Una nueva “serpiente lobo” de Gran Nicobar revela cuánto falta por descubrir en las islas remotas

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urante años, una serpiente vista en la isla de Gran Nicobar se movió en una zona gris de la ciencia: estaba registrada, pero nadie podía asegurar con total certeza qué era. Se la había colocado dentro del amplio grupo de Lycodon subcinctus, un “cajón” taxonómico en el que a veces acaban especies parecidas cuando faltan datos finos. Esa etiqueta provisional duró más de una década, hasta que varios indicios empezaron a señalar que la población nicobaresa tenía una historia propia.

La clave fue tratar el caso como se trataría una sospecha clínica difícil: volver al “expediente”, revisar muestras antiguas y tomar nuevas “pruebas”. Eso es, en esencia, lo que hicieron R. S. Naveen y S. R. Chandramouli (Universidad de Pondicherry), Zeeshan A. Mirza (Instituto Max Planck de Biología) y Girish Choure (Pune) al reexaminar material previo, sumar un ejemplar de museo que no se había estudiado en detalle y recoger nuevos especímenes. El resultado fue una descripción formal en la revista Evolutionary Systematics, divulgada por Pensoft Publishers, que confirmó una nueva especie: Lycodon irwini, conocida como la serpiente lobo de Irwin.

Qué significa “serpiente lobo” y por qué su identificación no es trivial

El término serpiente lobo suena a criatura de leyenda, pero describe a un grupo real de culebras del género Lycodon. No son lobos en miniatura, claro: la comparación suele venir por la forma de sus dientes y su manera de sujetar presas pequeñas, como si fueran pinzas bien diseñadas para agarrar. En la práctica, son serpientes que muchas veces pasan desapercibidas, con hábitos nocturnos y una vida ligada a refugios húmedos, hojarasca, troncos o grietas.

Identificar con precisión a una especie de este grupo puede ser como distinguir entre llaves parecidas en un llavero grande: a simple vista todas “abren puertas”, pero una muesca mínima cambia cuál encaja. En herpetología, esas “muescas” son detalles de escamas, proporciones corporales y patrones de color, combinados con datos genéticos. Cuando una población está aislada en una isla remota, las probabilidades de que esas pequeñas diferencias se conviertan en una identidad propia aumentan con el tiempo.

El papel del ADN: una separación clara en números

La confirmación de Lycodon irwini no se apoyó solo en la apariencia. El equipo incorporó análisis molecular para contrastar si la serpiente nicobaresa era realmente parte del complejo L. subcinctus o una rama distinta. En genética de especies cercanas, no siempre hay fronteras perfectas, pero sí umbrales útiles: el estudio reporta una divergencia genética de un 6% o más respecto a otros miembros del complejo, un nivel que respalda el reconocimiento como especie separada.

Pensarlo en términos cotidianos ayuda: dos ediciones de un mismo libro pueden diferir en la portada y algún detalle tipográfico; siguen siendo el mismo título. Cuando las diferencias se acumulan capítulo a capítulo, ya no es una reedición: es otro libro. En este caso, el ADN aportó ese “cambio de capítulos” que la sospecha taxonómica venía apuntando.

Rasgos físicos que la hacen distinta dentro del grupo

En la descripción, la nueva especie aparece como una serpiente de aspecto elegante: adultos de color negro brillante, con longitud cercana al metro. Ese negro lustroso funciona casi como un abrigo impermeable en un entorno húmedo, y también como una seña de identidad porque, a diferencia de muchas serpientes lobo, carece por completo de las típicas bandas dorsales blancas que suelen verse en especies relacionadas.

Hay, además, una combinación de caracteres que llama la atención porque no suele aparecer junta en el grupo: la presencia ocasional de una escama preocular (un rasgo ausente en parientes cercanos), escamas prefrontales que no tocan la órbita y recuentos inusualmente altos de escamas ventrales y subcaudales. Dicho sin jerga: su “mapa” de escamas tiene un diseño propio, como si el patrón de costuras de una prenda se hubiera alterado de forma consistente.

Estos detalles importan porque, en taxonomía, la identidad no se decide por un único rasgo espectacular, sino por el conjunto. Una marca aislada puede variar entre individuos; una combinación estable, sumada a genética, es una firma.

Una especie rara en una isla aún más rara de estudiar

El dato más inquietante no es solo que sea nueva: es lo poco que se la ha visto. La especie está confirmada por apenas cuatro registros, algo inusual incluso para reptiles insulares. Tras múltiples prospecciones, esa escasez sugiere varios escenarios: que sea naturalmente poco abundante, que sea extremadamente esquiva, o que dependa de microhábitats muy específicos dentro de los bosques siempreverdes húmedos de la isla.

La isla funciona como una casa grande con habitaciones que casi nadie abre. Aunque se recorra el pasillo muchas veces, si el animal vive detrás de una puerta concreta —un tipo de suelo, una franja de humedad, una combinación de refugios— se puede pasar por alto durante años. En islas como Gran Nicobar, la fragmentación del hábitat o cambios sutiles en el entorno pueden tener efectos desproporcionados: hay menos margen para “mudarse” a otra zona cuando el espacio es limitado.

Endemismo y conservación: por qué la etiqueta importa

Los autores señalan que Lycodon irwini parece ser una especie endémica de Gran Nicobar, dentro del archipiélago de Andamán y Nicobar. Endémica significa, literalmente, “de aquí y solo de aquí”. Esa condición es valiosa porque habla de una evolución particular, pero también frágil: si algo va mal en ese punto del mapa, no hay una población alternativa a cientos de kilómetros que pueda sostener a la especie.

Por esa razón, y por su distribución tan estrecha, el equipo sugiere considerarla En Peligro (Endangered). No hace falta imaginar amenazas novelescas para entender el riesgo: en islas pequeñas, la presión humana, la transformación del territorio, la alteración de bosques y el impacto de infraestructuras suelen concentrarse, y cualquier pérdida de cobertura forestal afecta a especies que dependen de humedad constante y refugios estables.

También conviene subrayar un matiz: que una serpiente sea no venenosa no la coloca automáticamente a salvo. La percepción social puede ser igual de peligrosa, y la falta de datos puede retrasar medidas de protección. Nombrar y describir una especie es como ponerle matrícula a un vehículo: sin ese registro, es mucho más difícil vigilar, planificar y proteger.

Dieta probable y su papel silencioso en el ecosistema

Aunque aún queda por conocer su ecología en detalle, los autores apuntan que podría alimentarse de reptiles, anfibios y pequeños mamíferos. En términos de “equilibrio doméstico”, sería como un control discreto de poblaciones, una presencia que evita que ciertos grupos se disparen. En bosques húmedos, ese tipo de depredadores medianos actúa como una bisagra: no son los protagonistas visibles, pero ayudan a que la puerta del ecosistema no se desencaje.

La combinación de tamaño, hábitos posiblemente nocturnos y preferencia por entornos forestales sugiere que su actividad puede pasar inadvertida a ojos humanos, incluso cuando está cerca. Esa invisibilidad cotidiana es una de las razones por las que la biodiversidad real de lugares remotos tiende a estar subestimada.

Un nombre con mensaje: el homenaje a Steve Irwin

El epíteto irwini no es casual: la especie fue nombrada en honor a Stephen Robert Irwin (Steve Irwin), divulgador y conservacionista australiano. El gesto tiene un componente simbólico claro. Irwin popularizó una forma de educación ambiental que mezclaba entusiasmo y respeto por animales que suelen provocar miedo. Dedicarle una nueva serpiente no solo reconoce su influencia, también recuerda que la conservación necesita tanto ciencia como comunicación.

En la publicación, los autores explican que su trabajo estuvo inspirado por esa pasión por educar y proteger la fauna. Es un recordatorio práctico: descubrir especies nuevas no es un ejercicio de coleccionismo académico; es una forma de ampliar el inventario de vida que puede perderse sin que nadie sepa siquiera que existía.

Taxonomía en marcha: la biodiversidad todavía tiene páginas sin abrir

La historia de Lycodon irwini muestra algo que a veces se olvida: la taxonomía sigue siendo una disciplina activa, con hallazgos que no ocurren solo en selvas “vírgenes” o en expediciones épicas, sino también revisando un espécimen de museo y cruzando datos con genética moderna. La propia frase de los investigadores en su estudio apunta a esa idea: el conocimiento sobre la diversidad y la distribución de la herpetofauna regional está incompleto, y cada nueva especie descrita ajusta el mapa.

En términos sencillos, es como actualizar un plano de una ciudad que creíamos conocer. Calles que no estaban dibujadas aparecen cuando alguien recorre el barrio con más detalle. En islas remotas como Gran Nicobar, ese “barrio” todavía guarda muchas esquinas sin cartografiar.