A 400,68 metros bajo la superficie del hielo, el tiempo se vuelve tangible. Ese fue el punto exacto al que llegó un equipo australiano en Dome C North, en el interior de la Antártida, al finalizar su segunda temporada de trabajo del proyecto Million Year Ice Core (MYIC). El hielo recuperado a esa profundidad se formó al final de la última glaciación, hace más de 13.100 años: una época que suena a libro de historia natural, con mamuts lanudos y depredadores ya extintos caminando por otros continentes.
Lo importante no es solo la cifra, sino lo que viene dentro. Cada cilindro de núcleo de hielo funciona como una cápsula de archivo: burbujas de aire y pequeñas impurezas quedan atrapadas al compactarse la nieve, conservando una muestra directa de la atmósfera de aquel momento. La información se convierte en una especie de “audio” del pasado, grabado sin micrófonos, esperando a ser leído con instrumentos en laboratorio.
La noticia la difundió la Australian Antarctic Division, del Departamento de Cambio Climático, Energía, Medio Ambiente y Agua de Australia, que coordina este esfuerzo polar.
Dome C North: nueve semanas en una nevera que baja de -45 °C
Dome C North está a unos 1.200 kilómetros de la estación Casey y se asienta en el altiplano antártico, un lugar donde el frío no es un detalle del paisaje, sino una condición que dicta cada movimiento. Al cierre de la campaña, con temperaturas por debajo de -45 °C, el equipo tuvo que “invernar” el campamento interior: dejarlo preparado para aguantar el invierno polar tras haber sido hogar durante nueve semanas.
La imagen es potente por contraste. Por un lado, un entorno que parece vacío; por otro, una comunidad temporal de científicos y personal de apoyo que convierte ese “medio de la nada” en un lugar habitable. El regreso no fue con souvenirs, sino con cajas de hielo cuidadosamente embaladas, listas para viajar hasta Hobart y convertirse en datos.
La ingeniería del taladro: siete años para que el primer metro salga bien
Llegar a esos 400 metros exigió algo más que paciencia y resistencia al frío. Este año fue el estreno real del nuevo sistema de perforación profunda diseñado y construido por la Australian Antarctic Division. El corazón del sistema es una “sonda” de ocho metros, el cuerpo del taladro que desciende por el pozo para extraer cada sección del núcleo. A su lado, una máquina que impone respeto incluso en un continente de extremos: un cabrestante de cuatro toneladas para controlar el descenso y la subida, más los sistemas eléctricos, de control y de comunicaciones que hacen que todo funcione con precisión.
El equipo liderado por el científico Joel Pedro describió ese primer día de perforación como un momento de alivio y alegría: tras siete años de preparación, el taladro por fin mordió el hielo y devolvió un núcleo con buena calidad. Es un poco como montar un reloj delicadísimo en una mesa que tiembla: puedes planificarlo todo, pero hasta que no ves que las piezas encajan, no respiras.
Turnos, guantes y cuidado artesanal: cómo se procesa un núcleo de hielo
La extracción no termina cuando el hielo sale del pozo. Dos equipos de cuatro personas se repartieron el trabajo en turnos de ocho horas, combinando perforadores y procesadores de núcleo. Cada pieza se limpia, se corta y se embala en secciones de un metro para su almacenamiento y transporte. Hay algo casi artesanal en ese flujo de trabajo: manos enguantadas, herramientas, medidas, etiquetas, cajas, todo bajo condiciones que castigan cualquier descuido.
La jornada de perforación se extendía de 7 de la mañana a 11 de la noche. El equipo decidió no perforar durante la madrugada por una razón muy humana y muy técnica a la vez: el cansancio multiplica los fallos, y en un proyecto así un error pequeño puede convertirse en un problema grande. Dentro de la tienda de perforación se trabajaba entre -15 y -25 °C, que ya es un frío serio; si tocaba bajar a la zanja de perforación, excavada a seis metros de profundidad, el termómetro podía caer a -55 °C. En ese punto, cada minuto cuenta y el cuerpo te recuerda que la Antártida no negocia.
Un campamento que llega sobre orugas: la travesía desde Casey y la logística pesada
Si el taladro es el “bolígrafo”, la logística es el papel: sin ella no hay nada que escribir. La campaña fue posible por un arranque temprano de la travesía terrestre el 1 de noviembre. Parte del equipo se había preposicionado con un lanzamiento aéreo desde un C-17, y el equipo de travesía, diez personas, llegó a Casey en octubre a bordo del rompehielos RSV Nuyina. El cabrestante grande, pieza clave del sistema, llegó con ayuda de una travesía francesa, lo que amplió la ventana útil de trabajo antes de que el clima cerrara la temporada.
La travesía entre Casey y Dome C North tomó 17 días, avanzando a unos 80 kilómetros diarios. Se transportaron 47 toneladas de combustible y 67 toneladas de carga. El dato que ayuda a imaginarlo: el conjunto total pesó 640 toneladas, el más pesado hasta la fecha, con dos máquinas pisanieves y seis tractores tirando de trineos cargados con contenedores, cocinas, módulos de servicios, un nuevo generador para alimentar toda la estación interior y suministros de agua. Es una caravana lenta, como un tren sin vías que avanza sobre una carretera que se reinventa con cada ventisca.
El inicio fue duro, con cuatro días de ventisca y visibilidad pobre. Cuando el tiempo abrió, la conducción se volvió casi placentera, dentro de lo que permite el entorno. En el campamento, la convivencia también tuvo su propio “clima”: partidos semanales de voleibol, celebraciones de cumpleaños y visitas a la estación Concordia, franco-italiana, situada a unos 10 kilómetros. No es un detalle menor: la ciencia polar depende tanto de la técnica como de la salud mental y el buen funcionamiento del grupo.
Capas que conectan historia humana y geología: del Holoceno al Pleistoceno
A medida que la perforación baja, el hielo cambia de “capítulo”. El equipo utiliza el estudio de las capas internas para entender cómo fluye el hielo y alimentar modelos que estiman la edad según la profundidad. Es como mirar las vetas de un tronco, con la diferencia de que aquí el árbol tiene miles de metros.
Hasta ahora, la perforación ya atravesó referencias que ayudan a anclar el tiempo en imágenes cotidianas. Cerca de 90 metros se entra en un hielo que ronda los 2.000 años, cuando la población humana global era muy inferior a la actual. En torno a 150 metros se alcanzan unos 4.000 años, una época asociada al auge de la Edad del Bronce. Hacia 200 metros se pisa hielo de alrededor de 6.000 años, en paralelo a momentos de grandes cambios culturales y tecnológicos, mientras el planeta terminaba de estabilizar niveles del mar cercanos a los actuales. Alrededor de 300 metros aparecen unos 9.000 años, vinculados al despegue de la agricultura temprana.
Un punto especialmente simbólico llegó a 364 metros: ahí se sale del Holoceno, el periodo geológico actual, para entrar en el Pleistoceno, el gran telón de fondo de las glaciaciones. Y a 400 metros llega el final de la última glaciación, esa transición en la que el planeta se reconfiguró con cambios de temperatura y hielo a gran escala.
Por qué buscar hielo de 1–2 millones de años importa para el cambio climático
El objetivo de MYIC va más allá de batir un récord de profundidad. La meta es recuperar un archivo climático de entre uno y dos millones de años, un tramo de la historia terrestre en el que cambió el “ritmo” de los ciclos de glaciación: su duración y su intensidad variaron, acompañadas de transformaciones a largo plazo en temperatura y en gases de efecto invernadero. Acceder a burbujas de aire tan antiguas permitiría comparar directamente composición atmosférica y temperatura a lo largo de transiciones clave, con una resolución que otros registros no siempre ofrecen.
El equipo también realizó un estudio geofísico de las propiedades del hielo hasta el lecho rocoso, a unos 3.000 metros bajo la superficie. Esa radiografía del subsuelo ayuda a afinar las estimaciones de edad a medida que se acerquen a la zona donde se espera encontrar hielo de 1–2 millones de años, probablemente cerca del fondo.
Aquí conviene aterrizar la idea con una metáfora simple: si el cambio climático es una conversación urgente, los núcleos de hielo son el historial completo del chat. No resuelven el presente por sí solos, pero permiten ver patrones, correlaciones y cambios bruscos con evidencia física.
El siguiente salto: de 400 a más de 1.000 metros
Los núcleos extraídos se enviarán a Hobart para su análisis, mientras el equipo prepara una tercera temporada de perforación más adelante este mismo año. El objetivo declarado para la próxima campaña es superar los 1.000 metros. Ese salto los llevaría de lleno a capas más profundas del Pleistoceno, acercándolos a la parte del archivo que realmente busca el proyecto: el tramo de tiempo en el que el planeta cambió su manera de entrar y salir de las edades de hielo.
Cada metro hacia abajo es lento, caro y frágil, como avanzar página a página en un libro antiguo que no puede doblarse ni mojarse. Por eso el hito de los 400 metros no es solo una marca en un gráfico: es la prueba de que el sistema funciona, de que el equipo puede operar con seguridad en condiciones extremas y de que el “tesoro” que persiguen viaja bien desde el hielo antártico hasta los laboratorios donde se transforma en conocimiento medible.
