La Tierra está recibiendo estos días un “chaparrón” de partículas cargadas procedentes del Sol, como si nuestro planeta hubiera abierto el paraguas en mitad de una granizada invisible. Según el Space Weather Prediction Center (SWPC) de la NOAA, se ha activado una tormenta de radiación solar clasificada como S4 (severa) en una escala de cinco niveles. En palabras del propio SWPC, se trata del episodio más intenso de este tipo que alcanza la Tierra desde 2003, un dato que lo coloca en una liga poco frecuente por pura estadística y por sus posibles efectos prácticos.
El aviso no es un simple “parte meteorológico espacial” para curiosos: cuando una tormenta de radiación solar llega a valores S4, la preocupación se centra en la exposición a radiación en ciertas altitudes, el comportamiento de satélites y la coordinación de operaciones sensibles como lanzamientos espaciales. La información publicada por Gizmodo recoge que las partículas rápidas alcanzaron la Tierra el lunes, y que la situación seguía en seguimiento activo por parte de NOAA SWPC, con potencial de impacto en operaciones satelitales, lanzamientos espaciales y aviación.
Radiación solar: qué son esas partículas y por qué importan
Una tormenta de radiación solar ocurre cuando el Sol “dispara” una gran cantidad de partículas energéticas (principalmente protones) hacia nuestro entorno. Esas partículas pueden acelerarse cerca del Sol por procesos asociados a erupciones y actividad magnética. La clave aquí no es solo que salgan del Sol, sino que lleguen muchas y rápido, en un intervalo corto, como si una autopista se llenara de golpe de coches a máxima velocidad.
Cuando ese flujo alcanza la Tierra, no atraviesa el suelo como si nada, pero sí puede elevar los niveles de radiación en zonas donde normalmente ya estás menos protegido: el espacio cercano a la órbita terrestre, y la atmósfera superior. Por eso el foco se reparte entre astronautas (sobre todo en la Estación Espacial Internacional) y pasajeros o tripulaciones de vuelos que cruzan rutas polares, donde el “escudo” natural del campo magnético terrestre se comporta de forma distinta y la exposición puede ser mayor.
Quién vigila el fenómeno y qué medidas se activan
El SWPC de la NOAA funciona como una especie de torre de control del clima espacial. Cuando se detecta una tormenta severa, su trabajo no consiste solo en tuitear alertas: informa y coordina con agencias y sectores que pueden verse afectados. En el caso de esta S4, el centro ha señalado que la monitorización continúa para mantener al tanto a NASA, a la Administración Federal de Aviación (FAA) y a otros organismos.
En la práctica, eso puede traducirse en ajustes operativos. En el ámbito espacial, por ejemplo, los astronautas en la ISS pueden recibir instrucciones para permanecer en zonas con mejor blindaje del propio vehículo, algo parecido a moverte a la habitación más interior de casa cuando hay tormenta eléctrica fuerte. No es pánico: es gestión del riesgo. En satélites, la preocupación suele ir desde efectos en electrónica por radiación hasta alteraciones en sensores o degradación temporal de algunos sistemas, dependiendo del diseño y de la intensidad real del episodio.
Impacto en aviación: por qué importan las rutas polares
Las rutas polares son atractivas para aerolíneas por eficiencia de trayecto en determinados vuelos intercontinentales, pero también son una zona donde el “paraguas” del campo magnético ofrece una protección diferente ante partículas energéticas. Durante tormentas intensas, algunas aerolíneas pueden valorar cambios de ruta, ajustes de altitud o medidas de comunicación, porque la radiación y ciertas perturbaciones pueden afectar tanto a la exposición acumulada como a las comunicaciones de alta frecuencia en latitudes altas.
Conviene aterrizar esto con un ejemplo cotidiano: si normalmente caminas por una calle con soportales cuando llueve, te mojas menos; si sales a una avenida abierta, te empapas. En una S4, las rutas polares son más “avenida abierta” que “soportales”, y por eso entran en la conversación con más frecuencia que otros trayectos.
Cuánto puede durar una S4 y por qué no se “apaga” de golpe
Las tormentas de radiación solar de magnitud S4 pueden prolongarse durante días, y lo habitual es que vayan perdiendo fuerza con el tiempo. No es un interruptor: se parece más a una resaca de energía que llega en oleadas, dependiendo de cómo el Sol haya emitido esas partículas y de cómo interactúan con el entorno interplanetario. Esta continuidad es una de las razones por las que el seguimiento es tan importante; en operaciones espaciales y satelitales, un día extra de condiciones complicadas puede obligar a replanificar tareas.
El precedente de 2003: cuando el espacio “tocó” la infraestructura terrestre
Que el SWPC destaque “la mayor desde 2003” no es un detalle nostálgico. En octubre de 2003 se registró un episodio comparable de tormenta S4, y se asoció con problemas serios en tierra: apagones en Suecia y daños en transformadores en Sudáfrica, según la información recogida en el texto de Gizmodo a partir de datos del SWPC. Ese antecedente se cita a menudo porque recuerda que el clima espacial no vive en un laboratorio: puede colarse, por la puerta de atrás, en redes eléctricas y sistemas críticos.
Aquí conviene matizar: una tormenta de radiación solar no es lo mismo que un gran fallo de red eléctrica por sí sola. Los apagones y daños en infraestructura se relacionan más directamente con tormentas geomagnéticas intensas, que dependen de otro “ingrediente” solar. Y justo en esta misma ventana temporal se está hablando también de eso.
Radiación vs. geomagnetismo: dos tormentas, dos mecanismos
En paralelo a la tormenta de radiación, se informó de una tormenta geomagnética severa que alcanzó la Tierra, con auroras visibles en lugares tan separados como Alemania y el suroeste de Estados Unidos. Aquí cambia el mecanismo: una tormenta geomagnética se desencadena cuando una eyección de masa coronal (CME) golpea el campo magnético terrestre. Es como si el Sol, en lugar de lanzar una lluvia de perdigones energéticos, empujara una nube densa de plasma que “empuja” el escudo magnético y lo hace vibrar.
Según la información mencionada, la CME impactó el campo magnético de la Tierra a las 2:38 p. m. (hora del Este) del 19 de enero de 2026, y las condiciones alcanzaron un nivel G4 en severidad. El resultado visible son las auroras; el resultado operativo puede ser desde problemas en radio y navegación hasta corrientes inducidas que estresan componentes de redes eléctricas, dependiendo de la intensidad y la duración.
El Sol está en máximo solar: por qué ahora hay más episodios
Nada de esto ocurre al azar. El Sol atraviesa un ciclo aproximado de 11 años en el que su actividad sube y baja. En el periodo conocido como máximo solar, aumentan las fulguraciones solares, las CME y la emisión de partículas energéticas. Es una etapa en la que el “horno” magnético del Sol está más inquieto, con más regiones activas capaces de generar eventos dirigidos hacia la Tierra.
Un recordatorio reciente de lo que puede implicar llegó el 10 de mayo de 2024, cuando se registró una tormenta geomagnética G5 (extrema). En ese caso, se habló de efectos sobre la red eléctrica y de auroras espectaculares en muchas regiones. Se mencionó también un efecto menos intuitivo: el aumento de densidad en la atmósfera superior, que incrementa el rozamiento y puede afectar a satélites en órbita baja, como si de repente el aire se volviera un poco más “espeso” para ellos.
Qué esperar a corto plazo: vigilancia y prudencia técnica
Lo más razonable en episodios así es asumir que habrá actualizaciones, porque la situación puede cambiar rápido. La NOAA SWPC seguirá ajustando avisos y pronósticos, y los sectores expuestos irán modulando su respuesta. Para el público general, el impacto directo suele ser limitado; para quienes operan satélites, planifican vuelos polares o trabajan en misiones espaciales, el clima espacial se convierte durante unos días en un factor tan cotidiano como mirar el viento antes de despegar un dron.
Si algo deja claro este episodio es que la relación Sol-Tierra es más práctica de lo que parece: no se trata solo de auroras bonitas o de titulares llamativos, sino de gestionar un entorno tecnológico que depende de señales, órbitas, electrónica delicada y una infraestructura eléctrica que no fue diseñada pensando en “meteorología solar” a escala diaria.
