España arranca oficialmente su apuesta por los semiconductores de vanguardia. El ministro Óscar López y el CEO de IMEC Patrick Vandenameele confirmaron este jueves que la construcción del Centro de Semiconductores de Última Generación del IMEC en el TechPark de Málaga comenzará en el primer trimestre de 2027. La sala limpia será la más avanzada del país.
Lo reporta Alejandro Alcolea en Xataka hoy, a partir del anuncio en un evento donde estuvieron ambos responsables. El proyecto tiene una historia de dos años de negociaciones y un peso económico considerable: más de 600 millones de euros de inversión total, de los que 500 millones los aporta el Gobierno a través del PERTE Chip —el mayor proyecto de inversión pública en tecnología de la historia reciente de España— y el resto la Junta de Andalucía, incluyendo el suelo.
¿Qué es el IMEC y por qué importa este acuerdo?
IMEC son las siglas de Interuniversity Microelectronics Centre, un instituto fundado hace 40 años en Lovaina, Bélgica. No es una fábrica de chips —no producen en masa como TSMC o Intel— sino el laboratorio donde universidades de todo el mundo y las grandes tecnológicas prueban procesos y diseños antes de que lleguen a la producción industrial.
Sus credenciales son las mejores posibles. IMEC tiene como socios a ASML, la empresa neerlandesa que fabrica las máquinas de litografía que necesitan Intel y TSMC para hacer los chips más avanzados. Su sede belga tiene una sala limpia de 12.000 metros cuadrados que costó aproximadamente 2.500 millones de euros.
La instalación de Málaga será más pequeña pero no menos estratégica: 2.000 metros cuadrados de sala limpia con 60 máquinas para obleas de silicio de 300 mm —el estándar de la industria actual. Es la primera vez que IMEC amplía su red de I+D fuera de Bélgica con un objetivo de esta envergadura.
¿Qué se hará en Málaga exactamente?
El centro malagueño no fabricará chips en masa. Es un centro de prototipado: allí se diseñarán y probarán los chips del futuro, pero la producción industrial se hará en otros lugares. La analogía con la sede de Lovaina es correcta: un laboratorio donde la investigación convierte conceptos en procesos verificados antes de escalar a una fábrica.
Solo la sala limpia costará 267 millones de euros —más de la mitad de la inversión pública total. El dato da una perspectiva de por qué es tan difícil construir capacidad de semiconductores en Europa: no es solo capital, sino tiempo, talento y una cadena de suministro extremadamente concentrada.
El proyecto creará directamente 200 puestos de trabajo en Málaga, 500 empleos indirectos en la ciudad y 1.000 adicionales en el territorio nacional, según las estimaciones oficiales. Para una ciudad que lleva años discutiendo los costes del boom tecnológico —los salarios de los ingenieros de Google y de las startups han encarecido el alquiler hasta hacer inaccesible la vivienda para los profesionales del sector— este proyecto añade más presión al mercado inmobiliario local.
¿Qué papel juega España en la soberanía tecnológica europea?
La Chips Act europea, aprobada en 2022, fijó el objetivo de que Europa alcance el 20% de la producción mundial de semiconductores para 2030. Actualmente está por debajo del 10%. El gap es enorme, y la dependencia de TSMC en Taiwán —con las tensiones geopolíticas del Estrecho— hace de la soberanía en chips una cuestión de seguridad nacional, no solo económica.
España tiene algunos activos en esta carrera que no son obvios. Además del IMEC en Málaga, SPARC Foundry en Vigo está construyendo una fábrica de semiconductores fotónicos —usando arsenuro de galio y nitruro de galio en lugar de silicio— que estará operativa en el primer semestre de 2027. El país no va a competir con TSMC en lógica avanzada; va a apostar por nichos donde el silicio no es la mejor opción.
Óscar López lo resumió en el evento de hoy: «Los chips son una pieza crítica en el engranaje de la economía mundial, impulsados claramente por el boom de la IA, y ni Europa ni España pueden quedarse rezagadas». Es una declaración de intenciones, no una garantía. Pero Málaga tendrá, en dos años, la sala limpia que no tenía hace dos.
¿Tiene España el talento para alimentar este centro?
Es la pregunta que más incomoda en los eventos donde se presentan estos proyectos, y que nadie responde directamente. Las estimaciones del sector apuntan a que España necesitará incorporar unos 5.000 nuevos profesionales especializados en semiconductores hasta 2030. Europa en conjunto necesita unos 50.000.
Málaga lleva años atrayendo ingenieros gracias al ecosistema de empresas tecnológicas que se instalaron en la ciudad —Google, Oracle, Vodafone y una comunidad de startups creciente—. Pero el perfil que necesita el IMEC no es el de un desarrollador web o un ingeniero de datos: es el de especialistas en diseño de procesos litográficos, físicos de plasma, ingenieros de materiales. Ese perfil tarda años en formarse y no abunda en ningún país europeo.
La universidad española —especialmente la UMA en Málaga, la UPM en Madrid y la UPC en Barcelona— tiene grupos de investigación en microelectrónica y semiconductores. La pregunta es si la cadencia de formación de doctores y másters puede alimentar 200 puestos directos de alta especialización en el plazo que el proyecto requiere, y si los salarios del sector público español pueden competir con lo que ofrecen TSMC, ASML o Intel en sus propias instalaciones.
El IMEC ha resuelto este problema en Lovaina durante 40 años mediante una combinación de convenios con universidades, programas de investigación doctoral financiados por la UE y una reputación que atrae talento internacional. Málaga tendrá que construir esa reputación desde cero. La sala limpia la facilita el Estado; el talento que la opere, nadie lo puede importar de golpe.
