Las paredes de las cuevas guardan más historia de lo que pensábamos. Un estudio publicado hoy en Nature Communications confirma por primera vez que el ADN humano puede conservarse durante milenios en las superficies rocosas, incluso en tramos sin pintura. El hallazgo transforma la arqueogenómica: lo que hasta ahora era un archivo mudo podría convertirse en una fuente de perfiles genéticos de los artistas que pintaron las cuevas más antiguas del planeta.
El trabajo, liderado por Alba Bossoms Mesa y Matthias Meyer del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva (MPI-EVA) y el arqueólogo Hipólito Collado Giraldo de la Junta de Extremadura, analizó 24 paneles de arte rupestre en 11 cuevas de España y Portugal. Pertenecen al First Art Project, una alianza científica internacional dedicada a descifrar químicamente el arte parietal más antiguo del mundo. En nuestra opinión, después de seguir el campo de la arqueogenómica desde que Svante Pääbo publicó el primer borrador del genoma neandertal hace ya más de quince años, este es uno de los hitos metodológicos más relevantes de la última década.
Qué encontraron y cómo lo hicieron
El equipo recogió 120 muestras de paredes de cueva: zonas con pigmento, sedimentos del suelo donde se prepararon los colores y un hueso de ave utilizado probablemente como aerógrafo para aplicar ocre. También analizaron una pieza con ADN de ballena esperma, lo que sugiere que estos animales marinos formaban parte de la dieta o la cultura de los habitantes de esas cuevas.
De las 120 muestras, solo 5 contenían ADN humano. De esas 5, solo 2 presentaban información genética humana de forma aislada, depositada previsiblemente por contacto directo de manos o saliva proyectada con el aerógrafo. El dato más sorprendente: cuatro de las cinco muestras positivas procedían de zonas sin pintura, usadas como controles negativos. Las paredes sin decorar también son un archivo genético.
En la cueva de Covarón (Asturias), el único panel con arte que cedió ADN humano, el material corresponde a un linaje de cazadores-recolectores occidentales, el grupo genético más característico de la Península Ibérica durante el Paleolítico superior. El dato conecta directamente con el tipo de arte presente en esa cueva. Es un paralelismo con lo que la ciencia lleva haciendo con huesos y dientes, ahora aplicado a la propia superficie habitada. No es tan distinto, metodológicamente, de los recorridos virtuales por las grandes cuevas del mundo con arte rupestre que popularizaron estos yacimientos durante la pandemia: se trata de entrar en las cuevas desde ángulos nuevos.
El mecanismo de conservación: la calcita como bóveda de seguridad
¿Cómo sobrevive el ADN miles de años en una pared? La respuesta está en la calcita, el mineral que forma la caliza. El ADN queda atrapado bajo una costra mineral casi imperceptible en condiciones de temperatura y humedad relativamente estables, protegido de la degradación. La preservación, advierte Bossoms Mesa, es «altamente variable»: no todas las cuevas ni todos los tramos van a rendir resultados útiles. Pero que funcione en algún caso ya lo cambia todo.
La investigación tiene afinidades temáticas con otro descubrimiento reciente de arqueología experimental. El trabajo del arqueólogo Fredrik Fahlander, que propuso que las huellas de pies talladas en roca de la Edad de Bronce en Suecia podrían ser contratos o compromisos sociales prehistóricos, ilustra la misma lógica: la superficie física como archivo de la presencia humana. En ambos casos, el cuerpo humano deja una huella involuntaria que la ciencia sabe ahora leer.
Por qué importa este hallazgo
El arte rupestre lleva décadas resistiéndose a la paleogenómica. Los análisis de ADN antiguo han transformado nuestra comprensión de las migraciones prehistóricas, pero el arte parietal —esa ventana única a la cognición simbólica de nuestros antepasados— permanecía fuera del alcance. No se sabía quién lo había hecho ni si los artistas pertenecían a la misma población que los cazadores cuyos restos aparecen en las mismas cuevas.
Las preguntas que ahora se hacen posibles son notables: ¿Quién tocó esta pared? ¿Era hombre o mujer? ¿De qué población procedía? ¿Penetró en las galerías más profundas? Y más ambiciosas: ¿hay parentesco genético entre los artistas de cuevas con estilos similares a cientos de kilómetros de distancia? La ciencia lleva años respondiendo preguntas de ese calibre con huesos, como cuando el hallazgo de Spinosaurus mirabilis en el Sahara obligó a repensar nuestra imagen del mayor depredador acuático conocido. Ahora ese tipo de revisión puede aplicarse al arte.
Mi valoración
El golpe no está en el número de muestras positivas —5 de 120 es una tasa baja— sino en la prueba de concepto: el ADN puede quedar fijado en la pared sin depósito deliberado, simplemente por el contacto del cuerpo de alguien que estuvo allí hace decenas de miles de años. Lo que más me convence es la coherencia del mecanismo propuesto: la calcita como preservador pasivo es química convencional aplicada a un contexto que nadie había pensado en analizar.
Lo que más me preocupa es el vector de contaminación. El ADN moderno de los arqueólogos que muestrearon es una amenaza constante, y el equipo lo reconoce abiertamente. La asimetría entre contaminación y señal antigua sigue siendo el mayor enemigo del campo. Lo más estructuralmente significativo es lo que implica para la investigación futura: las cuevas con arte bien conservado podrían convertirse en archivos genéticos de las poblaciones que las usaron. La pregunta a doce meses es si los protocolos de muestreo pueden estandarizarse para minimizar la contaminación sin sacrificar la señal.
Preguntas frecuentes
¿Esto significa que sabemos quién pintó, por ejemplo, la cueva de Altamira?
No directamente. El estudio incluyó muestras de Altamira, pero no todas las cuevas analizadas cedieron ADN. Y cuando lo dan, el material no puede atribuirse con certeza al autor de una pintura concreta: pudo haberlo depositado cualquier persona que pasara por esa zona. Lo que el estudio establece es que la presencia humana deja huella genética en las paredes, y que en condiciones favorables esa huella puede recuperarse.
¿Qué tiene de especial que el ADN venga de zonas sin pintura?
Mucho. Sugiere que cualquier pared de cueva habitada por humanos prehistóricos puede contener su ADN, no solo las que están decoradas. Esto amplía el universo de yacimientos candidatos de forma exponencial y cambia la filosofía del muestreo: no hace falta buscar pigmento, basta con buscar calcita y condiciones de conservación adecuadas.
¿Afecta este hallazgo a la gestión y el turismo de los yacimientos?
Plantea una reflexión nueva. El tránsito de visitantes modernos —y de arqueólogos que trabajan sin protocolos estrictos de contaminación— deposita ADN contemporáneo que puede enmascarar la señal antigua. Los investigadores apuntan a que los futuros muestreos deberán realizarse con restricciones más rigurosas de acceso previo al área.
