¿Batería de Bagdad o simple vasija? Nuevos experimentos reabren un debate de casi un siglo

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Ilustración surrealista de una batería gigante que vierte líquidos oscuros en un río contaminado, mientras una ciudad futurista flota sobre ella y pueblos ruinosos se disuelven en el entorno

Pocas piezas de la arqueología han generado una discusión tan persistente como la llamada batería de Bagdad: un artefacto de 2.000 años hallado en lo que hoy es Irak y que, según algunas interpretaciones, podría haber funcionado como una forma temprana de “pila”. La idea suena tentadora porque conecta con algo muy cotidiano: una batería que cabe en la mano y alimenta un dispositivo. Solo que, en este caso, estaríamos hablando de un objeto antiguo, de barro y metal, miles de años antes de que las pilas modernas fueran un producto de consumo.

El debate acaba de recibir combustible nuevo a raíz de una reconstrucción experimental divulgada por Chemistry World a partir de un estudio de Alexander Bazes, investigador independiente. Su planteamiento sostiene que, si la vasija se montaba de cierta manera y con ciertos materiales, podía generar un voltaje sorprendente para su época. La discusión, sin embargo, sigue partida: hay quien ve un posible ingenio eléctrico; hay quien insiste en que lo más razonable es entenderlo como un objeto ritual o mágico, no tecnológico.

Qué se encontró y por qué resulta tan ambiguo

El objeto original, según los registros históricos, consistía en una jarra de arcilla que contenía un cilindro de cobre y, en el centro, una varilla de hierro. A ojos modernos, esa combinación recuerda a la receta básica de una celda galvánica: dos metales distintos y una sustancia que permita el intercambio químico, como si fuera el “caldo” donde ocurre la reacción. Es el mismo principio que, siglos más tarde, formalizó Alessandro Volta, el científico asociado a la pila eléctrica y al que debemos el nombre del “voltio”.

El problema es que la “receta” no implica intención. Encontrar cobre y hierro juntos dentro de un recipiente no prueba por sí solo que alguien quisiera producir electricidad, del mismo modo que ver harina, azúcar y huevos en una encimera no garantiza que alguien estuviera horneando un bizcocho: podrían estar guardados, mezclados por accidente, o formar parte de otro proceso. Esta es una de las razones por las que la batería de Bagdad ha sido un rompecabezas tan resistente.

La dificultad crece por un detalle crucial: el artefacto original se perdió tras la invasión de Irak en 2003, según se ha señalado en la cobertura del tema. Al no poder analizar la pieza con técnicas modernas, los investigadores dependen de descripciones, fotos, notas de excavación y reconstrucciones. Es como intentar diagnosticar un coche solo con una fotografía antigua y un recuerdo parcial de cómo sonaba el motor.

La reconstrucción de Bazes: más potencia de la que se pensaba

La principal objeción histórica a la hipótesis “batería” ha sido la potencia. Varias recreaciones del pasado sugerían que, aun si funcionaba como pila, produciría una corriente tan débil que costaría justificar su fabricación con un propósito práctico. Bazes responde con un enfoque distinto: propone que no era una sola celda interna, sino un sistema con dos “zonas” de reacción, aprovechando propiedades del propio barro.

Según su reconstrucción, la pared porosa de la jarra de arcilla habría actuado como separador entre un electrolito —se ha sugerido una sustancia como la lejía o compuestos similares— y el aire exterior. En ese escenario, el cilindro de cobre no solo sería un contenedor, también participaría como parte de una celda externa. Paralelamente, la varilla de hierro dentro del cilindro de cobre funcionaría como otra parte del sistema, creando una especie de “serie” que elevaría el resultado final.

El número que llama la atención es el voltaje estimado: alrededor de 1,4 voltios, cercano al de una pila AA moderna (aproximadamente 1,5 V). Es una cifra fácil de visualizar: no te enciende una casa, pero sí puede provocar efectos perceptibles en reacciones químicas y en ciertos materiales. En términos cotidianos, no es un generador industrial; se parece más a una chispa controlada que puede impulsar un pequeño “truco” químico repetible.

Bazes, según la información recogida por Chemistry World, también enfatiza el “cómo”: su experimento buscaría una manera “efectiva y conveniente” en que el artefacto podría haberse usado si realmente era una batería. Este matiz es importante porque acerca el debate a una pregunta práctica: ¿el montaje propuesto encaja con usos realistas para la gente que lo habría fabricado?

Electrochapado: una explicación popular, pero con grietas

Durante años, una hipótesis muy difundida —a veces con tono sensacionalista— sugería que la batería de Bagdad se empleó para electrochapado: recubrir objetos, como joyas, con una fina capa metálica mediante electricidad. Suena plausible si uno piensa en talleres artesanales buscando acabados brillantes, como si el artefacto fuese una herramienta “secreta” para dorar superficies.

Bazes se distancia de esa idea. Su interpretación no apuesta por talleres de joyería conectando “pilas” antiguas para bañar metales, una imagen atractiva pero difícil de sostener con evidencia sólida. El electrochapado requiere control, repetición, y un contexto tecnológico y material coherente. Sin pruebas arqueológicas complementarias —restos de instalaciones, patrones de producción, huellas claras del proceso—, la propuesta se queda en una historia llamativa que no termina de encajar.

Este punto ilustra una regla sana para leer la ciencia y la arqueología: cuando una explicación parece demasiado perfecta, conviene pedirle más. No porque sea imposible, sino porque la historia real suele ser menos cinematográfica y más dependiente de pequeños indicios acumulados.

Una alternativa más “terrenal”: un recipiente ritual para plegarias

La lectura escéptica la representa, en esta historia, el arqueólogo William Hafford, de la Universidad de Pensilvania, quien ha investigado el caso en profundidad y también fue citado por Chemistry World. Su postura da un giro completo: el objeto no sería una batería, sino un recipiente sagrado usado para almacenar plegarias, parte de prácticas rituales.

Según esta interpretación, la escena sería más parecida a un buzón simbólico que a un laboratorio. Las oraciones se introducirían por el cuello de la jarra, se sellarían con betún y se enterrarían como parte de un rito dedicado a deidades ctónicas, asociadas al mundo subterráneo. Hafford apoya su argumento en el contexto: se han encontrado otros objetos “mágicos” enterrados en la zona, lo que sugiere un patrón de uso ritual.

Hay un detalle que resulta especialmente persuasivo para los escépticos: se habría hallado cerca una jarra similar con diez recipientes de cobre. Si el objetivo fuera fabricar una batería funcional, diez “vasos” internos dentro de un mismo contenedor suenan poco prácticos, casi como poner diez pilas dentro de una sola carcasa sin conexiones claras. Desde esta perspectiva, el cobre y el hierro no serían electrodos; la varilla podría corresponder a clavos u otros elementos empleados en el ritual, no en un circuito.

La idea no niega que pueda existir una reacción química incidental. Un objeto ritual puede generar efectos físicos inesperados si combina materiales reactivos; la cuestión es si esos efectos eran el propósito o un subproducto.

Si no podemos ver el original, ¿qué tipo de evidencia puede cerrar el caso?

Aquí el debate se vuelve tan fascinante como frustrante. La ausencia del objeto original obliga a basarse en reconstrucciones. Eso no invalida la ciencia experimental, pero eleva el listón: cualquier afirmación necesita apoyarse en varias patas a la vez, como una mesa que no se sostiene con una sola.

Por un lado, los experimentos como los de Bazes pueden mostrar que un diseño “a lo Bagdad” puede producir electricidad bajo condiciones concretas. Eso aporta plausibilidad física: el mecanismo no es magia, funciona. Por otro lado, la arqueología pide intención y contexto: ¿hay pruebas de que se usaba un electrolito específico? ¿Se han hallado residuos químicos compatibles con ese uso? ¿Existen textos, herramientas o patrones de depósito que apunten a un propósito eléctrico?

Bazes plantea una posibilidad alternativa con sabor ritual que intenta tender un puente entre ambas visiones: que la “batería” se utilizara para “corroer ritualmente” plegarias escritas en papel, de forma que la corrosión visible se interpretara como señal de una influencia energética atravesando la oración. Es una propuesta interesante porque no exige un taller metalúrgico sofisticado; se parece más a una demostración simbólica, como esas experiencias sencillas que sorprenden por el efecto visible. Aun así, esta hipótesis también necesita respaldo material: restos de papel, tintas, betunes, patrones de enterramiento, o evidencias químicas coherentes con esa práctica.

La historia, tal como la han contado medios como Futurism y Chemistry World, queda así en un punto intermedio: la física permite que funcione como batería; la lectura cultural y arqueológica todavía no decide si esa capacidad fue buscada o accidental. En ciencia, esa diferencia lo cambia todo.