Un “gato de Schrödinger” con 7.000 átomos: cómo se estira la superposición cuántica y qué le está pasando a la ciencia en EE. UU.

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La superposición cuántica se suele contar con una historia famosa: un sistema puede estar “en dos estados a la vez” hasta que lo medimos. A fuerza de repetirse, a veces suena a juego filosófico. La parte interesante es que, en el laboratorio, la superposición no es una licencia poética: deja huellas medibles, igual que unas ondas en el agua dejan un dibujo cuando se cruzan. Si has visto dos altavoces reproduciendo el mismo tono y notado zonas donde el sonido se refuerza y otras donde casi desaparece, ya tienes la intuición: interferencia. En cuántica, esa interferencia aparece cuando un objeto se comporta como onda.

La novedad de estos días es que ese comportamiento ondulatorio se ha observado en un objeto muchísimo más grande de lo habitual: un conjunto de más de 7.000 átomos. Es un salto de escala que ayuda a explorar una pregunta con sabor muy humano: ¿dónde está el límite entre lo cuántico y lo cotidiano?

Qué significa “más grande” en cuántica: no es tamaño, es fragilidad

Cuando se habla de “el mayor gato de Schrödinger”, no se quiere decir que hayan metido una bola visible a simple vista en dos sitios a la vez. Lo que crece es la masa y la complejidad del objeto que logra mantener coherencia cuántica el tiempo suficiente como para producir interferencia. Cuantos más átomos tiene, más fácil es que el entorno lo “chive”: una colisión con una molécula de aire, un poquito de radiación térmica, una vibración minúscula. Es como intentar llevar una bandeja llena de copas hasta la mesa: con una sola copa ya puedes tropezar, pero con doce el margen de error se vuelve ridículo.

Por eso, ver interferencia en un objeto con miles de átomos es tan relevante. No es solo un récord; es una demostración de control sobre un sistema que, por naturaleza, tiende a perder su carácter cuántico.

El experimento: interferometría de ondas de materia con nanopartículas

El método se apoya en la idea de que la materia, igual que la luz, puede exhibir comportamiento ondulatorio. En una interferometría de ondas de materia, se prepara una partícula de forma que su trayectoria sea indistinguible entre dos caminos posibles, y después se recombinan. Si aparece un patrón de interferencia, el sistema no “eligió” un camino desde el principio: la descripción más directa es que estuvo en una superposición de posibilidades.

Aquí lo notable es el objeto: una nanopartícula formada por más de 7.000 átomos. En el trabajo se describe que la deslocalización del estado —la extensión espacial asociada a esa superposición— llega a superar ampliamente el tamaño físico de la propia partícula. Dicho de forma sencilla: no es que la partícula se “duplique” como en un truco de magia; es que la probabilidad asociada a su posición se distribuye como una onda que puede interferir consigo misma, y eso deja un patrón verificable.

Qué se pone a prueba: el borde entre lo cuántico y lo clásico

Este tipo de resultados tocan una zona delicada de la física: por qué la mecánica cuántica, que funciona tan bien en lo microscópico, no se nos presenta a diario en objetos macroscópicos. Hay propuestas teóricas que sugieren que, a partir de cierta escala, la naturaleza podría introducir algún mecanismo que haga colapsar la superposición “por sí sola”, sin necesidad de medir. Muchas de esas ideas predicen que, al aumentar masa, distancia o tiempo, la interferencia debería degradarse.

Cuando un experimento consigue interferencia con objetos más masivos, está empujando el listón: si existiera un “apagado” natural de la cuántica a gran escala, debería aparecer antes. Al no aparecer, esas propuestas quedan más constreñidas. No significa que el debate filosófico desaparezca, pero sí que el terreno experimental se estrecha, y eso en ciencia es oro.

¿Esto se traduce en tecnología cuántica mañana? La respuesta útil es matizada

Es tentador pensar: “si ya dominan superposiciones enormes, la computación cuántica está a la vuelta de la esquina”. La realidad es más matizada. La computación cuántica depende de qubits controlables, corrección de errores y escalabilidad. Este experimento es otra cosa: es una prueba de que se puede mantener coherencia en objetos complejos y medirla con precisión.

Aun así, hay conexión tecnológica. Aprender a aislar sistemas grandes del entorno, reducir fuentes de decoherencia y diseñar interferómetros robustos es conocimiento transferible a sensores cuánticos y a metrología de alta precisión. Piensa en la diferencia entre saber mantener una vela encendida en una habitación sin corrientes y lograrlo en una azotea con viento: no es lo mismo que fabricar una central eléctrica, pero te enseña muchísimo sobre control y estabilidad.

La otra cara del episodio: ciencia en EE. UU. tras un año de Trump 2.0

La conversación no se quedó en cuántica. También repasó cómo ha cambiado la investigación en Estados Unidos durante el primer año del segundo mandato de Donald Trump. El panorama que dibujan los reportajes recientes es de tensión sostenida: programas interrumpidos o congelados, reestructuraciones en agencias, y un clima de incertidumbre que afecta a planificación científica, contrataciones y continuidad de proyectos.

Hay una capa institucional interesante: no todo depende de una sola firma. El Congreso puede frenar o redirigir partidas, y se han visto choques entre propuestas de recortes y decisiones legislativas para mantener o elevar financiación en áreas estratégicas. Esto suele traducirse en un día a día extraño para los laboratorios: se anuncian cambios, se renegocian presupuestos, se alargan trámites, se retrasa la compra de equipamiento, se congela la incorporación de personal. La ciencia, que funciona por acumulación y continuidad, sufre especialmente cuando la regla del juego cambia a mitad de partida.

También aparecen decisiones sobre qué líneas de investigación se apoyan o se limitan por razones políticas o éticas. Un ejemplo reciente es el debate sobre financiación de investigaciones que utilizan determinados tipos de tejido biológico humano. Estas medidas no se quedan en la teoría: obligan a equipos a rediseñar métodos, buscar modelos alternativos y repetir validaciones que ya estaban encarriladas.

Dos guiños “ligeros” que aterrizan la ciencia en casa

Entre los temas principales, el episodio mencionó hallazgos que recuerdan que la ciencia también es una lupa sobre lo cotidiano.

Uno viene de la arqueología: el análisis de cerámicas antiguas sugiere formas tempranas de pensamiento matemático antes de que existieran registros escritos formales. Es una idea bonita porque pone la matemática en el terreno del hacer: en patrones repetidos, simetrías y decisiones de diseño que, sin números explícitos, ya implican reglas.

El otro hallazgo es de comportamiento animal: algunos perros especialmente dotados pueden aprender palabras nuevas simplemente escuchando conversaciones humanas, sin entrenamiento directo. Es el equivalente canino a enterarse por contexto: oyes “tráeme la bufanda” varias veces, miras hacia dónde va la persona, asocias el objeto… y un día lo aciertas. No es lo común en todos los perros, pero sí una ventana a cómo el aprendizaje social puede ocurrir sin instrucciones explícitas.