China presenta GrowHR, un robot blando que cambia de tamaño y se mueve entre tierra y agua

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A primera vista, GrowHR parece una figura salida de una serie infantil: cuerpo redondeado, una sonrisa dibujada y un aire de “muñeco hinchable”. Esa estética, que algunos medios han descrito como un gran malvavisco, es parte del mensaje: no todo robot tiene que ser un bloque de metal con tornillos a la vista. Detrás de esa apariencia amable hay un prototipo que apuesta por la robótica blanda para lograr algo difícil de combinar en un solo cuerpo: cambiar de forma, flotar, nadar e incluso caminar sobre el agua en ciertas condiciones, según describen sus creadores en un artículo científico publicado en Science Advances.

El desarrollo procede de la Southern University of Science and Technology (SUSTech), en Shenzhen, un polo de innovación chino que lleva años empujando avances en sensores, materiales y sistemas de control. Distintos medios tecnológicos han recogido el trabajo y lo han popularizado con una idea fácil de entender: un humanoide que no solo se mueve, sino que “se ajusta” al entorno como lo haría una persona al encogerse para pasar por un hueco o al tumbarse para arrastrarse.

La inspiración: huesos humanos, pero en versión neumática

El punto de partida del equipo es una observación biológica muy cotidiana: los huesos son resistentes y, al mismo tiempo, relativamente ligeros porque son estructuras huecas. En robótica humanoide, esa mezcla de fuerza y ligereza es oro. El problema es que muchos diseños actuales dependen de “columnas” rígidas, pesadas y poco adaptables, como si intentaras hacer parkour con una armadura medieval.

GrowHR intenta darle la vuelta a esa lógica con un enfoque que recuerda a una colchoneta de camping bien pensada: una serie de cámaras inflables y estructuras que imitan la función del esqueleto, de manera que el robot puede crecer o encogerse ajustando la presión de aire. El artículo técnico habla de “enlaces” o linkages inspirados en huesos, capaces de alargarse y contraerse, integrados en un cuerpo humanoide blando.

Esa elección no es solo para presumir de elasticidad. La ligereza es clave: diversas coberturas del proyecto señalan que el robot ronda los 4,5 kg y puede alcanzar alrededor de 1,36 m de altura, cifras que ayudan a entender por qué flotar le resulta mucho más natural que a un humanoide metálico.

Encogerse para pasar: el “modo pasar por la rendija”

Uno de los datos más llamativos del trabajo es su capacidad de reducir dimensiones para atravesar espacios estrechos. El propio material divulgativo asociado al estudio menciona que puede bajar su altura hasta aproximadamente el 36% y su anchura al 61% para adaptarse a huecos complicados. La imagen mental es muy clara: como cuando intentas sacar una maleta grande por la puerta del tren y la giras, la inclinas y la “aplastas” un poco para que pase, solo que aquí el cuerpo del robot está pensado para hacerlo de forma controlada.

La clave está en que, al desinflar parcialmente sus cámaras, el robot no “se rompe” ni pierde toda su estructura: cambia de configuración. Ese tipo de transformación es el sueño de cualquier aplicación en entornos impredecibles, donde un pasillo puede convertirse en un túnel de escombros en segundos.

Flotar, nadar y caminar sobre el agua: cuando el peso importa tanto como el motor

El metal tiene una ventaja evidente: transmite fuerza. El tejido inflable tiene otra: se lleva bien con el agua. GrowHR se beneficia de su baja masa y de su volumen “ajustable”, lo que le permite flotar con facilidad, nadar y, en demostraciones, mantenerse sobre la superficie en condiciones concretas. Es como comparar un martillo con una tabla de paddle surf: ambos sirven para “trabajar”, pero uno se hunde por su propia naturaleza.

La investigación y varias coberturas señalan que el robot también se ha probado en escenarios de movilidad poco comunes para humanoides tradicionales, incluyendo desplazamientos en agua y transiciones entre modos, un terreno en el que muchos robots de estructura rígida sufren por peso, estanqueidad y estabilidad.

Un cuerpo blando como airbag: seguridad y resistencia al golpe

Hay un beneficio que suele pasar desapercibido cuando hablamos de robots: la seguridad física. Un humanoide rígido que cae puede ser peligroso para quien esté cerca; un robot blando se parece más a un airbag: absorbe impactos y reduce el riesgo de daño. En entornos domésticos o de asistencia, esa diferencia importa tanto como la potencia de los actuadores.

El diseño por cámaras aporta esa amortiguación natural. En un escenario de rescate, un choque contra una pared, un escalón inesperado o una caída desde poca altura pueden ocurrir con frecuencia. En vez de depender solo de carcasas duras y piezas metálicas, GrowHR puede “ceder” y recuperar forma, como una pelota que rebota sin partirse. La divulgación tecnológica sobre el proyecto insiste en esa resiliencia como una ventaja práctica.

El caso de uso más claro: búsqueda y rescate en espacios imposibles

Cuando se piensa en búsqueda y rescate, el reto no es solo encontrar a la persona. Es llegar hasta ella. Un robot que pueda encogerse para pasar entre vigas, moverse en superficies húmedas o inundadas y soportar golpes tiene un encaje natural en derrumbes, riadas o accidentes industriales.

La idea de que el propio robot pueda servir como apoyo flotante también aparece en la cobertura mediática: un cuerpo ligero y con volumen podría ofrecer estabilidad a alguien que lucha por mantenerse a flote, funcionando como un salvavidas “activo” que se mueve y empuja hacia un punto seguro. Esa es una imagen potente porque traduce ingeniería a algo entendible: no es solo un robot que nada, es un robot que puede ayudar a que otra persona no se hunda.

Lo que todavía falla: caminar bien sigue siendo el gran examen

La robótica blanda paga un peaje: la rigidez también sirve para sostener peso y transferir fuerza al suelo. Un cuerpo flexible puede volverse torpe en tierra firme, especialmente si el diseño prioriza flotabilidad y deformación. En las descripciones disponibles, GrowHR muestra limitaciones en locomoción terrestre: pasos más lentos, apoyos menos firmes, dificultad para cargar o empujar como lo haría un humanoide rígido.

Dicho de otro modo, el robot tiene cualidades de “nadador” y “contorsionista”, pero aún no es un buen “senderista”. Eso no lo invalida; lo coloca en una categoría distinta. Igual que no elegirías un coche de rally para maniobrar por canales, no tiene sentido medir un diseño anfibio blando con el mismo criterio que un humanoide metálico pensado para levantar cajas.

Por qué importa: materiales, diseño y una pista sobre el futuro de los humanoides

GrowHR encaja en una tendencia más amplia: dejar de pensar en robots como máquinas rígidas y empezar a tratarlos como sistemas que combinan estructura, elasticidad, control y adaptación. El estudio en Science Advances es relevante porque propone un camino técnico concreto —estructuras “tipo hueso” inflables y controladas— para lograr una versatilidad que suele requerir varios robots distintos.

Que el proyecto salga de Shenzhen y se difunda rápidamente en medios internacionales también refleja el interés geopolítico y comercial por la robótica humanoide en China, con una carrera de prototipos que busca aplicaciones reales. Aun así, en el estado actual, GrowHR se presenta como prototipo y no como producto listo para el consumidor. En este tipo de sistemas, convertir un vídeo de laboratorio en un dispositivo confiable implica resolver autonomía, mantenimiento, durabilidad de materiales y control fino en terreno irregular, cuestiones que suelen llevar más tiempo que el “momento wow” de la demostración.