En el norte de Groenlandia, la capa de hielo todavía conserva muy pocos frentes que flotan sobre el océano como si fueran alfombras de hielo extendidas. Uno de esos frentes es Nioghalvfjerdsbræ, conocido de forma más simple como el glaciar 79°N. Que una lengua de hielo flote no la vuelve frágil por definición, pero sí la expone a dos presiones que trabajan a la vez: el agua del mar que erosiona por debajo y el agua de deshielo que se mueve por arriba y, de pronto, también por dentro.
Un estudio liderado por el Alfred Wegener Institute (AWI) y publicado en The Cryosphere pone el foco en un detalle que suena pequeño, pero actúa como una palanca: un gran lago supraglacial (un lago que se forma sobre el propio glaciar) que aparece en registros desde 1995 y que, con el paso de los años, no solo se llena y se vacía, sino que deja cicatrices internas persistentes. La imagen mental útil aquí es la de una bañera sobre un suelo de madera: no importa solo cuánta agua hay, sino qué pasa cuando esa agua encuentra una rendija y se cuela de golpe hacia abajo.
Un lago de 21 km² que “aprendió” a drenarse
El lago analizado ocupa alrededor de 21 km². Según el equipo, no había lagos en esa zona antes del aumento de temperaturas atmosféricas registrado a mediados de los 90, y su primera detección en datos observacionales es de 1995. Con el tiempo, el comportamiento del sistema se volvió llamativo por repetitivo: entre 1995 y 2023 se documentaron siete drenajes mayores y una parte importante de ellos se concentró recientemente, con cuatro eventos en los últimos cinco años del periodo estudiado.
Aquí está la clave: estos drenajes no son un goteo lento, sino vaciados abruptos que pueden ocurrir en horas. Es como si el glaciar tuviera un desagüe oculto que se abre de golpe. Cada vaciado empuja grandes volúmenes de agua dulce hacia el borde de la lengua glaciar, en dirección al océano, y en ese viaje el agua encuentra grietas, las agranda y crea rutas internas.
Las fracturas triangulares y los moulins: puertas de entrada al interior del hielo
Desde 2019, los investigadores describen la aparición de campos de fractura con geometría triangular que, según la autora principal, no se parecen a lo observado en otros drenajes de lagos supraglaciares. Algunas de esas grietas conectan con conductos cuyo “boca” puede medir decenas de metros. En glaciología, estas chimeneas verticales por las que el agua se precipita hacia el interior se conocen como moulins.
El detalle importante no es solo que se formen durante el drenaje principal, sino que ciertos conductos siguen transportando agua después del gran vaciado. Dicho de otra forma: el episodio dramático abre el camino y, una vez abierto, el camino queda lo bastante funcional como para seguir tragando agua. Si lo llevamos a un ejemplo cotidiano, se parece a cuando una tubería vieja se fisura: al principio la fuga es un evento, luego la fuga se convierte en un hábito.
El equipo afirma que, por primera vez en este contexto, pudieron medir los canales que se forman en el hielo durante el drenaje y observar cómo cambian a lo largo de los años gracias a una combinación de teledetección satelital, campañas aerotransportadas y radar.
El hielo como caramelo espeso y como goma elástica
Para entender por qué estas estructuras aparecen y persisten, conviene pensar el hielo en dos “modos” que conviven. Por un lado, se comporta como un fluido muy viscoso, un caramelo espeso que se desplaza lentamente sobre el sustrato. Por otro, también puede deformarse de manera elástica durante ciertos procesos, recuperando parte de su forma, como una goma. En el trabajo se utiliza esa dualidad para explicar un juego de fuerzas: la deformación favorece que se abran grietas y conductos cuando el sistema se estresa, mientras que el “flujo lento” del hielo tiende a cerrar con el tiempo algunos de esos espacios internos una vez pasa el evento.
Esa combinación es la razón por la que el sistema puede mostrar señales contradictorias: en superficie, algunas fracturas mantienen su huella durante años; en el interior, los radares revelan que los canales se transforman, se estrechan o se reorganizan. El estudio describe indicios de una red de grietas y canales, lo que sugiere que el agua no depende de una única salida, sino que encuentra rutas alternativas, como un río que se bifurca en un delta.
Cuando el agua levanta el glaciar: el “bulto” subglacial
Uno de los hallazgos más visuales llega con las fotografías aéreas: sombras a lo largo de las grietas y diferencias de altura en los bordes de las fracturas, como si una parte estuviera más elevada que la otra. El mayor cambio aparece en la zona del lago. La interpretación propuesta es que, durante ciertos drenajes, enormes masas de agua entran bajo el hielo y pueden formar un lago subglacial. En los datos de radar, el equipo observa algo compatible con un “abombamiento” bajo el hielo, un bulto que empuja hacia arriba.
Es un mecanismo importante porque altera la fricción y la presión en la base del glaciar. Si imaginamos una alfombra pesada sobre un suelo seco, cuesta moverla. Si debajo aparece una película de agua, la alfombra desliza con mucha más facilidad. En glaciares, esa lubricación basal puede modificar velocidades de flujo y tensiones internas, y tensiones internas significan más probabilidad de grietas.
El estudio remarca otro punto inquietante: incluso más de 15 años después del primer drenaje grande asociado a este patrón, algunas fracturas siguen siendo visibles en superficie. No es un evento que “se borra” con el invierno a la primera.
Observación y modelos: una pregunta que aún no tiene respuesta
El trabajo combina observación y modelado viscoelástico para estimar si las rutas de drenaje se cierran y cómo evoluciona la estructura interna con el tiempo. Esta parte importa porque los modelos de capas de hielo suelen representar el flujo como una gran masa continua, pero integrar grietas, conductos y cambios repentinos de presión es un desafío. Los autores plantean una pregunta de fondo: ¿las descargas frecuentes han empujado al glaciar a un nuevo estado del sistema o todavía puede volver a un “modo invernal” típico pese a estas perturbaciones extremas?
La regularidad reciente es uno de los motivos de esa duda. En una década, describen patrones repetidos y cambios abruptos del aporte de agua en escalas de horas a días. Son tiempos muy cortos para un sistema que solemos imaginar lento. El equipo también señala que el área donde ocurren estas fracturas se desplaza hacia cotas más altas a medida que avanza el calentamiento atmosférico, ampliando la zona afectada.
Lo que el estudio dice, y lo que no dice, sobre las causas
En el texto del AWI y en el artículo científico se vincula la aparición del lago con el contexto de calentamiento observado desde mediados de los 90; se cita, por ejemplo, evidencia de incrementos de temperatura en estaciones cercanas como Danmarkshavn en trabajos previos (como Zhang et al., 2022, mencionado por los autores). Al mismo tiempo, en el debate público suelen aparecer objeciones sobre atribución, métricas de temperatura o el papel de la nubosidad, cuestiones que se leen también en reacciones de lectores en sitios de divulgación.
Conviene separar planos: este estudio está centrado en la dinámica del drenaje, en cómo se forman y reactivan los conductos, y en qué tipo de daño estructural queda dentro del hielo. La atribución del calentamiento a factores concretos es un campo más amplio que depende de líneas de evidencia adicionales, como las evaluaciones integrales del IPCC y la literatura climática global. Lo fuerte aquí es la radiografía del mecanismo: una ruta rápida desde la superficie hasta la base que, una vez establecida, puede reactivarse y alterar el comportamiento del glaciar.
