La neurotecnología lleva años persiguiendo una idea sencilla de decir y difícil de ejecutar: escuchar al cerebro sin estorbarle. Cuando metes un objeto en un entorno blando y vivo como el tejido cerebral, cualquier “cable rígido” o pieza grande se comporta como una ramita en gelatina: el movimiento natural del cuerpo hace que roce, tire o irrite. Por eso resulta llamativo lo que han presentado investigadores junto a colaboradores: un implante cerebral inalámbrico tan diminuto que puede posarse sobre un grano de sal y, aun así, registrar actividad eléctrica y enviarla al exterior sin cables ni batería durante más de un año en animales vivos.
El dispositivo se llama MOTE (microscale optoelectronic tetherless electrode), que puede traducirse como electrodo optoelectrónico microscópico sin “ataduras”. En tamaño, hablamos de unas 300 micras de largo por 70 micras de ancho, una escala comparable al grosor de un pelo humano en su dimensión más estrecha.
Qué problema intenta resolver: registrar neuronas sin cables que “tiren” del cerebro
Los implantes neurales tradicionales suelen depender de cables (tethers) para alimentar el sistema y sacar datos. Esos cables son útiles, pero también son el punto débil cuando se busca seguimiento a largo plazo: el cerebro no está quieto; late, se desplaza ligeramente, y el animal o la persona se mueve. Esa micro-mecánica puede inflamar el tejido y afectar a la estabilidad de la señal con el tiempo.
La apuesta del MOTE es llevar al extremo la miniaturización para que el propio implante se parezca más a un granito que a un “palito”, reduciendo la perturbación local. Es una aproximación parecida a cambiar unas botas duras por unas zapatillas blandas cuando quieres caminar sin dejar huella: cuanto menos invadas, menos respuesta defensiva provocas.
Energía y datos por luz: la clave está en la optoelectrónica (sin batería)
Lo más ingenioso no es solo el tamaño, sino el “cómo vive” el implante dentro del cuerpo. En lugar de batería o bobinas inductivas, el sistema se alimenta con luz roja e infrarroja proyectada desde el exterior, longitudes de onda capaces de atravesar tejido con relativa seguridad si se controlan las intensidades. Esa luz entrante se convierte en energía eléctrica gracias a un diodo semiconductor (basado en aluminio-galio-arseniuro, según las descripciones del equipo y los materiales del artículo). Con esa energía, el circuito amplifica las señales eléctricas neuronales y las codifica.
Para enviar los datos de vuelta, el MOTE emite pulsos breves de luz infrarroja hacia un receptor externo. Es como comunicarse con una linterna en código Morse, pero en versión microchip y con un esquema de codificación muy eficiente energéticamente, pensado para gastar poquísimo al transmitir. En la cobertura institucional se menciona el uso de una codificación basada en modulación por posición de pulso, habitual en comunicaciones ópticas, precisamente por su eficiencia.
Qué registró en el cerebro: de “picos” neuronales a actividad sináptica
El equipo probó el sistema primero en cultivos celulares y después implantándolo en ratones, en una zona concreta: el córtex de barriles, relacionado con la información sensorial de los bigotes. Durante aproximadamente 365 días, el MOTE fue capaz de captar tanto picos rápidos asociados a disparos neuronales como patrones más amplios vinculados a actividad sináptica, manteniendo a los animales activos y sanos según las descripciones disponibles.
Aquí conviene traducirlo a una imagen cotidiana. Si observar el cerebro con técnicas de imagen fuera como ver una ciudad desde un satélite (se perciben “zonas” que se encienden), los registros eléctricos finos se parecen más a poner un micrófono en una calle: escuchas el tráfico real, con sus cambios rápidos. El reto siempre ha sido colocar ese “micrófono” sin que la instalación moleste a la ciudad. Este implante intenta precisamente eso a escala microscópica.
Por qué importa el tamaño: menos respuesta inmune, más estabilidad, nuevas combinaciones
Reducir el volumen del implante no es una obsesión estética; es una estrategia biológica. Cuanto más grande es un cuerpo extraño, más probable es que el tejido reaccione envolviéndolo, inflamándolo o creando una “cicatriz” microscópica que aísle el electrodo y degrade la señal. Un dispositivo subnanolitro (como se describe en el título del artículo científico) juega en otra liga: se acerca a ser “casi invisible” para el entorno, al menos comparado con interfaces más voluminosas.
En la comunicación pública del proyecto se apunta otro ángulo interesante: la composición y el diseño podrían hacer más viable registrar actividad eléctrica durante una resonancia magnética (MRI), algo que con implantes convencionales es complicado por compatibilidad de materiales y riesgos de calentamiento o artefactos. Esto todavía suena a “posibilidad” y no a producto listo, pero marca una dirección: combinar la riqueza espacial de la imagen con la precisión temporal del registro eléctrico.
Qué aplicaciones abre: registro neuronal crónico, sensores integrados y otras zonas del cuerpo
La promesa más directa está en el registro neuronal crónico para investigación: estudiar aprendizaje, envejecimiento, recuperación tras lesión o progresión de enfermedades en escalas de meses, sin depender de cables que limiten movimiento y sin la necesidad de modificar genéticamente neuronas, como ocurre en ciertas técnicas ópticas.
A partir de ahí, la idea se puede extender a sensores biointegrados en otros tejidos, como médula espinal, o a diseños futuros donde parte de la optoelectrónica esté integrada en placas o estructuras implantables. En materiales públicos del proyecto se sugiere ese tipo de evolución tecnológica, todavía en fase de concepto.
Lo que falta por resolver: del ratón al uso clínico hay una travesía larga
El impacto mediático de “el implante más pequeño” puede distraer de lo esencial: convertirlo en una herramienta clínica requiere superar varios filtros. Está la escalabilidad, porque una cosa es registrar desde un punto y otra hacerlo con muchos canales de forma robusta. Está la logística óptica: si el implante se alimenta y transmite por luz, el sistema externo debe asegurar alineación y condiciones estables, algo más sencillo en experimentación controlada que en vida cotidiana.
También está la pregunta de la durabilidad real en escenarios complejos: un año en ratón es un hito, pero el cuerpo humano y sus exigencias de seguridad son otro nivel. La ciencia aquí avanza por iteraciones, como cuando una bicicleta de carreras funciona perfecta en pista y luego toca adaptarla a una ciudad con baches, lluvia y tráfico.
Quién lo firma y cómo se ha financiado
El trabajo está liderado por Alyosha Molnar y Sunwoo Lee, y se publicó en Nature Electronics el 3 de noviembre de 2025 con el título “A subnanolitre tetherless optoelectronic microsystem for chronic neural recording in awake mice”. En las notas asociadas se menciona apoyo de los National Institutes of Health y fabricación parcial en una instalación universitaria respaldada por la National Science Foundation.
