Los microplásticos se han convertido en ese “polvillo” moderno que parece colarse en todas partes: en el agua, en el suelo, en organismos vivos y también en el aire. La idea general no cambia: hay contaminación plástica dispersa por el planeta. Lo que sí podría estar cambiando es la magnitud de la cifra cuando hablamos de microplásticos atmosféricos. Un trabajo publicado el 21 de enero de 2026 en Nature, liderado por la científica ambiental Ioanna Evangelou (Universidad de Viena), sugiere que algunas estimaciones sobre cuántas partículas hay flotando podrían estar sobredimensionadas, incluso por varios órdenes de magnitud, si se comparan con lo que se está midiendo realmente en muestras ambientales.
Conviene subrayar el matiz: que ciertos estudios estén sobreestimando cantidades no equivale a que el problema sea menor o “inventado”. Evangelou lo plantea con prudencia: sigue habiendo microplásticos en la atmósfera, pero la ciencia necesita una forma más consistente de medirlos y de comparar resultados entre países, laboratorios y técnicas.
Qué estamos llamando microplástico, y por qué importa el tamaño
Cuando se habla de microplásticos, se suele meter en el mismo saco un rango enorme: desde 1 micrómetro hasta unos 5 milímetros. Por debajo de 1 micrómetro entramos en el terreno de los nanoplásticos, que son todavía más pequeños y, por su escala, más difíciles de detectar y clasificar. En la práctica, medir partículas tan diminutas se parece a intentar contar granos de sal en una playa usando linternas distintas: la luz, el ángulo y el método cambian lo que “ves” y lo que crees que hay.
Esa diversidad de tamaños no es un detalle técnico sin más. Afecta a cómo viajan por el aire, cuánto tiempo permanecen en suspensión y dónde acaban depositándose. Afecta también a la pregunta que más inquieta al público: el impacto en la salud humana. La investigación sobre efectos biológicos sigue siendo temprana; si no tenemos claro el nivel real de exposición, es difícil discutir con rigor qué significa “mucho” o “poco” y qué umbrales serían preocupantes.
El precedente del “exceso” en el cerebro y la llamada a medir mejor
El trabajo de Nature se publica en un contexto sensible. En 2025, un estudio en Nature Medicine levantó mucha atención mediática al abordar concentraciones de microplásticos en tejido cerebral; después se abrió el debate sobre si parte de esas cifras podían estar sobreestimadas, lo que reforzó la idea de que hace falta más control y armonización de procedimientos. Ese eco importa porque muestra un patrón: cuando cada grupo mide con protocolos distintos, comparar estudios puede ser como comparar temperaturas tomadas con termómetros descalibrados.
La discusión no se limita a “cuánto hay”, sino a “cómo lo estamos midiendo”. En microplásticos, una diferencia en filtros, en preparación de la muestra o en el instrumento de identificación puede cambiar el recuento final de forma notable. Si cada laboratorio juega con reglas ligeramente distintas, el mapa global resultante queda lleno de saltos y contradicciones.
Por qué las estimaciones globales bailan tanto
Las estimaciones publicadas sobre concentración de micropartículas en el aire varían muchísimo, a veces por órdenes de magnitud. Una razón es la propia complejidad del fenómeno: hay fuentes múltiples, partículas de composición distinta y una circulación atmosférica que mezcla, transporta y deposita material a escalas enormes.
Otra razón es metodológica: algunas mediciones regionales se han usado como base para inferir emisiones globales. Si el punto de partida es una zona concreta (por ejemplo, regiones del oeste de Estados Unidos, como en trabajos previos citados en el debate), el riesgo es extrapolar demasiado. Es un poco como estimar cuánto llueve en un continente entero mirando el pluviómetro de un solo barrio: puede orientar, pero no basta para cerrar cifras con seguridad.
El enfoque del nuevo estudio: cruzar modelos con muestras reales
Evangelou y su equipo intentaron ordenar el rompecabezas con una estrategia de doble vía. Por un lado, recopilaron estudios que estimaban emisiones de microplásticos a escala global. Por otro, reunieron trabajos que medían microplásticos en muestras ambientales reales, tomadas en muchos lugares del planeta. La idea fue usar el segundo grupo como “prueba de realidad” para validar el primero.
Con las estimaciones de emisiones, alimentaron un modelo atmosférico que simula cómo se transportan contaminantes en el aire. Ese tipo de simulación es habitual en ciencia climática y de calidad del aire: pones una fuente, dejas que el modelo “mueva” las partículas con vientos, lluvias y procesos de deposición, y obtienes concentraciones previstas en distintas regiones. Luego viene el examen: comparar lo que el modelo predice con lo que los científicos han medido sobre el terreno.
Ahí apareció el choque. En 283 localizaciones de todo el mundo, las concentraciones observadas en las muestras no encajaban con lo que el modelo predecía a partir de algunas estimaciones de emisiones. En ciertos casos, las mediciones resultaban órdenes de magnitud menores que las concentraciones modelizadas. Cuando un modelo y las observaciones discrepan tanto, no significa automáticamente que “el modelo esté mal” o que “las muestras estén mal”; suele significar que las suposiciones de entrada, la cobertura de datos o los métodos de medición no están alineados.
Tierra y océano: quién aporta más al aire, según esta revisión
Una conclusión cuantitativa del estudio es especialmente llamativa: las actividades en tierra emitirían unas 27 veces más partículas que el océano. Dicho de otro modo, aunque existe el intercambio mar-atmósfera, la fuente dominante estaría asociada a procesos terrestres vinculados a actividad humana y degradación de materiales.
Esto toca un punto de fricción con estimaciones previas sobre el papel del océano. La científica Natalie Mahowald (Universidad de Cornell), coautora de trabajos anteriores sobre emisiones desde el mar, reconoce que sus cálculos tenían barras de incertidumbre muy amplias, y que podrían ser compatibles con los nuevos resultados. Ese intercambio es valioso porque ilustra la situación real del campo: no es una batalla de “tú contra mí”, es una disciplina intentando cerrar rangos de incertidumbre con mejores datos y más consistencia.
La pieza incómoda: neumáticos, partículas y lo que se mide
Stephanie Wright (Imperial College London) introduce un matiz crítico sobre una parte de las entradas del modelo: incluir emisiones derivadas del desgaste de neumáticos. El desgaste de ruedas genera partículas, pero no siempre se contabilizan del mismo modo que los microplásticos típicos en los muestreos ambientales, porque pueden tener composiciones y señales analíticas distintas. Si metes esa fuente en el modelo pero luego tus filtros y técnicas de identificación no “capturan” bien ese tipo de partícula en el muestreo, el descuadre está servido.
Evangelou acepta la limitación, con un argumento pragmático: usar las partículas de neumáticos como proxy de actividades humanas que liberan material particulado asociado a plásticos o polímeros. Traducido a una imagen cotidiana: es como usar el ruido del tráfico como indicador de actividad urbana, aunque no estés identificando cada motor por separado. Funciona para intuir una tendencia, pero no sustituye una medición directa y específica.
Estandarización: el siguiente paso para que la cifra sea creíble
El mensaje de fondo no es “respiren tranquilos”, sino “midamos bien”. Si la comunidad científica quiere responder con seriedad cuánto hay, de dónde viene y qué implica para la salud y los ecosistemas, necesita estandarización de mediciones. Eso incluye acordar qué tamaños se cuentan, cómo se evita la contaminación cruzada en laboratorio, qué técnicas se usan para identificar polímeros, cómo se reportan los resultados y qué metadatos acompañan cada muestra (altura, condiciones meteorológicas, proximidad a fuentes, estación del año).
También implica ampliar geografía. Más datos en regiones poco muestreadas ayudan a evitar que el mapa global se construya desde pocos lugares. En un tema tan ubicuo como los microplásticos, el sesgo de muestreo puede ser silencioso pero enorme: si solo miras donde es fácil mirar, terminas creyendo que el planeta se comporta como ese puñado de sitios.
Qué cambia para el debate público y qué no cambia
Este tipo de resultados puede malinterpretarse si se presenta como una “rebaja” del problema. Lo responsable es leerlo como una mejora del termómetro. Si el termómetro anterior marcaba fiebre altísima y el nuevo sugiere fiebre moderada, el paciente sigue enfermo; lo que cambia es la precisión del diagnóstico y, con ella, la estrategia de tratamiento.
La exposición humana a partículas plásticas sigue siendo una cuestión abierta. Todavía se está construyendo la evidencia sobre efectos biológicos, rutas de entrada, acumulación y posibles consecuencias. Trabajos periodísticos y científicos en Nature y estudios en Nature Medicine muestran que la conversación está lejos de cerrarse, y que el campo necesita el mismo nivel de rigor que exigimos en otras áreas de contaminación ambiental: protocolos comunes, comparaciones honestas y rangos de incertidumbre transparentes.
