Un cambio mínimo en la receta del FeTeSe acerca los superconductores topológicos a la computación cuántica práctica

Publicado el

noticia1_quantum

La promesa de la computación cuántica no es tener un ordenador “más rápido” para todo, sino uno capaz de abordar ciertos problemas que a los sistemas clásicos se les atragantan porque el número de combinaciones crece como una bola de nieve cuesta abajo. Simular moléculas complejas con fidelidad química o poner a prueba algunos esquemas de criptografía son ejemplos típicos: incluso con supercomputadores, llega un punto en el que el cálculo se vuelve inmanejable.

El problema es que esa potencia cuántica es frágil. Los estados cuánticos se comportan como una pompa de jabón: útiles y bellos, pero se rompen con cualquier vibración, calor residual o ruido electromagnético. Por eso el gran objetivo industrial no es solo “hacer qubits”, sino hacerlos con tasas de error lo bastante bajas como para que la corrección de errores no se coma todo el avance. En ese tablero de ajedrez, los materiales importan tanto como la electrónica o el software.

El “santo grial” de los superconductores topológicos

Entre las rutas más atractivas aparece una familia rara: los superconductores topológicos. La idea suena abstracta, pero puede explicarse con una metáfora cotidiana. Imagina una autopista con carriles protegidos por barreras: aunque haya baches alrededor, los coches siguen avanzando sin salirse. En un superconductor topológico, ciertas propiedades cuánticas se comportan como esos carriles: están “protegidas” por la topología, un tipo de robustez matemática que no depende de pequeños detalles. Esa protección es justo lo que se busca para almacenar y manipular información cuántica con menos sensibilidad al ruido.

El reto es que esos materiales son escasos y difíciles de conseguir de forma controlada. Muchas propuestas requieren combinaciones delicadas de ingredientes, interfaces complicadas o procesos de fabricación muy afinados. Por eso resulta llamativo cuando un equipo demuestra que, en un sistema prometedor, el acceso a ese estado puede depender de algo tan aparentemente simple como ajustar una proporción química.

El material protagonista: hierro, telurio y selenio en una película ultrafina

El trabajo del que se hace eco SciTechDaily, atribuido a investigadores de la University of Chicago Pritzker School of Molecular Engineering y de West Virginia University, se centra en iron telluride selenide, conocido como FeTeSe (hierro–telurio–selenio). Este material ya había generado interés por combinar varios ingredientes “de manual” para explorar superconductividad con comportamiento topológico: superconductividad intrínseca, acoplamiento espín–órbita notable y un papel importante de las interacciones colectivas entre electrones.

Hasta aquí, nada garantiza que el sistema se comporte como un superconductor topológico de forma reproducible. En cristales voluminosos, además, aparece un inconveniente práctico: la composición puede variar de una zona a otra, como un bizcocho que no queda igual en el centro que en los bordes. Para tecnología, esa irregularidad es veneno.

La apuesta del equipo fue trabajar con películas ultrafinas. En el mundo de dispositivos, una película es más parecida a una lámina de cocina bien extendida que a una roca: se puede depositar, medir, repetir y, lo más importante, integrar en procesos de fabricación. Si algún día se quieren circuitos cuánticos basados en este tipo de materiales, el formato “film” es casi obligatorio.

El truco: un dial químico para ajustar las correlaciones electrónicas

La novedad clave es conceptual y práctica: en FeTeSe, la relación entre telurio y selenio funciona como un dial que regula las correlaciones electrónicas. Dicho sin jerga, las correlaciones describen hasta qué punto los electrones “se sienten” entre sí y se condicionan mutuamente. En materiales cuánticos, esa convivencia no es un detalle menor: puede decidir qué fase aparece, igual que la cantidad de levadura y la temperatura cambian por completo el resultado del pan.

Según el trabajo publicado en Nature Communications (artículo fechado el 26 de diciembre de 2025), al ajustar esa proporción Te/Se los investigadores observaron que el material atraviesa distintas fases cuánticas y que, en una región concreta del “dial”, emerge el estado buscado de superconductividad topológica. Haoran Lin, primer autor, lo describía con una imagen directa: si las correlaciones son demasiado fuertes, los electrones se “congelan” y pierden movilidad; si son demasiado débiles, el material deja de sostener sus propiedades topológicas. En el punto intermedio aparece la combinación buena: ni hielo ni agua hirviendo, sino el estado justo para que el fenómeno se estabilice.

Esta forma de contarlo es importante porque desplaza el foco. No se trata solo de “tener el material correcto”, sino de entender qué palanca física gobierna el resultado y cómo accionarla de manera repetible. En este caso, la palanca es doblemente atractiva: no exige un truco exótico de laboratorio, sino una modificación controlable de la composición durante el crecimiento del film.

Dos transiciones que ayudan a entender el mapa de fases

En la investigación se habla de “múltiples fases” y de un recorrido a través de transiciones cuánticas al variar la química. Aunque el detalle técnico completo pertenece al artículo científico, la idea general se entiende como si estuviéramos sintonizando una radio analógica. Girar el dial no solo cambia el volumen; a veces pasas por interferencias, luego encuentras una emisora, luego otra. Aquí el dial Te/Se modifica el equilibrio entre superconductividad, topología y correlaciones. Ese tránsito permite identificar en qué rango el sistema deja de ser “ordinario” para comportarse como plataforma de topological superconductivity.

Un punto adicional, señalado por Subhasish Mandal (West Virginia University), es que FeTeSe es un banco de pruebas especialmente interesante porque reúne varias “fuerzas” cuánticas que pueden cooperar o competir. Cuando hay competencia, pequeños cambios provocan grandes efectos, y eso, bien aprovechado, es una oportunidad para diseñar.

Ventajas prácticas frente a otras plataformas: temperatura y fabricabilidad

Más allá del atractivo fundamental, el trabajo insiste en la ingeniería. Muchos candidatos a superconductores topológicos se apoyan en sistemas que requieren temperaturas ultrabajas, del orden de 1 kelvin en plataformas basadas en aluminio, lo que complica la refrigeración y encarece la infraestructura. En cambio, estas películas de FeTeSe operarían como superconductor a temperaturas más altas, en torno a 13 kelvin, lo que sigue siendo criogénico, pero entra de forma más cómoda en el rango accesible con helio líquido y criostatos estándar.

La otra ventaja es la del “formato”. Una película ultrafina es más compatible con procesos de microfabricación: se puede patronar, definir geometrías, crear contactos y explorar arquitecturas de dispositivo. Lin lo explicaba con una comparación implícita muy del mundo real: no es lo mismo construir un circuito a partir de capas uniformes que intentar arrancar láminas de un cristal como quien separa hojas de una piedra; la reproducibilidad manda.

En paralelo, el equipo menciona colaboraciones con otros grupos para llevar esas películas a prototipos y seguir caracterizando propiedades relevantes. Es el paso lógico: si el dial químico funciona en medida y teoría, la siguiente pregunta es si se mantiene cuando el material se integra en estructuras que deben operar como elementos de un circuito cuántico.

Lo que cambia este enfoque en la búsqueda de materiales cuánticos

Hay una lectura estratégica detrás de todo esto. La carrera por la computación cuántica tolerante a fallos se apoya en varios caminos: superconductores convencionales, iones atrapados, fotónica, espines en semiconductores. La apuesta por estados topológicos siempre ha seducido porque promete estabilidad “incorporada”. Pero a menudo se ha topado con el mismo muro: materiales difíciles, condiciones delicadas, señales discutidas o falta de control. Un método de ajuste que se parezca a una receta —pon un poco más de selenio, un poco menos de telurio— no resuelve todos los desafíos, pero sí cambia el tipo de problema. En lugar de buscar una aguja en un pajar, pasas a tener un mapa con coordenadas y un mando para moverte por él.

También es un recordatorio de que la química no es solo “poner ingredientes”, sino una forma de ingeniería tan fina como el diseño de un chip. Cambiar la proporción Te/Se no es un capricho: es una manera de reconfigurar la forma en que los electrones se organizan colectivamente. En materiales cuánticos, esa organización es el equivalente a la arquitectura en un edificio: define qué es posible dentro.