Un “túnel” gigante bajo Venus: el indicio que el radar de Magellan dejó escondido durante décadas

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Si Venus fuera una ciudad, su superficie sería el barrio que todos vemos desde la calle, mientras que su subsuelo sería el metro: un entramado de pasadizos que casi nunca se deja fotografiar. Un equipo de la Università di Trento cree haber encontrado una de esas “líneas subterráneas” volcánicas: evidencia sólida de un tubo de lava enorme enterrado bajo la región de Nyx Mons, una zona asociada a actividad volcánica. El hallazgo se apoya en una relectura cuidadosa de datos antiguos de la misión Magellan de la NASA, que cartografió el planeta con radar de apertura sintética (SAR) a principios de los años noventa.

El trabajo, publicado en Nature Communications, no describe una cueva vista “a simple vista” (en Venus eso es imposible con cámaras normales), sino una estructura inferida por cómo el radar responde ante un colapso localizado del terreno y por la forma del relieve cercano. Aun así, las estimaciones que proponen impresionan: un conducto vacío con un diámetro cercano a un kilómetro, con un techo de al menos 150 metros de grosor y un hueco interno con una profundidad mínima de 375 metros en la zona mejor caracterizada.

Por qué encontrar tubos de lava en Venus es tan complicado

En la Tierra, los tubos de lava suelen delatarse por entradas naturales o por derrumbes del techo que dejan un “boquete” visible. En otros mundos, como la Luna o Marte, se han identificado estructuras parecidas porque se pueden observar directamente con cámaras o con instrumentos que combinan imágenes y topografía.

En Venus, la historia cambia: sus nubes densas y permanentes actúan como una cortina opaca. Si intentaras hacer una foto convencional, sería como intentar fotografiar un paisaje desde dentro de una sauna. Por eso, la herramienta estrella para conocer su superficie ha sido el radar, que “ilumina” el terreno con microondas y reconstruye la textura y la geometría a partir del eco.

Aquí entra en juego Magellan, que entre 1990 y 1992 realizó un mapa global del planeta con SAR. Aquellos datos fueron una mina para identificar montañas, llanuras de lava, fracturas y canales volcánicos. Lo difícil es ir un paso más allá: detectar lo que podría estar vacío por dentro, algo que no se ve directamente, sino que se sospecha por señales indirectas.

La “claraboya” de Nyx Mons: un derrumbe que cuenta una historia

El punto de partida del nuevo estudio es una depresión o abertura superficial en Nyx Mons, descrita como una especie de “skylight” (una claraboya natural). En volcanología planetaria, este tipo de abertura suele interpretarse como el lugar donde el techo de un tubo se hundió, dejando una ventana al vacío subterráneo. Piensa en el asfalto de una carretera: si por debajo hay una cavidad y el soporte falla, aparece un socavón. La superficie te muestra el problema, aunque el hueco real esté escondido.

Según el equipo de Trento, al analizar con técnicas específicas las imágenes de radar de Magellan en zonas con indicios de colapsos localizados, la señal encaja con la presencia de un conduit subterráneo grande. Su interpretación es que se trata de un tubo de lava (también llamado “piroducto”), con dimensiones que, por comparación con los tubos conocidos, lo colocan en la liga de los gigantes.

Un detalle importante: los autores señalan que los datos disponibles permiten confirmar y medir con más seguridad la porción cercana a la abertura. El resto del posible conducto entra en el terreno de la hipótesis respaldada por la morfología del entorno y por la presencia de otros pozos similares en la zona.

Un tamaño fuera de escala: lo que sugieren las cifras

Hablar de un tubo de lava de casi un kilómetro de ancho suena exagerado si uno piensa en ejemplos terrestres, donde muchas cuevas volcánicas son recorribles a pie y su escala se mide en metros o decenas de metros. En el estudio se propone que, en Venus, el conducto identificado alcanza aproximadamente ese kilómetro de diámetro, con un techo robusto y un vacío profundo, al menos en el tramo mejor observado.

También aparece una idea que dispara la imaginación: el sistema podría prolongarse durante decenas de kilómetros. Basándose en el relieve, en la forma del terreno y en la distribución de otras depresiones, el equipo plantea que los conductos subterráneos podrían extenderse como mínimo unos 45 kilómetros. Es como encontrar una alcantarilla abierta en una calle y, al mirar el mapa, ver indicios de que el túnel continúa varias paradas más.

Por qué Venus podría “fabricar” tubos más grandes que los nuestros

La pregunta obvia es: ¿por qué Venus tendría tubos tan grandes? El estudio apunta a dos condiciones que juegan a favor. La primera es la gravedad, algo menor que la terrestre, lo que facilita que estructuras amplias se sostengan con menos “peso” tirando del techo. La segunda es su atmósfera, muchísimo más densa. En términos cotidianos, una atmósfera densa se comporta como una manta pesada que retiene calor. Para una colada de lava, eso puede ayudar a que se forme rápido una costra aislante en la superficie del flujo, preservando un canal interno por el que la lava siga circulando. Ese “tubo” queda como un conducto protegido: la lava fluye, el exterior se enfría y solidifica, y el interior mantiene el paso abierto.

Esta combinación encaja con lo que ya se sospecha del vulcanismo venusiano: canales de lava muy largos y grandes, rasgos volcánicos a escala colosal y un paisaje moldeado repetidamente por flujos. El posible tubo de Nyx Mons sería una pieza más de ese rompecabezas.

Lo que cambia para la exploración: de mirar la piel a intuir el interior

El valor del hallazgo no está solo en el titular de “caverna gigante”, sino en el método y en lo que abre de cara a las misiones futuras. Si con un archivo de radar de los años noventa se puede extraer una señal compatible con un tubo de lava, entonces los nuevos radares, más finos y más versátiles, podrían multiplicar las detecciones.

Aquí entran dos nombres clave: Envision (ESA) y VERITAS (NASA). Ambas misiones están pensadas para llevar instrumentos de radar capaces de obtener imágenes de mayor resolución que Magellan, lo que permite analizar con más detalle pequeñas depresiones, fracturas y rasgos que hoy quedan “borrosos”. En el caso de Envision, el plan incluye también un radar de penetración del subsuelo (un “sonar” para el terreno) que podría sondear cientos de metros hacia abajo. Eso es importante porque permitiría detectar conductos incluso cuando no hay una abertura clara en la superficie.

Dicho de forma sencilla: hasta ahora hemos leído Venus como quien mira un libro cerrado por la portada; los próximos radares aspiran a hojear algunas páginas internas. Si se confirma que existen redes de tubos de lava amplios, cambiaría la manera de entender cómo se enfría el planeta, cómo se transporta el magma y qué regiones podrían haber sido activas en tiempos relativamente recientes.

Venus, su volcanismo y la paciencia de los datos “viejos”

Hay otro aspecto bonito de esta historia: la ciencia no siempre necesita datos nuevos para dar pasos. A veces, lo que hace falta es volver con mejores herramientas y mejores preguntas. El equipo de Trento describe una técnica específica de análisis para identificar y caracterizar conductos cerca de “skylights” en imágenes de radar. Es un recordatorio práctico: un archivo como el de Magellan no es una foto fija, es un almacén de señales que puede revelar cosas distintas con cada generación de métodos.

El estudio no promete certezas absolutas sobre toda la extensión del tubo; marca lo que se puede medir y lo que se infiere, y propone el camino para confirmarlo. En exploración planetaria, esa prudencia es parte del oficio: como cuando oyes ruidos detrás de una pared, puedes intuir la tubería, pero necesitas herramientas para ver el recorrido completo.