que IBM prefirió que el término se adoptara libremente —lo que aceleraría su uso generalizado— en lugar de protegerlo y limitar su difusión. Al no registrarlo, cualquier fabricante, editor y usuario podía emplearlo sin pagar licencias. Fue, en efecto, una donación lingüística con consecuencias imprevistas: el término se extendió a España como ordenador, mientras América Latina, con menor contacto con la terminología francesa, siguió la pista anglosajona con computadora.
¿La historia del origen de «ordenador» es conocida desde siempre?
No. La carta de Perret no salió a la luz pública hasta 1990, cuando el ingeniero Alain Pesson la encontró y la publicó en el diario económico francés Les Échos el 23 de abril de ese año, con el artículo «Le mot ordinateur a trente-cinq ans». Durante 35 años la historia circuló solo dentro de IBM y en círculos especializados de terminología informática. Hoy es de las pocas historias de naming corporativo en tecnología que puede rastrearse hasta un documento original con firma y fecha.
