La Royal Navy mira al viento otra vez, pero sin tripulación

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La imagen de un velero con bandera naval tiene algo de postal histórica, pero la prueba que prepara la Royal Navy británica apunta a otra cosa: no busca recuperar grandes navíos de lona, sino desplegar una nube de “pequeños centinelas” sobre el mar. La idea, contada por New Scientist, es probar una flotilla de barcos robot impulsados por energía eólica que funcionen como una red de sensores distribuida sobre una zona amplia, capaz de vigilar y de hacer de puente de comunicaciones con activos que operan bajo el agua.

En vez de un barco grande con mucha instrumentación, se apuesta por muchos barcos pequeños, coordinados. Es el mismo cambio de lógica que vimos en casa cuando pasamos de un único router al concepto de red mallada: menos dependencia de un único punto, más cobertura y más resiliencia.

Qué es un C-Star: una “boya que navega” con vela y paneles

Los protagonistas se llaman C-Stars y los fabrica Oshen, una empresa con base en Plymouth (Reino Unido). Cada unidad es compacta: alrededor de 1,2 metros de eslora y unos 40 kilos, con una vela como motor principal y paneles solares para alimentar navegación, comunicaciones y sensores. La propia Oshen define su propuesta como una “capa de sensorización” persistente sobre el océano, basada en constelaciones de plataformas pequeñas que pueden operar en red durante largos periodos.

La metáfora que mejor encaja es la de una boya, pero con un giro importante: una boya convencional deriva o se queda donde la fondeas; un velero autónomo puede mantenerse “en estación” corrigiendo su posición con el viento o desplazarse hasta donde haga falta. El Met Office británico, que ha trabajado con este tipo de robots en contextos meteorológicos, describe a los C-Stars como embarcaciones muy pequeñas, capaces de navegar durante meses, aguantar temporales fuertes y cubrir huecos de datos donde no llegan ni satélites ni redes de boyas fijas.

De un solo sensor a una red de sensores en el mar

La clave del enfoque no es lo que hace un C-Star aislado, sino lo que ocurre cuando se despliegan muchos. Oshen insiste en la idea de “constelación”: unidades coordinadas que recogen señales y las comparten, como si el mar tuviera su propio sistema de “antenas” móviles.

Este planteamiento encaja especialmente bien con misiones donde la persistencia importa más que la velocidad. Si lo que quieres es mantener ojos y oídos sobre una zona durante días o semanas, no necesitas “corredores”, necesitas “postes” repartidos, capaces de sostenerse en el tiempo con el mínimo gasto energético. Aquí la energía eólica hace el papel de caminadora infinita: mientras haya viento, el sistema puede seguir moviéndose o mantenerse en el sitio sin quemar combustible, y la energía solar alimenta el cerebro y los sentidos.

Hablar con submarinos sin delatarse: por qué la acústica manda bajo el agua

Bajo el agua, las radios son como los móviles en un garaje subterráneo: la señal se apaga rápido. Por eso la comunicación submarina suele depender del sonido. El problema es que el sonido es lento, limitado en capacidad y, si se gestiona mal, también puede delatar la posición. En ese contexto, una red acústica pasiva en superficie suena atractiva: “escucha” sin emitir y puede ayudar a confirmar que un vehículo submarino está donde debe estar o a recibir señales discretas.

En febrero de 2026, medios del sector marítimo y de defensa describen un proyecto apoyado por UK Defence and Security Innovation (UKDI) en el que un buque no tripulado mayor, el Oceanus12 de ZeroUSV, transportará y desplegará una constelación de C-Stars para formar esa red de escucha. La integración del sistema de lanzamiento con el software de autonomía corre a cargo de MarineAI (suite GuardianAI).

El escenario de pruebas menciona como plataforma representativa al XV Excalibur, un submarino autónomo de gran tamaño usado por la Royal Navy para ensayos y misiones experimentales. La imagen mental es sencilla: el submarino “susurra” mediante señales acústicas; los C-Stars actúan como una cadena de mensajeros en superficie, recogiendo y retransmitiendo lo justo para mantener el contacto sin recurrir a comunicaciones más detectables.

Por qué combinar vela y sol tiene sentido: silencio, autonomía y coste operacional

En sistemas de vigilancia marítima, el ruido no es un detalle; es un rasgo. Un motor convencional genera firma acústica y térmica, y obliga a planificar repostajes y mantenimiento. Un barco robot a vela tiene otra personalidad: su empuje principal viene del viento y su electricidad del sol. Eso abre la puerta a misiones largas con una logística mucho más ligera.

Los datos de proyectos civiles ayudan a entenderlo. En meteorología, el Met Office subraya que estas plataformas pueden posicionarse con rapidez, soportar condiciones duras y operar con “humano en el bucle”, una mezcla de autonomía y supervisión remota que permite ajustar decisiones sin tener una tripulación embarcada. En el ámbito de huracanes, la NOAA (a través de su Atlantic Oceanographic and Meteorological Laboratory) ha documentado colaboraciones con Oshen y la Universidad del Sur de Mississippi para enviar C-Stars a tormentas y transmitir datos casi en tiempo real vía satélite, incluyendo un hito de captura de datos dentro de un huracán de categoría 5.

Traducido a defensa, esa resistencia operativa es oro: si tu “malla” de sensores tiene piezas baratas y reemplazables, puedes desplegar más y aceptar pérdidas sin que la misión colapse. Y si lo que necesitas es cubrir una zona amplia, tener unidades pequeñas facilita el transporte y el despliegue desde plataformas mayores, como plantea el proyecto con Oceanus12.

Los puntos delicados: tráfico marítimo, captura, ciberseguridad y normas del mar

Que algo sea pequeño y autónomo no lo convierte en invisible. Un C-Star tendrá que convivir con barcos mercantes, pesca, oleaje, objetos flotantes y costas con regulaciones estrictas. En una zona de mucho tráfico, la probabilidad de colisión, enganche o simple interferencia crece. Y si hablamos de un contexto militar, aparece otra pregunta incómoda: ¿qué pasa si el adversario lo encuentra, lo captura y lo analiza?

También está la capa digital. Una red distribuida vive y muere por sus comunicaciones: enlaces por satélite, protocolos, autenticación, resistencia a interferencias. Un sensor en el mar es como una cámara de seguridad en la calle: no basta con que grabe, tiene que hacerlo de forma fiable y segura. La propia Oshen, al hablar de su visión de “capa sensora”, reconoce que el gran impacto llegaría con despliegues a escala de cientos o miles de unidades, y que hoy las constelaciones reales están más cerca de decenas que de centenares. Ese matiz importa, porque la escalabilidad es tan técnica como financiera y regulatoria.

Doble uso: defensa, clima e infraestructuras críticas comparten el mismo tablero

Una de las lecturas más interesantes es el “doble uso”. El mismo tipo de plataforma que sirve para escuchar señales discretas o apoyar operaciones submarinas puede servir para vigilar cables submarinos, tuberías, zonas de interés ambiental o áreas donde se forman tormentas. Ocean Science & Technology habla explícitamente de aplicaciones que van desde misiones de defensa hasta mapeo del lecho marino y monitorización de infraestructura crítica.

En paralelo, los ejemplos de NOAA y Met Office muestran cómo estas plataformas encajan en ciencia y meteorología: recopilan viento, presión, temperatura del mar y otros datos clave justo donde los modelos meteorológicos más lo necesitan, en esa “piel” oceánica que condiciona la intensificación de tormentas. Si una tecnología demuestra valor salvando vidas con mejores avisos, es más fácil que encuentre financiación, madure y termine estando disponible para otros usos.

Qué puede cambiar para la Royal Navy si la prueba sale bien

Si el ensayo confirma lo prometido, la lección no será “volver a la vela”, sino redefinir cómo se gana persistencia sobre el mar. En lugar de patrullar de forma continua con plataformas caras, una fuerza naval podría complementar sus medios con “constelaciones” de sensores que se despliegan, se coordinan y mantienen una vigilancia silenciosa. No reemplazan a un buque ni a un submarino; funcionan como una capa extra, como esas alarmas domésticas que no impiden un robo por sí solas, pero aumentan la información y reducen los puntos ciegos.

La decisión final dependerá de detalles muy prácticos: cuánto cuestan, cuánto aguantan, cómo se recuperan, qué tan robustos son frente a interferencias, y cómo se integra su información con sistemas ya existentes. Lo que ya se intuye es el atractivo de una herramienta que combina veleros autónomos, energía solar y una red de sensores para cubrir grandes áreas sin el desgaste logístico de los despliegues tradicionales.