2025, el año de los tropiezos tecnológicos y la corrección del hype en IA

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caos

La conversación tecnológica suele girar alrededor de lanzamientos deslumbrantes y promesas que suenan a ciencia ficción. Por eso resulta tan útil mirar el otro lado del escaparate: el de las tecnologías fallidas de 2025. MIT Technology Review ha reunido algunos de los batacazos más sonados del año con una idea sencilla de fondo: si cada innovación es un experimento, los errores dejan pistas valiosas sobre lo que no conviene repetir.

En muchos de estos fracasos hay un patrón que se repite como un electrodoméstico mal enchufado: dependencia excesiva de condiciones ideales. Cuando un sistema necesita energía constante, conectividad perfecta, materiales escasos o cadenas de suministro frágiles para funcionar “como en la demo”, el mundo real acaba pasando factura. El resultado no siempre es un desastre espectacular; a veces es algo más silencioso y común: productos que nadie adopta, soluciones que encarecen lo cotidiano o herramientas que complican tareas que ya estaban resueltas.

Pensarlo así ayuda a bajar el volumen del entusiasmo automático. Si una tecnología promete “cambiarlo todo”, conviene preguntarse qué ocurre cuando falla la red, cuando sube el precio de un componente, cuando llega una tormenta, cuando aparece un atacante o cuando el usuario simplemente… no tiene ganas de pelearse con otra app.

Sam Altman y el arte de vender el futuro (sin poder demostrarlo todavía)

Otro gran foco del año ha sido la revisión crítica del relato sobre la inteligencia artificial. En el especial Hype Correction de MIT Technology Review se plantea una tesis incómoda y muy reveladora: buena parte de las ideas más ambiciosas —y a veces casi extravagantes— sobre lo que la IA será capaz de hacer han estado marcadas por una voz especialmente influyente, la de Sam Altman.

La pieza no lo describe como un ingeniero que llega con pruebas irrefutables debajo del brazo, sino como alguien que domina una habilidad distinta: persuadir. A lo largo de más de una década, Altman se ha consolidado como un recaudador de fondos excepcional y un narrador eficaz. Su discurso suele funcionar como esas maquetas inmobiliarias con jardines perfectos: no son mentira, pero tampoco son la casa terminada. Lo crucial es el efecto que produce: empuja a inversores, empresas y opinión pública a aceptar que el camino de la IA conduce a un destino grandioso o inquietante, y que para guiarlo hacen falta presupuestos “épicos”.

Esta dinámica importa porque moldea expectativas colectivas. Si el futuro se vende con frases redondas antes de que existan demostraciones sólidas, el debate público se llena de urgencia emocional. Se discute el apocalipsis o la utopía, mientras cuestiones más terrenales —calidad de datos, seguridad, costes energéticos, responsabilidad legal— quedan en segundo plano.

¿IA para descubrir materiales? Promesa enorme, verificación pendiente

Dentro de esa misma “corrección del hype”, MIT Technology Review también ha mirado con lupa la IA para descubrir nuevos materiales, un campo con potencial real para la climate tech. La idea es seductora: si entrenas modelos con datos de propiedades químicas y físicas, podrían sugerir combinaciones inéditas para fabricar mejores baterías, semiconductores, imanes o catalizadores. Sería como tener un chef que, conociendo miles de recetas, te propone platos nuevos que encajan con tus restricciones de sabor, coste y nutrición.

El problema es que aquí la cocina no termina cuando el modelo “imagina” una receta. Hay que ir al laboratorio, sintetizar el material, comprobar si existe de forma estable y medir si sirve para algo útil. Y eso requiere tiempo, presupuesto, instrumentación y, sobre todo, resultados repetibles. La pregunta clave que sobrevuela el análisis es directa: ¿estamos obteniendo materiales realmente novedosos y valiosos, o solo redescubriendo variaciones de lo conocido con nombres nuevos?

Este punto es importante para cualquiera que siga la IA con interés práctico. La capacidad de generar hipótesis es valiosa, sí, pero la ciencia avanza cuando esas hipótesis sobreviven al contacto con la realidad. La innovación en materiales no se valida en un gráfico bonito; se valida cuando un prototipo aguanta ciclos, temperaturas, tensiones y costes.

China y la carrera de los chips: una máquina que cambia el pulso industrial

En paralelo, 2025 ha dejado señales claras de que la competencia tecnológica entre potencias sigue acelerándose. Reuters destacó que China ha construido una máquina de fabricación de chips que apunta directamente a reducir la dependencia de herramientas occidentales. El matiz aquí es esencial: no se trata solo de sacar más chips al mercado, sino de dominar el “cómo se hacen”, que es donde reside gran parte del poder industrial.

Este tipo de avances, si se consolidan, pueden modificar el equilibrio del sector. La fabricación avanzada de semiconductores es una carrera de precisión extrema, como intentar imprimir un libro entero con letras microscópicas sin una sola errata. Que un país logre maquinaria propia en etapas críticas de ese proceso tiene implicaciones económicas, geopolíticas y estratégicas, desde el precio de dispositivos hasta la capacidad de desplegar infraestructura de IA a gran escala.

NASA, Musk y un nuevo liderazgo con aroma a espacio comercial

La tecnología también se mezcla con poder y símbolos. Varias cabeceras señalaron que la NASA cuenta por fin con un nuevo responsable: Jared Isaacman, astronauta multimillonario y figura cercana a Elon Musk. La lectura inmediata es que el espacio institucional y el espacio comercial se siguen entrelazando. Isaacman representa esa transición donde la exploración espacial ya no es solo un proyecto estatal, sino un ecosistema con empresas, contratos, alianzas y rivalidades.

La gran pregunta que se desliza en el debate es si este liderazgo ayudará a acelerar objetivos ambiciosos —como el regreso a la Luna— en un contexto donde China también avanza. Cuando el calendario espacial se convierte en tablero geopolítico, cada decisión de presupuesto y cada contrato tienen doble lectura: técnica y estratégica.

Plataformas, daño real y la presión legal sobre Meta

Entre titulares que hablan de chips y cohetes, 2025 también recordó una realidad más dura: la tecnología como canal de daño. The Guardian informó de la demanda de los padres de un adolescente víctima de sextorsión contra Meta, después de que el joven se quitara la vida tras ser engañado para enviar imágenes íntimas a un grupo criminal en el extranjero. La BBC vinculó el caso a redes ubicadas en África Occidental.

Este tipo de historias ponen el foco en la seguridad online y en el rol de las plataformas cuando sus sistemas de mensajería, recomendación o moderación se convierten en carreteras por las que circula extorsión. No es una discusión abstracta sobre “libertad de expresión” o “privacidad”; es un choque entre arquitectura de producto, incentivos comerciales y protección de usuarios vulnerables. La pregunta de fondo, cada vez más presente en tribunales y reguladores, es qué medidas son razonables exigir y cuándo el diseño deja de ser neutral.

“Dogfighting” en órbita y drones discretos en la frontera

La tensión geopolítica también ha subido de altitud. The Washington Post describió maniobras de satélites estadounidenses y chinos tan frecuentes que ya tienen apodo: “dogfighting”. No hablamos de choques de película, sino de acercamientos, posicionamientos y juegos de vigilancia. En el espacio, donde un cambio pequeño de trayectoria puede tener consecuencias enormes, estas prácticas aumentan el riesgo de malentendidos y escaladas.

En tierra, Wired señaló que la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos trabaja en una red de pequeños drones para ampliar capacidades de vigilancia encubierta. Es el tipo de tecnología que se vende como eficiencia operativa, pero abre debates inmediatos sobre supervisión, proporcionalidad, transparencia y derechos civiles. El dron pequeño es como una farola móvil: ilumina donde antes había sombra, y eso puede servir para proteger o para invadir, según reglas y controles.

La burbuja no es solo de IA: cuando lo viral infla el mercado

Bloomberg se hizo eco de un fenómeno curioso: no solo la burbuja de IA está bajo sospecha. También hay productos y modas que se inflan por deseo social, coleccionismo y especulación. El guiño a “Labubus” en la selección del día apunta a esa economía de lo viral donde el valor se construye por escasez percibida y pertenencia a una tribu digital.

La comparación es útil porque aterriza un concepto que a veces suena técnico. Una burbuja se parece a pagar cada vez más por un piso porque “siempre sube”, olvidando mirar si hay salarios que lo sostengan. Con la IA, el equivalente es invertir y prometer retornos inmediatos cuando muchas implementaciones aún están en fase de ajuste, integración y prueba de fiabilidad.

De cucharas que engañan al paladar a máquinas que “regalan” consolas

En la parte más cotidiana, 2025 también dejó tecnologías pequeñas con ideas grandes. IEEE Spectrum destacó una cuchara para que la comida baja en sal sepa más salada, guiando iones de sodio hacia la lengua. Es un ejemplo bonito de cómo la ingeniería puede jugar con la percepción, como cuando subes el volumen de un diálogo para entender una película sin tocar el guion.

En el extremo opuesto del “humor con moraleja”, The Wall Street Journal contó una anécdota sobre cómo una IA no debería gestionar una máquina expendedora si no quieres sorpresas, después de que alguien terminara con una PlayStation “gratis”. Más allá de la broma, el subtexto es serio: sistemas automáticos mal configurados, sin límites claros, acaban explotando por donde menos se espera.

La red eléctrica que viene: más tormentas, más ataques, más incertidumbre

El cierre del boletín apuntaba a algo que atraviesa casi todo lo anterior: infraestructura. MIT Technology Review puso el foco en el futuro de la red eléctrica usando como ejemplo a Lincoln Electric System, una empresa pública en Nebraska acostumbrada a ventiscas severas. El reto que viene es distinto: eventos climáticos más extremos y frecuentes, amenazas de ciberataques y disrupciones físicas, presión por contener precios con costes inflacionarios, y un cambio estructural al pasar de generación fósil a renovables como solar y eólica.

La imagen mental aquí es la de una autopista que debe seguir abierta mientras se reasfalta en tiempo real y con tráfico creciente. Mantener la luz encendida exige resiliencia, planificación y tecnología, sí, pero también políticas estables y coordinación. La transición energética no es solo instalar paneles; es rediseñar un sistema nervioso completo para que soporte golpes y aun así funcione.