Adiós al scroll infinito: la UE pone en el punto de mira el diseño adictivo de las redes sociales

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Imagen minimalista y divertida con tonos pastel y texturas de peluche, representando la conexión entre TikTok y el cine. Un teléfono móvil de estilo suave y un carrete de película que emerge de él, simbolizan la fusión entre el entretenimiento digital y el streaming de películas. Ideal para artículos sobre innovación en redes sociales y plataformas de cine.

Durante años, la conversación regulatoria sobre redes sociales giró alrededor de qué se publica, qué se retira y con qué rapidez. Ahora la Unión Europea está empujando el debate hacia un terreno más incómodo para las plataformas: no solo importa lo que ves, sino cómo la aplicación te “conduce” para que sigas mirando. La Comisión Europea ha dejado claro, en sus hallazgos preliminares, que el diseño adictivo ya no es un detalle de experiencia de usuario, sino un posible incumplimiento con consecuencias bajo la Ley de Servicios Digitales o Digital Services Act (DSA).

La metáfora útil aquí es la de un supermercado: antes se vigilaba principalmente si los productos eran seguros; ahora también se examina cómo está diseñado el recorrido para que, casi sin darte cuenta, termines pasando por más pasillos y metiendo más cosas al carrito. En redes sociales, ese “recorrido” se llama scroll infinito, reproducción automática, notificaciones insistentes y recomendaciones hiperpersonalizadas. Y la UE empieza a tratarlo como un riesgo sistémico, no como una simple “molestia”.

El caso TikTok: cuando el scroll infinito se convierte en riesgo legal

El objetivo inmediato es TikTok. Según la Comisión Europea, ciertas decisiones de interfaz y de producto —incluyendo el scroll infinito, el autoplay, las notificaciones y un sistema de recomendación altamente personalizado— pueden fomentar un uso compulsivo, con un impacto especial en menores y personas vulnerables. La crítica no se limita a “esto engancha”, sino a algo más técnico: la plataforma, como gran actor digital, debe identificar y mitigar riesgos para el bienestar, y Bruselas sostiene que TikTok no lo habría hecho de forma suficiente.

En la práctica, el scroll infinito funciona como una bolsa de patatas “sin fondo”: no existe un final natural que te indique “ya está”. Si a eso le sumas vídeos cortos, recompensas rápidas (un contenido gracioso, uno sorprendente, uno emotivo) y un algoritmo que aprende tus debilidades con precisión, el resultado es un carril de autopista con pocas salidas. La Comisión Europea ha vinculado esta dinámica con patrones de uso problemático, como el consumo prolongado a horas nocturnas en menores, que no es solo una cuestión de hábitos, sino de cómo está configurado el producto.

TikTok, por su parte, ha rechazado las conclusiones preliminares y anticipa una defensa firme. Esa resistencia es esperable: aceptar que el diseño es “adicción por construcción” no es un matiz de marketing, es admitir que el motor principal de crecimiento puede ser un pasivo regulatorio.

Qué podría cambiar: puntos de parada, descansos reales y control del algoritmo

Si este enfoque se consolida, las apps podrían empezar a parecerse menos a una cinta transportadora y más a un trayecto con estaciones. La idea de sustituir el feed infinito por “puntos de parada” no significa necesariamente que desaparezca el contenido personalizado, sino que se introduzcan frenos. Un ejemplo cotidiano: cuando una serie en streaming termina un episodio, todavía puedes seguir, pero hay un corte visible; en redes, el corte casi no existe.

Otro eje es el del descanso. Muchas plataformas ya muestran recordatorios de tiempo de pantalla, pero suelen ser fáciles de ignorar, como una alarma que pospones cinco veces. Lo que se discute en el ámbito regulatorio es pasar de avisos opcionales a interrupciones más contundentes, con pausas obligatorias o mecanismos que requieran una acción consciente para continuar. Medios como The Guardian han apuntado que Bruselas contempla cambios forzados que desactiven dinámicas especialmente “hipnóticas” y refuercen las herramientas de control del tiempo.

La tercera pata es la transparencia algorítmica. Aquí conviene ser precisos: no significa publicar el código completo del algoritmo, sino explicar y auditar criterios, señales y efectos, y demostrar que se han evaluado riesgos y mitigaciones. La UE está diciendo, en esencia, que no basta con declarar “cuidamos de los usuarios”; hay que probarlo con procesos, documentación y resultados.

La economía de la atención: publicidad basada en vigilancia bajo presión

Detrás de esta batalla hay un modelo de negocio. Buena parte de la industria se apoya en la publicidad basada en vigilancia, que premia el tiempo de permanencia y el volumen de interacciones. Cuanto más te quedas, más señales de comportamiento generas; cuantas más señales, mejor segmentación; cuanto mejor segmentación, más valen los anuncios. Cuando la regulación ataca el diseño que maximiza permanencia, está tocando el corazón de esa ecuación.

Esto no significa que la publicidad desaparezca, sino que podría volverse menos dependiente de “retenerte a cualquier precio”. Si los frenos al consumo se vuelven obligatorios o si el feed deja de ser infinito, el inventario publicitario puede reconfigurarse: más control para el usuario, menos flujo continuo para la plataforma. Y ese giro, en cadenas de valor tan optimizadas, se nota.

Efecto dominó: Meta, Instagram, Facebook y el precedente para todo el sector

Aunque el foco mediático esté en TikTok, el mensaje es para todos. La Comisión Europea ya ha abierto procedimientos formales contra Meta para evaluar si Facebook e Instagram cumplen con obligaciones del DSA, incluyendo aspectos relacionados con la protección de menores y la gestión de riesgos. No es casualidad: si el regulador consigue convertir “diseño persuasivo” en “riesgo legal”, el manual de producto de la industria cambia.

Fuera de Europa, el debate también hierve. En Estados Unidos, el concepto de adicción a redes sociales está entrando en tribunales y en la conversación pública, con directivos defendiendo que no se trata de una adicción clínica y demandantes insistiendo en que el diseño se construyó para enganchar. Ese choque cultural refuerza la sensación de que estamos ante un cambio de época: ya no se discute solo la moderación, se discute la arquitectura emocional de las plataformas.

Multas y palancas reales: por qué esta vez no es solo una advertencia

La diferencia entre un tirón de orejas y una amenaza creíble es el tamaño de la palanca. Bajo la Ley de Servicios Digitales, las sanciones para grandes plataformas pueden llegar a un máximo del 6% de la facturación anual global, una cifra lo bastante alta como para mover decisiones internas en producto, legal y negocio. En términos simples: no es una multa “asumible” como coste de hacer negocios; puede convertirse en un riesgo de primer orden.

El proceso, eso sí, no se traduce en cambios de un día para otro. Los hallazgos pueden ser preliminares, las plataformas responden, se negocia, se ajusta, y a veces se litiga. Es un pulso largo. La clave está en que la Comisión Europea está creando un precedente: si se consolida que el scroll infinito y los mecanismos de enganche son una obligación de mitigación y no un simple “estilo de diseño”, el resto del mercado tendrá que anticiparse.

Organizaciones como Amnistía Internacional han pedido que la UE haga valer el marco legal y no se quede en diagnósticos, subrayando el impacto en jóvenes y la necesidad de una aplicación efectiva de la norma. Esa presión social importa porque, en temas de bienestar digital, la legitimidad se construye tanto con reglamentos como con expectativas públicas.

Qué puedes esperar como usuario: más controles, menos “agujeros de conejo”

Si la tendencia sigue, las redes podrían ofrecer más interruptores y menos automatismos. No porque las plataformas “se vuelvan buenas” de golpe, sino porque el regulador está alineando incentivos: lo que antes era óptimo para crecimiento puede volverse óptimo para cumplimiento. Para ti, eso podría traducirse en experiencias con finales más claros, decisiones más conscientes para seguir consumiendo, opciones de personalización más visibles y, con suerte, menos momentos de “solo iba a mirar un minuto y ha pasado una hora”.

El reto será encontrar un equilibrio: frenar patrones compulsivos sin convertir la experiencia en un laberinto de avisos. Si se hace bien, es como poner un velocímetro y límites razonables en carretera: sigues llegando a destino, pero con menos riesgo de accidente.