Cómo se entretenía la gente antes de los libros y la electricidad (y por qué su respuesta nos incomoda)

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Cómo se entretenía la gente antes de los libros y la electricidad

Antes de los libros baratos y de la electricidad, el entretenimiento eran los demás: historias junto al fuego, cotilleo, canciones, juegos con piedras y huesos, bailes, apuestas y noches enteras de conversación. Y no, nuestros antepasados no trabajaban de sol a sol los 365 días del año: tenían bastante más tiempo libre del que solemos imaginar.

La pregunta se la hice a una IA por pura curiosidad, y su respuesta me pareció tan buena que dediqué una tarde a contrastarla con estudios reales de antropólogos e historiadores. El resultado: casi todo lo que contaba se sostiene, con algún matiz importante que la IA no señaló. Y los datos verificados dibujan un retrato incómodo de nuestro presente, en plena economía de la atención que ya llega a pagarnos por mirar anuncios, con 6 horas y 51 minutos diarios de pantalla por persona según DataReportal.

¿De verdad trabajaban de sol a sol todos los días?

Es el primer mito que cae. La agricultura preindustrial tenía picos brutales —siega, vendimia, cosecha— y temporadas mucho más tranquilas, sobre todo en invierno. A eso se sumaban los domingos y un calendario religioso cargado de fiestas de guardar: en la Inglaterra medieval había semanas enteras sin trabajar en Navidad, Pascua o Pentecostés, además de varios días de santos cada mes.

El economista Gregory Clark propuso en 1986 que un campesino inglés medieval trabajaba unos 150 días al año. La socióloga Juliet Schor popularizó el dato en su libro The Overworked American (1991): calculó unas 1.620 horas anuales para un campesino del siglo XIII, frente a las 1.949 horas que trabajaba un estadounidense medio en 1987.

Aquí llega el matiz que la IA se saltó: la cifra de los 150 días está discutida. El verificador Snopes la califica de mezcla de verdad y exageración, aunque los historiadores económicos Jane Humphries y Jacob Weisdorf han publicado trabajos que la respaldan para ciertas décadas de la Inglaterra medieval. Y hay un agujero enorme en todas estas cuentas: el trabajo doméstico, mayoritariamente femenino, nunca computó como horas trabajadas.

¿Y qué hacían con todo ese tiempo? El catálogo es enorme

Contar historias, cotillear, cantar, bailar, tocar instrumentos, jugar con piedras, dados y huesecillos, apostar sobre cualquier cosa remotamente competitiva, beber juntos, ligar, mirar el fuego y las estrellas, tejer cestas mientras se conversaba, ir a ferias, bodas y procesiones. Y también no hacer absolutamente nada, algo que a nosotros nos genera casi ansiedad.

Hay dos claves que lo cambian todo. La primera: la frontera entre trabajo y ocio era borrosa. Desgranar cereal durante dos horas mientras alguien cuenta una leyenda es trabajo y entretenimiento a la vez. La segunda: la conversación no necesitaba información nueva. Se podía escuchar la misma historia veinte veces y disfrutarla, algo impensable en un feed diseñado para la novedad constante.

En ese mundo, quien contaba bien una historia era literalmente el Netflix del pueblo, y los ancianos funcionaban como archivos vivientes: preguntar a uno cómo fue la gran sequía de hacía treinta años era lo más parecido a consultar una base de datos. Esa función narrativa la hemos automatizado hasta el extremo: hoy cualquiera puede generar un podcast con IA a partir de un documento en cuestión de minutos, sin abuelo narrador de por medio.

El fuego era el prime time (y hay un estudio que lo mide)

La antropóloga Polly Wiessner publicó en 2014 en PNAS el estudio «Embers of society», fruto de cuatro décadas de trabajo con los ju/’hoansi del Kalahari, uno de los últimos pueblos cazadores-recolectores del planeta. Analizó 174 conversaciones diurnas y nocturnas registradas en 1974 y 68 relatos grabados entre 2011 y 2013.

Los números son elocuentes. De día, el 34% de las conversaciones eran quejas, críticas y cotilleo; el 31%, asuntos económicos como la caza; el 16%, bromas; y solo el 6%, historias. Al caer la noche, alrededor del fuego, el guion se invertía por completo: el 81% de las conversaciones eran historias, y las quejas caían al 7%.

Wiessner lo resume con una frase que merece marco: las historias fueron, junto con los regalos, «las redes sociales originales». El fuego —cuyo control esporádico se remonta a hace más de un millón de años y cuyo uso regular arranca hace unos 400.000— alargó el día e inventó el primer horario de máxima audiencia: grupos de hasta 15 personas reunidas casi cada noche en torno a una hoguera, sin algoritmo que decidiera qué historia tocaba.

La electricidad no solo cambió el ocio: cambió la noche entera

El historiador Roger Ekirch documentó en su libro At Day’s Close (2005) que durante siglos el sueño fue bifásico: un «primer sueño», una hora o más de vigilia hacia la medianoche —para rezar, charlar, tener sexo o adelantar tareas— y un «segundo sueño» hasta el amanecer. Empezó reuniendo más de 500 referencias históricas; hoy acumula más de 2.000 en una docena de idiomas, desde la Grecia clásica hasta diarios del siglo XIX.

Ese patrón desapareció con el alumbrado público, la luz doméstica y los cafés nocturnos. Hacia los años 20 del siglo pasado ya no quedaba rastro. La luz artificial convirtió tiempo potencialmente social en tiempo potencialmente productivo, que es justo la pregunta que Wiessner deja abierta al final de su estudio: ¿qué le hace eso a nuestras relaciones?

El contraste con 2026 duele un poco. Según DataReportal, pasamos de media 6 horas y 51 minutos diarios frente a pantallas —unos 49 días completos al año—, de los cuales el móvil se lleva 4 horas y 37 minutos. Y lo hacemos en un panorama de redes saturado donde el alcance se hunde: más contenido que nunca compitiendo por la misma atención finita.

Mi valoración

Llevo escribiendo sobre tecnología en WWWhatsnew desde 2005, y pocas veces un tema aparentemente histórico me ha parecido tan actual. Lo que más me convence del ejercicio es el método: preguntar a una IA está bien, pero dedicar después una tarde a contrastar su respuesta con las fuentes originales —el estudio de Wiessner en PNAS, el análisis de Snopes sobre los 150 días— es lo que separa la curiosidad del periodismo. La IA acertó en lo esencial y patinó en no avisar de que el dato medieval más viral está discutido.

Lo que más me incomoda es la conclusión de fondo: la industria tecnológica no inventó el entretenimiento, lo industrializó y lo privatizó. Lo que era colectivo, gratuito y cara a cara —el fuego, el narrador, el baile— ahora es individual, monetizado y mediado por un algoritmo. Las plataformas venden conexión, pero los datos de Wiessner sugieren que una hoguera con 15 personas ya ofrecía eso mismo, y probablemente mejor.

Mi predicción a doce meses: veremos más productos que nos vendan de vuelta el aburrimiento y la conversación sin pantallas como experiencia premium. Pagar por recuperar lo que era gratis: el círculo perfecto de la economía de la atención.

Preguntas frecuentes

¿Cuántas horas trabajaba realmente un campesino medieval?

Juliet Schor estimó en 1991 unas 1.620 horas anuales para un campesino inglés del siglo XIII, frente a las 1.949 horas de un estadounidense de 1987. La cifra de 150 días de trabajo al año, propuesta por Gregory Clark en 1986, está discutida: Snopes la considera una mezcla de verdad y exageración, aunque Humphries y Weisdorf la respaldan para ciertas décadas. Ninguna de estas cifras incluye el trabajo doméstico.

¿Qué es el sueño segmentado o bifásico?

Es el patrón de sueño preindustrial documentado por Roger Ekirch: un primer sueño, una o dos horas de vigilia hacia la medianoche y un segundo sueño hasta el alba. Ekirch ha reunido más de 2.000 referencias en una docena de idiomas, desde la Grecia clásica hasta el siglo XIX. Desapareció con la luz artificial y hacia 1920 ya era un recuerdo.

¿Cuánto tiempo pasamos hoy frente a pantallas?

Según el informe de DataReportal del primer trimestre de 2026, la media global para adultos es de 6 horas y 51 minutos diarios, unos 49 días completos al año. El móvil concentra 4 horas y 37 minutos de ese total, y las redes sociales rondan las dos horas y media diarias.